Me he extrañado ante el espejo estas dos últimas mañanas. Me he visto 854 muertos mas viejo. Los ejecutados por ETA a los que no conocí. Las dianas de ese «conflicto» que enuncian miles de seres humanos de tuétano independentista y cerebelo con fronteras envuelto para regalo con la ikurriña.
Y claro está que sin ser un experto en terrorismo lo que me toca es quitarme ahora, de los pómulos, la barbilla y las ojeras, esas cicatrices interiores que el azogue me devuelve con el rojo de la sangre.
Conocí por mi trabajo, en los noventa, la desgracia y la ruina de algunos de los empresarios vascos sometidos al impuesto revolucionario. Eran años en los que, el juez señero, numero uno de Jueces para la Democracia, Juan Antonio Belloch perseguía, con férrea actitud, y una lectura pausada del código penal, el delito de pagar a los terroristas. La política, entonces, subrayaba la importancia delictiva de la colaboración con banda armada.
De aquella, mis pobres investigaciones, de reportero en prácticas, no me llevaron al Bar Faisán, que ahora estoy seguro, formaba ya entonces parte de la trama. Por ello no me extraña que hoy, este espejo de la memoria solo me devuelva arrugas de incomprensión que altaneras, demuestran ese cambio injusto e inverso que ha tenido el delito en relación con mi cara.
Si que tuve la suerte conocer a algunos de los familiares de las víctimas. A los padres y la hermana de Miguel Ángel Blanco, a los que acompañé en su casa aquella noche en los que millones de españoles creímos que el joven concejal podía aparecer con vida. A la herma de Joseba, la bella y fuerte Maite Pagazaurtundúa, puntal del razonamiento y la inteligencia emocional. Y a Rubén Múgica, prometedor abogado que, como es lógico, nunca podrá olvidar la memoria de su padre.
He visto también algunos de los escenarios del crimen. Todavía la sangre en los azulejos y las declaraciones sobrias, frías, indolentes y cobardes de los vascos. Pero sobre todo, he tenido miedo. El espejo me lo recuerda. He sufrido antes, y después, de mirar en los bajos de mi coche, en Hondarribia, San Sebastián, Ordicia, Tolosa , en esa plaza de Andoaín muy cerca del horror, y en la mayoría de los bares de Bilbao donde hablar, y opinar, significa y marca el pecado social. Qué miedo.
Mañana no me atreveré a afeitarme ante el espejo. Estoy seguro. Tras el comunicado de ETA, y la caterva de opiniones que ha suscitado, tengo miedo a enfrentarme a la imagen de mis recuerdos, ideas y opiniones. Máxime cuando acabo de leer que, ayer, y antes de celebrarse el Consejo de ministros, Sonsoles, la esposa, y los ministros, le regalaron a Zapatero un ramo de flores. Homenaje a su labor. Pétalos de cuchillo, creo, que inodoros de acero ideológico, no taparán el tufo de las declaraciones vacías que hoy repiten hasta la saciedad el sustantivo de víctimas, sin sentido ni corazón.
Desde el fondo del espejo, los ideólogos, expertos y concienciados me dan miedo. Están ahí, señalando y mofándose de cada una de las arrugas que la incomprensión dibuja en mi rostro apenado.

