Hoy quiero confesar al fin, que he vivido. Por Rodolfo Arévalo

Hoy quiero confesar al fin, que he vivido
Hoy quiero confesar al fin, que he vivido

«Quiero confesar al fin, ante mi, y para nadie más que he vivido, es lo necesario para descargarse de las culpas que uno pueda guardar y de las que ya nunca podrá deshacerse»

Quiero confesar al fin, ante mi, y para nadie más que he vivido, es lo necesario para descargarse de las culpas que uno pueda guardar y de las que ya nunca podrá deshacerse. El simple hecho de haber vivido, ya es una afrenta a los demás, porque has detraído del planeta alimentos, agua y aire que los demás también merecían. Pero no hay que sentirse culpable, todos lo han hecho, lo hacemos y lo harán en el futuro los que nos sucedan.

Nacer no es tu culpa, tampoco lo es de tus padres, del día la hora o el lugar, estar aquí o no estarlo es un puro azar, bastaría una mínima versión diferente en la cadena genética que portas para que en vez de ti mismo fueras otro. Imagina no ser, es imposible desde tu referente afirmativo soy. Si te hubieran concebido un minuto antes o uno después, en una hora del día u otra, es posible que tu yo no existiera.

Nacer en un lugar u otro, no es culpa de nadie, tener o no tener posibilidades para poder llevar una vida pasable, tampoco lo es. Vivimos en una época en que hay que echar al parecer la culpa de todos los males a los demás. Soy así por mis genes y es verdad, pero nadie tiene la culpa de ese azar, ni siquiera tus progenitores. Si soy pobre es porque alguien me roba, si no soy inteligente es porque otro lo es y todo así.

Esto no es verdad y nuca lo ha sido, salvo en raras excepciones en la historia de la especia humana. Cualquier pequeña variación en el mundo que nos rodea hubiera podido impedir que estuviéramos aquí e insisto no es un problema técnico, ni divino, ni humano solo es algo que no podemos controlar el libre albedrío de la naturaleza, de la genética. No es dios, ni el universo, es puro azar, ese del que Richard Dawkins habla en el relojero ciego. Para los humanos que siempre hablan de causa y efecto es difícil de aceptar, porque las cosas que podemos construir dependen de un relojero, no de uno que premedita el resultado no, solo de la naturaleza que va seleccionando las distintas posibilidades, no según un plan, sino según la capacidad de supervivencia de una cualidad genética o fenotípica.

Pero asuntos científico filosóficos aparte, la única realidad para un ser humano vivo es su capacidad de propiocepción. Darnos cuenta o quizás creer o soñar que estamos vivos es lo único que nos hace reales ante nosotros mismos, nunca ante los demás, porque no sabemos si los demás nos ven como somos o de cualquier otra manera que en su mente se forma de nuestra estructura global. Cuando uno llega a algún momento de su vida, que no tiene porque ser el mismo en cada individuo y empieza a reflexionar sobre estos temas, es cuando aparece realmente el ser humano, el ser que se extraña de si mismo, que quiere verse desde fuera de manera objetiva. En parte lo consigue, porque puede ver a los demás que imagina sus iguales, aunque no lo fueran. Cuando hay algo que no domina o no comprende lo hace divino y entonces surge el concepto de Dios, algo que te sobrepasa. Puede ser bueno o malo, pero es lo que puede justificar que tu, como persona seas importante y trascendente.

Porque lo que más teme un ser humano es la nada, dejar de ser y volver a convertirse en nada. En este caso la nada frente al ser algo, es la capacidad de reflexionar sobre el mundo y otras cosas, poder interactuar con lo físico que nos rodea. Solo hay un sentimiento que puede estar por encima de ese temor y es la posibilidad de que otros guarden memoria de ti. Es por eso que los amigos y las obras que dejamos en la tierra se vuelven muy importantes al final del camino. Es la única prueba de que estuvimos aquí, de que fuimos algo aunque pasajero.

Pero por supuesto algo que los eones no tendrán en cuenta porque solo fuimos diminutos puntos microscópicos en un universo enorme entre otros universos y tiempos. El frío de la tierra húmeda que acoja nuestras cunas eternas de olvido o el fuego que devore nuestra carne y huesos para volver al polvo, a la ceniza, nunca puede justificar, que tuvimos consciencia de nosotros y de lo que nos rodeaba. Por eso llegados a una edad en la que el tiempo que queda de vida es bastante menor que el que hemos vivido, empiezan a ser necesarias las muletas emocionales y que mejor muleta emocional que los muchos o pocos amigos que hayamos tenido, tanto los que se fueron, como los que son. Realmente no importa si son muchos o pocos, lo único que importa es saber que generarás un vacío en sus sentimientos.

Por eso es hora de confesar los pecados y reconocer que las muchas ocasiones en que pudiste verlos, tenerlos en cuenta y no lo hiciste solo fueron pecados de altivez o de desidia. Eso que entonces nos pareció algo nimio, hoy más cerca del final se nos antoja un desperdicio del amor debido a nuestros semejantes amigos e incluso solo conocidos. Somos seres sociables y por eso nos debemos a otros a grupos humanos y efectivamente debemos confesar al fin, y quizás solo ante nosotros mismos que hemos vivido, que dependimos de otros seres humanos tanto cercanos, como lejanos.

Es lo correcto, es lo necesario para descargarse de las culpas que uno pueda guardar y de las que ya nunca podrá deshacerse, esas culpas que pasan entre otras cosas buenas y malas, en el momento de la muerte por nuestro pensamiento y que es lo único que nos llevamos a la cuna eterna.

Es por todo esto por lo que hoy quiero confesar al fin, ante mi, y para nadie más que he vivido, es lo justo y también lo único imprescindible para descargarse de las culpas que uno pueda guardar y de las que ya nunca podrá deshacerse. En mi novela “Diario de alto secreto bajo secreto” Carlos al final de su diario escribe: “No sé que razones esgrime la mente, de los otros y también la nuestra, para hurtarnos la imaginación de la infancia. Todas las cosas en realidades sin misterio. Un día ya no supimos volar como antaño sin alas, el caramelo, que ahora ya no degustamos a menudo, no es tan dulce ¿por qué nos hurtó el destino la suavidad del columpio y del tobogán?». Y hoy añado ¿por qué nos hurto la amistad sin dobleces, la amistad verdadera?

Rodolfo Arévalo

Rodolfo Arévalo

Nací en Marsella ( Francia ) en 1954. Viví en diversos países debido a los destinos que tuvo mi padre ( diplomático ). Estudié en colegios franceses hasta la edad de 12 años. Estudié bachillerato y COU en el colegio Nuestra Señora del Pilar de Madrid. Estudié música en el Real conservatorio de música de Madrid, formé parte y pertenecí a varios grupos musicales entre ellos “ Los Lobos “. Creé varios grupos musicales de Pop Rock. Toco el bajo y compongo canciones, música y letra. Estudié Fotografía general y publicitaria, diplomatura (dos años) de cinematografía e Imagen y sonido equivalente a Técnico Superior de Imagen y Sonido. Soy socio Numerario de la SGAE desde el 1978. Pertenezco a la Academia de Televisión. Soy un gran lector de libros de ensayo, divulgación y de vez en cuando novela. En el año 1985 Ingresé por concurso oposición a TVE. Fui ayudante de realización y realizador. En el año 2009 me pre jubilaron muy a mi pesar. En la actualidad estudio programas de tratamiento de imagen. He escrito varios guiones de cortometraje y realizado el que se llamó “ Incomunicado “, tengo otros en proyecto. Soy muy crítico conmigo mismo y con lo que me rodea. Soy autor de las novelas “El Bosque de Euxido” y "Esclavo Siglo XXI publicadas en Ediciones Atlantis. También me gusta escribir prosa poética. Me he propuesto seguir escribiendo novela.

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