Por mi dedicación en el oficio del periodismo se bien que la honestidad es subjetiva y está directamente homolagada por la educación de cada uno. Sus anhelos y sus compromisos.
Y en cada tema sensible para nuestra sociedad en crisis no hay razón objetiva que nivele la balanza. La única verdad que está en la realidad defendida por Aristóteles se ha quedado anticuada porque en nuestro siglo las verdades, y la propia realidad, varían según la cadena que zapees en la televisión. Sus intereses empresariales. Sus intereses ideológicos.
Y ese «Todo universal», y utópico, que ya se que no existe en esta infinita escala de grises que, en vez de disfrutar, padecemos, depende del cristal con el qué se mire que ya nos sugirió William Shakespeare y, en definitiva, se ha convertido en una agria verdad pero inexorable.
Hoy intuyo que Rajoy hará las paces con Durán i lleida y demostrará a las generaciones futuras, si nuestros hijos son capaces de sobrevivir a la infamia, la corrupción política de la casta que se tapa las vergüenzas de igual manera que los jóvenes enamorados comparten la almohada. Hoy también leo que Margallo, el heterodoxo canciller del PP, califica alegremente, de neumonía y no cáncer terminal, el problema de la Cataluña separatista.
Y hoy, en definitiva sufro el latrocinio de mis primos hermanos, la sangre de mi sangre, que roban mi patrimonio por sus intereses particulares. Y ahí está el problema, en que su honestidad ha dejado de ser universal. Que sus intereses tribales en definitiva les lleva a la guerra. Esta es la esencia de la historia del ser humano, que nos enseña en definitiva que, al final la solución es declarar la guerra.
Por cierto el tres o cuatro por ciento denunciado por Pascual Maragall en Cataluña, lo pagamos todos. Y hoy todos sufrimos las estrecheces de un país en crisis, emocional y económica.
