«En mi castillo de vieja princesa, de los chinos del todo a cien, cuento también con un tentadero. Lo que pasa es que estoy paralizada detrás del burladero sin saber cómo torear al montón de morlacos «
Todos los viejos castillos tienen un alquimista y un astrólogo. Los míos dormitan en los sótanos y solo me recuerdan su presencia a veces, cuando escucho sus gritos, las discusiones que tienen entre sí, incluso el chasquido de alguna bofetada.
La sangre no llega al río. Se llevan mal el uno con el otro, pero como tienen suficiente sitio como para no encontrarse si no quieren no me preocupo demasiado. Además, alguna de las sombras me ha contado que se juntan por la noche en las mazmorras a ponerse morados de aguamieles y vinos especiados y que entonan viejas coplas populares donde cantan a princesas y caballeros en busca siempre de lo mismo: amor. Y de dragones perdedores que acaban ensartados en nobles lanzas.
Le recuerdo a mi dragón la suerte que ha tenido, pues una vez que las princesas llegamos a cierta edad, no hay larga trenza que sirva de anzuelo para príncipes medianamente valientes y medianamente interesados en arrancarte el cuero cabelludo ascendiendo por ella; mas que nada, porque las viejas princesas estamos ya muy resabiadas y no basta con que un caballero te despierte con un beso sensiblero, con lo agusto que dormías.
Que hay que ver lo devaluada que está esa moneda: El ósculo a tiempo y una frase definitiva: “Te querré toda la vida”, han hipotecado millones de destinos y disueltos cientos de miles de vocaciones de princesas románticas aficionadas a la poesía.
Que yo no digo nada sobre los príncipes, que también llevan su cruz. Ellos, que zascandileaban felices por los campos de allá y de acullá en busca de aventuras… Jóvenes, libres y guapetones cabalgando en briosos corceles y que tuvieron que darse de manos a boca con alguna torre de princesa durmiente donde, como se esperaba de ellos, aguerridos y entusiastas, se cargaron al dragón de turno y la despertaron… Alguno, ni se percató de que la dama se hacía la dormida y le observaba con un ojo medio abierto, que no estaba la cosa para entregarse a cualquiera.
Príncipes que pagaron también su óbolo a la ley de la reproducción, y que terminaron poniendo un restaurante en el castillo por que hay que dar de comer a los siete principitos y a la patulea familiar. Que han perdido la melena y la cintura hace tiempo y se levantan cada día al amanecer pensando cómo van a sobrevivir en el bosque, ahora que a Guillermo Tell se lo han tragado los malos y andan los recaudadores del gobernante de turno peinando el lugar en busca de monedas.
Yo, en mi castillo de vieja princesa, de los chinos del todo a cien, cuento también con un tentadero. Lo que pasa es que estoy paralizada detrás del burladero sin saber cómo torear al montón de morlacos que esperan en los toriles. Toros enormes de diferente color que no se como lidiar. Llevo la montera encasquetada hasta las cejas mientras abrazo, muerta de miedo, el raído capote de torear y pienso en el espejo mágico, que anda por ahí profetizando cosas sobre el coronavirus y que me auguró unas famélicas vaquillas y no estos torazos, demasiado hasta para un gladiador.
Las sombras me rodean. Quieren ayudar, pero, al ser incorpóreas solo llegan para jalear la faena. El astrólogo y el alquimista me han ofrecido una pócima y un estudio astral. No dan para más, ni para menos. Por mi parte prefiero un Martini rojo que me endosaré después de la corrida. La vieja túnica descolorida no es precisamente el mejor atuendo, mi planta torera no existe, pero debo proteger a todos los habitantes de mi castillo corporal y resisto la presión. Ahí voy, bolso en bandolera, zapato cuco pero de poco tacón y las banderillas debajo del brazo.
Definitivamente, por mucho que se empeñen algunas, las mujeres somos iguales a los hombres tan solo en el cerebro, que es el punto crucial. Lo demás es pura biología y costumbre.
Y por ello, hay momentos para una mujer en los que verse sola ante el peligro consigue hacerla añorar viejos cuentos, como estar en una cocina calentando sopa y aguardando al pobre príncipe responsable del castillo y de la familia. Era tan chachi cuando las responsabilidades de una casa eran soportadas por una sola espalda…
Después te despiertas y… ya sigo luego, que suenan clarines y sale el primer toro.
Si hay que torear se torea, aunque nos cueste la vida, que será probablemente lo que nos cueste.
Nací en Madrid. Y como a casi todos los madrileños, todo el mundo me parece cercano y de casa: es el carácter de la ciudad. Esto me ha ayudado después para congeniar con toda clase de personas en los diferentes sitios donde viví. Soy curiosa, inquieta, autodidacta y un pelín dispersa, precisamente por que me siento atraída por muchísimas cosas, escribir es una de ellas. Lo hago al golpe de víscera, según el momento y me faltan algunas vidas para alcanzar a Cervantes o alguno de los inmortales.
Soy la primera sorprendida por que observo como últimamente me meto en berenjenales de opinión acerca de asuntos políticos, cuando en realidad, la Política, me importó un bledo toda la vida.
Puede ser sentido común herido o un amor recién descubierto por España y su unidad. No milite, milito o militare en nada. Pero estoy de parte de la razón y el sentido común.
Defenderé a cualquier gobierno que me facilite la vida y reprochare sin pausa a quienes me la incomoden.
La Libertad es para mi la única joya a lucir, la lógica una herramienta y creo que sin pasión por algo, poco se puede conseguir.
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