El bazar de las vacunas está abierto y los clientes somos a la vez cobayas y paganos. Por Vicky Bautista Vidal

 

El bazar de las vacunas está abierto y los clientes somos a la vez cobayas y paganos.
El bazar de las vacunas está abierto y los clientes somos a la vez cobayas y paganos.

«El bazar de las vacunas está abierto y los vendedores, que se frotan las manos ante la seguridad de la venta, atronan el lugar. Los clientes somos a la vez cobayas y paganos»

Dicen que, a cada ratito en el Universo, que representa miles y miles de años de nuestro mundo, desaparece una civilización avanzada en la Tierra y empieza de nuevo aquello de los palos, las piedras, los porrazos entre clanes, las guerras y el descubrimiento de cositas básicas por parte de la poca tribu que queda después del desastre. Porque aquí, señores, nada hay que se haga si no es a lo bestia.
Y no voy a defender la teoría pacata y culpable que afirma que son nuestras culpas y malos modos los responsables de que, a la Naturaleza airada y a un Dios semejante a nosotros y no nosotros a él, se les hinchen las narices y nos destruyan el chiringuito a patada limpia divina. Aunque la tentación sí la admito en el ente divino cuando contemplo tanto tarugo echando la culpa a su voluntad poderosa de todas las excéntricas gilipolleces que acaban casi siempre igual: solucionando la corta visión a base de fastidiar al semejante: Otra vez palos, piedras, porrazos, bombas y mucho muerto para animar una Historia partidista y siniestra.
Por ello, voy a bajar el dedo de acusar al Cielo y no escupiré a las alturas, que luego me cae en la cara, y voy a mirar significativa y fijamente a mi entorno mortal, ignorante y en las garras del miedo siempre por no saber qué hace aquí, tener tan solo la seguridad de que deberá sobrevivir ganándose el pan con el sudor de su frente y conocer que un día morirá, en muchas ocasiones, no de la mejor manera.
Muchos inocentes, que vivimos un tiempo entre guerras, pensábamos que éramos afortunados por que habíamos evitado tiempos de sangre; estábamos casi seguros de que nuestras vidas acabarían sin haber conocido desastres mundiales, tan solo fastidiados por la cotidianidad de pagar muchas letras para tener cubículo propio y trabajar como burros por el bien nuestro y de nuestros amados allegados.
Lo cierto es, que como colectivo, no somos muy brillantes en lo que llamamos pomposamente «Humanismo». Hemos crucificado o quemado brujas, profetas, místicos, sabios… Incluso a uno que se dijo a si mismo “Hijo de Dios” enviado a esta selva para enseñarnos “buenos modales” universales.
Pero jamás nos ha dado por perseguir y defenestrar poderosos imbéciles, psicópatas, políticos corruptos, gobernantes despóticos y asesinos de pueblos que, aunque terminaron muchos muertos, lo fueron por intrigas o traiciones de sucesores como ellos y no por la masa rugiente reivindicando algo con respecto a ella y su paz.
El rebaño pasa de mano en mano y los pastores son cada vez más cenutrios. Y aquí estamos nosotros: el montón: La buena gente, que es mayoría, aunque sujeta a rutinas ancestrales disfrazadas que no nos dejan ver lo que podríamos ser de ser un poco más listos como raza y fuéramos capaces de mirar un poco más allá del “horizonte”.
Resulta que, en esta multitud que somos, se van produciendo muchos claros debido al nuevo azote mundial, surgido para calentar el lomo de los tibios a zurriagazos víricos. Sin darnos mucha cuenta de lo cíclico de la pandemia y con la sospecha bastante fundada de que, en esta ocasión, hay intereses de pendejos que se creen superiores y se arrogan la voluntad de Dios para ordenar el número de vivientes que padecemos esta Tierra donde solo se adora a uno: El Dinero.
Bill Gates el magnate y otros como él, han tomado el puesto del antiguo Lucifer para asumir el papel de creadores o destructores de una humanidad despistada que quema pobres mujeres conocedoras de hierbas, profetas, sabios y místicos, pero que permanece callada ante el espectáculo espeluznante de los nuevos déspotas.
Y no es que lo digamos nosotros, el mismo personaje lo pregona en todos los medios, escupiendo así sobre la cabeza del ganado al que intenta llevar al matadero, la soberbia diabólica de quien se cree Dios. A los hechiceros de la tribu se les han subido los humos, es decir, se les ha llenado el cerebro de billetes y cada vez que piensan suena una caja registradora.
–Yo te procuro la enfermedad posiblemente, yo te vendo la supuesta cura y todo queda en casa: en la mía, claro–. (Traducción de los discursos del dueño de la Informática mundial).
Suena un disparo en alguna parte y comienza la carrera para ver quien hace la vacuna mejor: Otra ruleta rusa para el personal, pues nadie conoce la realidad de la protección de la tal vacuna.
Los países han lanzado en estampida a sus investigadores ¡Tonto el ultimo! Y surgen por todas partes vacunas como churros. Todo se convierte en un sainete macabro y volvemos a encontrarnos con los pillos de siempre a un lado y otro: Los que se ponen los primeros en la fila sin estar en el grupo de riesgo correspondiente. Los que roban vacunas, probablemente para vender al mejor postor. Seguramente, algún timador estará soñando ahora métodos para llenarse los bolsillos.
Los gobiernos se organizan. El nuestro, por supuesto, mal. Pero qué más da. Se han ido muchos más de los que deberían gracias a la incompetencia y a la permisividad genocida para manifestaciones inútiles de mujeres de poco cerebro, por ejemplo; que, las que lo tienen no fueron ni irán porque tienen que trabajar y demostrar al mundo que una mujer respetable es otra cosa que una hidra vociferante disfrazada de algo.
En adelante, ya no encontraremos collares o alfombras en los mercadillos sino jeringuillas y bonitos frasquitos de todas las formas con fecha de caducidad desconocida y que le prometen algo más de vida, pero sin alharacas.
El bazar de las vacunas está abierto. La plaza bulle de puestos y las voces de los vendedores, que se frotan las manos ante la seguridad de la venta, atronan el lugar. Los clientes somos a la vez cobayas y paganos. ¡Que ilu!
Y nos lo queríamos perder.
Vicky Bautista Vidal

Vicky Bautista Vidal

Nací en Madrid. Y como a casi todos los madrileños, todo el mundo me parece cercano y de casa: es el carácter de la ciudad. Esto me ha ayudado después para congeniar con toda clase de personas en los diferentes sitios donde viví. Soy curiosa, inquieta, autodidacta y un pelín dispersa, precisamente por que me siento atraída por muchísimas cosas, escribir es una de ellas. Lo hago al golpe de víscera, según el momento y me faltan algunas vidas para alcanzar a Cervantes o alguno de los inmortales. Soy la primera sorprendida por que observo como últimamente me meto en berenjenales de opinión acerca de asuntos políticos, cuando en realidad, la Política, me importó un bledo toda la vida. Puede ser sentido común herido o un amor recién descubierto por España y su unidad. No milite, milito o militare en nada. Pero estoy de parte de la razón y el sentido común. Defenderé a cualquier gobierno que me facilite la vida y reprochare sin pausa a quienes me la incomoden. La Libertad es para mi la única joya a lucir, la lógica una herramienta y creo que sin pasión por algo, poco se puede conseguir.

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