
«Ramón es un auténtico maestro relojero, un virtuoso de la precisión y coleccionista de esos engranajes de noble aleación»
Mi amigo Ramón es un privilegiado pero no se lo cree, ni alardea de ello, por «solidaridad obrera». El caso es que supo cambiar de oficio a tiempo. Le conocí hace muchos años como cámara de TVE, periodista audiovisual y sindicalista comprometido por la supervivencia de la televisión pública en Cantabria. Y, en la actualidad es un auténtico maestro relojero, un virtuoso de la precisión y coleccionista de esos engranajes de noble aleación, que meticulosamente han diseñado los ingenieros relojeros y que, con la belleza y el talento de la capacidad humana, nos marcan los límites de nuestros sueños: Esa dura e inexorable realidad de la gravedad y el ritmo hacia adelante, esa insistente constancia del tiempo que anhelamos mientras se nos escurre entre las neuronas y a la postre, nos oxida.

Le mencionas a Ramón por ejemplo la palabras Omega, Rolex, las herramientas Bergeon, o la historia del sin igual Juanelo y sientes como sus ojos entornan hacia el cariño y la admiración. Ha venido a Madrid para visitar a sus hijos que tratan de salir adelante en la capital, como tantos otros jóvenes castigados por el paro. Pero si en la conversación se cuelan los ERE,s de Andalucía o la sinrazón de la casta sindical, su gesto vira hacia la incomprensión y ese susto ancestral que los humanos sentimos con la mera intuición de los monstruos devoradores que cada uno llevamos dentro.
Me cuenta mientras desmonta, límpia y opera mi clásico «Viena», sin pulso durante quince días, y voceador con su silencio de la incomprensión de la muerte, que le apasiona la precisión del blanco sobre negro en esta sociedad gris y deprimida que sufrimos a diario. Acaba la mañana y los dos disfrutamos de ese tic tac que a la postre todos necesitamos, porque nos devuelve a la cotidianidad de la medición del tiempo.
Me dice en esencia que las chapuzas no sirven en el apasionante mundo de los engranajes de la precisión, mientras nivela, sin herramientas, de oído, esa vieja maquinaria, de nuevo viva, gracias a la maestría de su nuevo oficio que nos marca el tiempo de nuestra vida. Su respeto a los mecanismos es una metáfora de la gran deuda moral de nuestros días porque ahora mas que nunca, y todos, necesitamos de la exquisita precisión de un maestro relojero, para que a nadie le paremos la vida…

Una exquisita metáfora del cultivo verdadero del alma que aún no tener el amor que la caracteriza, se sirve de la oración para conseguirlo (la herramienta es el amor el conocimiento a usar es la oración) realmente me ha dejado gratamente reflexionando
Magnífico homenaje al amigo, y a los valores de lo necesario y hermosamente cotidiano.
Bonito, bonito.