
«Hablo de lentejas; y para que quede más guay recuerdo a Esaú, el personaje bíblico. Que, al menos las suyas, den más lustre a estas palabras de domingo de tango que tiene esta que lo es»
Hablo de lentejas; y para que quede más “guay” recuerdo a Esaú, el personaje bíblico. Que, al menos las suyas, den más lustre a estas palabras de domingo de tango que tiene esta que lo es. En los estertores de la posguerra, que llegaron hasta principios de los años sesenta, todavía se compraban las lentejas a granel y era habitual en cada casa efectuar el ritual común de limpiarlas para quitarles los “cucos”: bichos, defectos, piedrecitas y substancias varias ajenas a la legumbre. Se tomaba un puñado en la palma de la mano y se apartaba la morralla. Las lentejas seleccionadas se ponían en un colador para lavarlas después y guisarlas a conveniencia del ama de casa.
Según mis parientes femeninas, se notaba la llegada del mundo mejor que emergía después del desastre en que, cada vez, las lentejas traían menos bichos y menos impurezas. Porque, hubo tiempos pasados en los que, tras la criba, pesaban más los desechos que las lentejas saneadas. Y vuelvo a pensar en Esaú: Ahora como símbolo y no como pretexto literario. Y su plato de lentejas se convierte en la humanidad en su conjunto, donde los residuos mezclados son tantos que sobrepasan al total y cada vez resulta más difícil el tamiz; de forma que, el bodrio, resulta un compuesto farragoso casi imposible de comer.
Como en el guiso, la escoria sobrenada y flota, permaneciendo el alimento en el fondo de la olla y con dificultades para emerger bajo la capa infecta que se apodera del oxígeno e intenta aparentar, cada corpúsculo insano, que es el verdadero alimento listo para ser servido.
Hemos permitido al gusanerío, ajeno a nuestra verdadera naturaleza, que ocupe el lugar de honor, y ahora, parece casi imposible la selección. Dormimos todos en el fondo de la olla sin poder emerger por que nos sobrenada toda una red de parásitos que en realidad son solo basura.
España sufre sojuzgada y no hay una mano que empuñe un buen cedazo para separar “El trigo de la paja”, la escoria que, a la vista de todos, adultera lo que somos, lo que queremos, nuestro pasado, nuestro futuro; oscureciendo el presente. Hasta que la olla empiece a hervir a borbotones y se salga, momento en que la escoria sin peso sea arrojada del conjunto por la fuerza de la cocción. O sea, por la violencia de los desesperados.
El fuego, entonces, se apagará por el agua derramada y, otra posguerra, otra reconstrucción, otros esfuerzos por remontar, nuevos desmemoriados y un nuevo guiso derramado… Y así, una y otra vez, una y otra vez… Por los siglos de los siglos. ¡Qué pereza!
