Mi madre, esté donde esté, vigilará por los demás. Por Rodolfo Arévalo

 

Mi madre, esté donde esté, vigilará por los demás
Mi madre, esté donde esté, vigilará por los demás. Así quiero recordarte. Aquel día lo pasamos bien.

“Mi madre, le dijo sí a mi padre con veinticuatro años, a casarse y salir de España, para defender derechos de Españoles en el extranjero”

Mi madre, esté donde esté, vigilará por los demás. Ya sé que la muerte de personas cercanas a uno mismo, no debería ser argumento de ningún artículo, no obstante mi madre, no por ser mi madre, sino por ser una gran persona, lo merecía. Nació un siete de Diciembre de mil novecientos veintiocho así que acababa de cumplir, hace un par de meses, los noventa y dos años.

Mi madre ha muerto antes de que los gamberros de la extrema izquierda puedan hacerse fuertes y tratar de enmendar la plana a la Democracia, que ella misma voto en el setenta y ocho. No podrán mamá, yo te lo debo. Murió sin gran sufrimiento y aunque así hubiera sido, que no, no lo hubiera dicho. Cuando yo me quejaba de las articulaciones me decía “estás viejo hijo”. Tengo todo que agradecer a mi madre, no solo la vida, cuidados y desvelos que se tomó para conmigo.

Yo la llamaba “Patito” de manera cariñosa, porque siendo niños mi hermana y yo le compramos un flotador grande con forma de patito, porque nos dijo que no se bañaba en la playa porque no sabia nadar. Desde el día en que le compramos aquel flotador amarillo, con pico de pato, siempre entraba con nosotros en el agua.

Era una niña de la guerra, y parte de ella, la pasó en Valencia en un pueblo llamado Benifairó de Valdigna, con unos agricultores de la zona, la familia de un hombre al que todos llamaban Sauret. Familia a la que recuerdo con cariño por algunos veranos que pasamos allí con ellos. Imagino que Sauret se llamaría Salvador. Los padres de mi madre estaban en Madrid del lado de la república.

Mientras estuvo allí nos contó que no iba con su gemela a la escuela cuando llovía porque solo tenía un par de zapatos y si había llovido y no se habían secado por la noche, no podía ir. Comió raspas fritas de patatas, como el que más, fue testigo al pasar en autobús con seis años, por las carreteras de alrededor de Madrid, de muchos cadáveres fusilados a los lados de las cunetas; mientras, una voz en el autobús gritaba tapad las ventanillas que son niños lo que van aquí. Ella, más de una vez, me dijo que un señor tumbado boca abajo la miraba con la vista perdida desde el suelo, esas cosas no se olvidan jamás.

Yo no podré olvidar su cara cérea y su tacto helado, con el último beso caliente de mis labios sobre su frente, mientras las lágrimas caían calladas por mis ojos, que la añoraban viva, caliente y fuerte, una mujer de armas tomar, como siempre fue. Pusimos una dedicatoria en una corona mi mujer y mis hijos que decía solo Gracias por todo Mamá.

Realmente ese título lo había ganado hace años en África, cuando los oriundo de allí nos veían pasar detrás de ella como pollitos. Todos se dirigían a ella como Mamá. Mi madre protagonizó episodios valientes en su vida, como el día en que subiendo a un barco que cruzaba por el río Zaire desde Kinshasa al Congo Francés, no titubeo en darle una torta a un ladrón y tirarlo al agua desde allí, porque intentó robarle el bolso, que por supuesto, nunca habría soltado. También durante la guerra del Shabba, estuvo al lado de mi padre, sacando Misioneros y laicos Españoles del aeropuerto de Kolwessi, mientras las bombas de los Angoleños caían a quinientos metros de allí.

En otra ocasión volviendo de Italia, un vista de aduanas un poco quisquilloso no le quiso dejar pasar una caja de bombones Perrugina. Ella dijo: “los bombones van a pasar” y el vista de aduana que no, así que ni corta ni perezosa mi madre abrió la caja de bombones y les fue dando uno a cada pasajero, que lógicamente lo agradecían y comían. Al final le dijo al vista “ve como sí que pasaban”.

Mi madre ayudó a mucha gente, Españoles que por distinto motivos habían quedado en Zaire por diversos motivos. Uno de ellos, un buceador, tuvo una peritonitis y pensaban operarlo en un hospital sin ningunas condiciones higiénicas, lo cogió con silla de ruedas, lo llevo hasta el avión de Iberia que volvía a Madrid y lo trajo para que le operaran en la Paz. Mi madre era una mujer de acción, lo era desde el día en que se enamoró de un chico, mi padre que iba a ser diplomático y que al principio se ahogaba en un vaso de agua cuando tenía que organizar una mudanza. Mi padre le preguntaba ¿me han enviado al Brasil, y ahora qué hacemos?, ella tranquila respondía, ahora llamo a Sit internacional, envolvemos la casa y nos vamos. Y así a muchas partes del mundo. Nunca desfalleció. Poco a poco mi padre fue aprendiendo y ganando coraje.

En una ocasión en África unos amigos les llamaron diciéndoles que estaban encerrados en el baño del chalet, porque unos indígenas completamente borrachos habían entrado a robar y matar en su propiedad. Diez minutos después, mi madre y mi padre armados hasta los dientes, entraban en la propiedad disparando tiros a diestro y siniestro y poniendo lógicamente a aquellos asaltantes a la fuga. Está claro que aquella no era una vida para pusilánimes. Pero mi madre, le dijo sí a mi padre con veinticuatro años, a casarse y salir de España, para defender derechos de Españoles en el extranjero. Eso en mil novecientos cincuenta y dos no era corriente…

No contenta con esto tuvo a sus hijos en el extranjero, a mí en Marsella cuando mi padre estaba de cónsul y a mi hermana en Brasil cuando estaba de cónsul general creo, pero no estoy seguro. Siempre fuimos lo primero para mi madre desde el mismo día en que nacimos. Luego perdió en dos mil cuatro a mi padre, después de haberlo cuidado en enfermedad por diecisiete años, tras eso mi hermana se suicidó por una depresión endógena que había arrastrado toda la vida. Y si de algo me alegro es que ella, haya muerto antes que yo, que era lo único que le quedaba. Sus hermanos murieron años atrás. Así, nunca sintió que no tenía familia.

Se lo merecía por fuerte y tenaz, era una madre coraje, y hoy yo me deshago en lágrimas, pero como el junco me doblo y no me parto, la sensibilidad me roe por dentro, porque siento mucho las cosas, siempre he sido así, pero creo que he heredado de ella algo importante la fuerza de ser el que tira del carro. Vamos mamá adelante, los dos podemos hacerlo… Por eso nadie puede con mis hijos, con mi mujer y conmigo más que la muerte. Viva mi madre, olé sus bemoles, yo no soy creyente como he confesado muchas veces, pero si estoy equivocado y Dios existe, seguro que la pone en la puerta del cielo armada de tesón junto a San Pedro.

Rodolfo Arévalo

Nací en Marsella ( Francia ) en 1954. Viví en diversos países debido a los destinos que tuvo mi padre ( diplomático ). Estudié en colegios franceses hasta la edad de 12 años. Estudié bachillerato y COU en el colegio Nuestra Señora del Pilar de Madrid. Estudié música en el Real conservatorio de música de Madrid, formé parte y pertenecí a varios grupos musicales entre ellos “ Los Lobos “. Creé varios grupos musicales de Pop Rock. Toco el bajo y compongo canciones, música y letra. Estudié Fotografía general y publicitaria, diplomatura (dos años) de cinematografía e Imagen y sonido equivalente a Técnico Superior de Imagen y Sonido. Soy socio Numerario de la SGAE desde el 1978. Pertenezco a la Academia de Televisión. Soy un gran lector de libros de ensayo, divulgación y de vez en cuando novela. En el año 1985 Ingresé por concurso oposición a TVE. Fui ayudante de realización y realizador. En el año 2009 me pre jubilaron muy a mi pesar. En la actualidad estudio programas de tratamiento de imagen. He escrito varios guiones de cortometraje y realizado el que se llamó “ Incomunicado “, tengo otros en proyecto. Soy muy crítico conmigo mismo y con lo que me rodea. Soy autor de las novelas “El Bosque de Euxido” y "Esclavo Siglo XXI publicadas en Ediciones Atlantis. También me gusta escribir prosa poética. Me he propuesto seguir escribiendo novela.

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