Claro que volveremos a tomar Madrid. Por Roberto Granda

Volveremos a tomar Madrid
Volveremos a tomar Madrid

«Rebajemos la ansiedad, porque volveremos a tomar Madrid. Es cosa hecha. A pesar del desconsuelo que supone ver la caída de nuestras certezas, allí donde nos creímos inmortales»

No tengamos prisa, que es terrible consejera cuando ahí afuera todo sigue en manos del enemigo invisible. Cada cosa a su tiempo. Aguardemos como un felino agazapado que espera su oportunidad. Contando los segundos aguantando la respiración. Como un francotirador con los nervios de acero.

Ya está por venir. Hay una presa contenida que debe reventar, pero las calles tienen que ser inundadas cuando toque. Rebajemos la ansiedad, porque volveremos a tomar Madrid. Es cosa hecha. A pesar del desconsuelo que supone ver la caída de nuestras certezas, allí donde nos creímos inmortales y ahora nos sentimos absurdamente vulnerables.

Hay que actuar sin precipitarse. Hacerlo bien es hacerlo mejor. Reclamaremos al virus todo lo que nos quitó. Esa primavera de encierro y muerte. Y será una venganza fraguada a fuego lento, aunque sin pausa. Y la existencia, que estaba en estado catatónico, irá recuperando poco a poco ese color perdido mientras dora nuestra piel cetrina. Con los ojos que tendrán que acostumbrarse a la nueva luz en el momento del ajuste de cuentas.

Será imparable el brote de esa algarabía desvergonzada. Quitándose el poso de tanta angustia acumulada, de tantas horas perdidas. Quién va a ponerle puertas al campo urbano de nuestra sociabilidad. Quién va a decirnos que no son más actuales que nunca las estrofas de Sabina, los roncos quejidos de Rosendo, los versos de Quevedo o el espíritu de Manuela Malasaña. Quién no ha creído alguna vez toparse de retirada con el espectro de Antonio Vega, que sigue deambulando los mismos bares en su eterna melancolía.

Claro que volveremos a tomar Madrid.

«Volverán las pieles juveniles a mostrarse al sol de los parques y los ancianos que han visto demasiados inviernos ya no tendrán miedo a salir»

Volverán los besos furtivos de los portales, una espera impaciente en la boca del suburbano anhelando una cara, el sabor de los atardeceres en los labios de espuma de cerveza. Los bares donde, a faltar de mar, aprendimos a naufragar acodados en sus húmedas barras. Iremos a pique con ganas y por propio derroche. Con pleno derecho. Volverán las pieles juveniles a mostrarse al sol de los parques y los ancianos que han visto demasiados inviernos ya no tendrán miedo a salir porque el exterior no será un entorno hostil. Gatos chulapos hartos de remendar tejados mezclados con turistas de souvenir y selfie tratando de captar una esencia que nunca lograrán entender.

Ganaremos porque aquí no se rinde nadie. Ya sabemos que sólo los muertos ven el final de la guerra. Al resto nos queda seguir en pie, corazón del país que no deja de latir. Se lo debemos a Madrid.

Es la ciudad, con sus mudos secretos, que nos dio la posibilidad de explorar la oscuridad y la complejidad del mundo adulto. La misma urbe que en su interior alberga la semilla de nuestra propia decadencia y los más ancestrales vicios. Los rincones que continúan formando parte de nuestro modo de ser. Porque Madrid es una actitud ante la vida.

Tan llena de surrealismo o de bofetadas de realidad, de recién casados y de matrimonios rotos, de cicatrices que no tuvieron un final feliz y de nuevos y puros amaneceres, de seres solitarios que buscan perderse entre la marabunta de otros rostros sin rumbo, alejada de las obsesiones identitarias y del yo soy de aquí y tú de allá.

En ese fascinante retablo de gente y supervivencia todos somos hijos adoptivos de una madrastra tan amorosa como ingrata. Ya que en la gran ciudad estamos para ser capaces de lo mejor y de lo peor. Madrugadores que avanzan deprisa cruzándose con fantoches que se retiran después de desbocarse con nocturnidad y alevosía. Es el contraste mismo, las dos caras de nuestra personalidad ciclotímica.

«Algunos la odian, muchos la veneran, pero todos dejan en ella jirones de recuerdos enredados en alguna de sus aceras»

Porque cada persona interpreta Madrid a su manera. Tan llena de paradojas. Algunos la odian, muchos la veneran, pero todos dejan en ella jirones de recuerdos enredados en alguna de sus aceras. Los que están por irse y los que acaban de llegar. Todos nos apretujamos en los mismos abrevaderos donde empeñamos la salud y el alma, tarde o temprano.

Pregunta a cualquiera que alguna vez haya detenido su rumbo o desembocado en la villa y corte: siempre tienen una anécdota que contar, algo que dicen haber experimentado aunque esté contaminado por la nebulosa castiza que empapa el recuerdo.

Hay quien se aferra a las mieles del placer y a la descarga hedonista y hay quien sólo ve caos, resaca y suciedad. Pero en realidad están mirando lo mismo.

A los más huidizos nos encontrarán de nuevo escondidos en los cines donde uno se cree a resguardo de la tormenta, soñando experiencias que nunca viviremos. A refugio de tantas batallas perdidas y de tantas ilusiones que nos dio y nos quitó la misma ciudad que nos arrastra y nos empuja a volver una y otra vez sobre nuestros pasos. Reincidentes sin remedio, empeñados en oxidarnos bajo el sol implacable o a la sombra de esos edificios que retan a la verticalidad.

De Madrid el cielo de nuestro infortunio, al infierno de ni contigo ni sin ti.

«Heroica y trágica, golpeada tantas veces que su historia parece la de un boxeador que se resiste a hincar la rodilla»

La ciudad, todo coraje, que resistió bombardeos e invasiones y siempre se acaba aliando por una causa común. Que lo mismo se lanza homicida y peligrosa a la matanza incivil entre rojos y azules que se une para pasar a cuchillo al francés. Heroica y trágica, golpeada tantas veces que su historia parece la de un boxeador que se resiste a hincar la rodilla.

Por mucho que uno haya pateado sus calles a cualquier hora y en cualquiera estación del año o del metro, Madrid siempre se nos presenta por descubrir. Hemos hecho tantas cosas que parece que todo está por hacer. Dispuesta a sorprendernos, veremos qué trae la posguerra para redimirnos, qué nos está esperando a la vuelta de la esquina, cuando la muerte y el virus sean derrotados por ese oso que trata de escalar porque sabe que en la copa del madroño aguarda la libertad.

Roberto Granda

Roberto Granda

Desde muy pequeño interesado en la escritura y el cine, soy periodista y guionista pero me hice miembro de El Club de los Viernes y de la Plataforma Contra la Cooficialidad del Bable por un compromiso ineludible con los derechos civiles, la libertad lingüística y la democracia liberal. Colaboro, además de en La Paseata, en Intereconomía, La Nueva España, Periodista Digital y allí donde me llamen para dar mi punto de vista en estos interesantes y peligrosos tiempos convulsos.

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