
«Mi madre pertenecía a ese oficio de abrir el mundo sin moverse apenas de un aula, de poner ventanas donde hasta entonces había una pared»
Mi madre era maestra de escuela, de las de antes y de las de siempre. Hay oficios que acaban por hacerse una manera de estar en el mundo, y el suyo tenía algo de esa paciencia con que se abre una ventana para que entre la mañana. Ahora que ya no está, escribo “maestra” junto a “madre” y me parece que las dos palabras se acompañan, como si ninguna quisiera dejar sola a la otra.
Se diría, por la consideración que a veces les concedemos, que enseñar las primeras letras es una tarea pequeña porque las letras son pequeñas. Después vienen las carreras, los cargos, las firmas importantes, y todos parecen haber nacido sabiendo leer. El señor que inaugura una escuela suele encontrar sitio en la fotografía. La mujer que la sostiene cada mañana queda entre los pupitres. Siempre hemos tenido algo desordenado el álbum de las personas importantes.
El porvenir entra en la escuela con los cordones desatados, un lápiz recién estrenado y, algunas veces, ganas de llorar. Antes de explicarle el mundo hay que conseguir que se siente, que pierda el miedo, que comprenda que equivocarse en una cuenta tiene arreglo. Una maestra, o maestro, conoce ese porvenir por su nombre y sabe que hoy está distraído o que necesita otra explicación. A esa altura, tan cerca del suelo, empieza buena parte de lo que luego llamamos civilización.
Pienso en la humilde maravilla de una palabra escrita con tiza. Unos trazos blancos sobre una superficie oscura y, de pronto, el niño comprende que aquello dice “casa”. La casa sigue siendo la misma, pero ya puede llevarla consigo en una página. Después vendrán los caminos, el mar, las ciudades que todavía no conoce. Mi madre pertenecía a ese oficio de abrir el mundo sin moverse apenas de un aula, de poner ventanas donde hasta entonces había una pared.
Cuando digo que era de las de antes, pienso en la seriedad de aquel compromiso, en el valor que tenía la palabra aprender. En la convicción de que un niño merecía tiempo, atención y exigencia, porque todavía estaba por descubrir de cuánto era capaz. Esa manera de ser maestra pertenece a todas las épocas y sigue viva en quienes hoy entran en una clase con el mismo empeño. Una buena maestra ve en el alumno algo que el propio alumno aún ignora. A veces le presta confianza durante años, hasta que él consigue tener la suya.
Demasiadas veces hemos pagado a las maestras/os con esa moneda tan cómoda que llamamos vocación. Sirve para elogiarlas y, de paso, para dar por supuesto cuanto entregan. Luego reservamos el prestigio para ocupaciones cuyos nombres caben difícilmente en una tarjeta. El de maestra cabe en cualquier parte, y quizá por eso olvidamos cuánto contiene. Su trabajo merece respeto, medios y respaldo cotidiano. La gratitud resulta bastante más convincente cuando sale del discurso y entra en la vida.
Y hoy me duele que una palabra tan breve como “mamá” pueda dejar tanto silencio. La escribo y todavía parece que va a contestar alguien. Es una costumbre antigua del corazón, que tarda en aprender lo que ya sabe la cabeza. Quisiera contar la importancia de su oficio con serenidad, y a cada rato se me cruza por el artículo la necesidad mucho más sencilla de volver a llamarla.
Me consuela imaginar que, mientras escribo estas líneas, alguno de sus antiguos alumnos estará leyendo un cuento a un nieto, firmando una carta o descifrando una palabra difícil. Quizá no se acuerde de ella en ese instante. Tampoco pensamos en la mano que encendió una lámpara cuando nos ponemos a leer bajo su luz. Algo de su trabajo sigue allí, en ese gesto corriente, en esa lectura que acompaña una noche, en una frase que alguien consigue comprender por sí mismo.
Hay vidas cuya obra queda repartida entre los demás. Para reunir la de una maestra habría que llamar a muchas puertas, entrar en muchas casas, preguntar por aquel niño que ahora tiene el pelo blanco. Cada uno guardaría algo distinto, una explicación, una corrección, la alegría de haber sabido responder. Y entre todos apenas alcanzarían a reconstruir lo que ella fue dejando, mañana tras mañana, con la naturalidad de quien estaba haciendo su trabajo.
Mamá, he querido escribir sobre la importancia de las maestras y he terminado buscándote entre las palabras. En ellas encuentro algo de ti que puedo sostener un momento, como se sostiene una mano. Queden estas líneas para darte las gracias y para decir, con el orgullo intacto y la voz como salga, que mi madre era maestra de escuela, de las de antes y de las de siempre.
Y usted, que ha podido leer estas líneas, ¿recuerda el nombre de quien le enseñó las primeras letras?

