Hormesis social: Lo que no mata, fortalece. Por José Antonio Marín Ayala

 

Hormesis social
Hormesis social

“La Hormesis traspasa las fronteras de la biología, y en un terreno más doméstico, y actual, se pone de nuevo de manifiesto de forma sorprendente en la política”

Los poetas son los seres vivos que más han exaltado la naturaleza, con la inmensa diversidad de vida que hace brotar por aquí y por allá. Los creyentes otorgan, cada uno a su manera, a su Dios-Arquitecto-Ingeniero su magnificencia constructora, proeza que nunca podrá lograr el ser humano, aunque se lo proponga. Pero todo apunta a que las cosas de la naturaleza no ocurrieron como nos las pintan las coloridas confesiones religiosas. Pensar que una ballena es el resultado adaptativo de una vaca que fue abrazando paulatinamente el agua, como un medio natural más protector para su ser que la insegura y peligrosa tierra, a muchos les puede parecer más improbable que creer que el Altísimo la hubiera hecho, tal cual, desde el principio de los tiempos.

A veces, los organismos de las numerosas especies vivientes sufren, fruto del azar, pequeñas alteraciones en algunos de sus genes; estas moléculas diseñadoras de cuerpos viven dentro de ellos (y de nosotros también) y trabajan en una constante y ciega lucha por perpetuarse a través de los eones. Y uno de los mecanismos (cuando no el más importante) que desencadena que el gen de un organismo mute y dé lugar en su organismo a un rasgo distintivo que lo diferencie del resto de los miembros de la especie a la que pertenece es la radiación ionizante que nos llega del espacio exterior, fundamentalmente del Sol, nuestra estrella dadora de vida más cercana. Algunas de estas mutaciones, empero, pueden ser perjudiciales y el organismo se ve abocado a una muerte prematura; en cambio, otras provocan que la alteración tenga éxito para su supervivencia en el ecosistema donde se mueve su portador. Esta cadena caótica de mutaciones constantes explicaría que un mamífero, como la propia vaca anteriormente mentada, pueda a su vez ser el resultado de una serie de organismos (perros, caballos o elefantes) que evolucionaron desde algo más simple, algo parecido a una diminuta musaraña (de la que, por cierto, también nosotros, los seres humanos, provenimos). Los fósiles esclarecen mucho esta cuestión, pues son como piezas de un rompecabezas que, debidamente ensambladas, nos dicen que la vida está en continua evolución.

Se cuenta la curiosa anécdota de un físico nuclear que le propuso a un vigilante jurado un singular puesto. Su trabajo, le dijo, consistía en controlar el acceso del personal a las instalaciones nucleares durante su jornada laboral, sentado, eso sí, cómodamente en una silla. El sueldo: 6000 euros al mes. Ante semejante propuesta estuvo a punto de decirle que sí con los ojos cerrados, pero pensando que aquí podría haber gato encerrado (como imaginó el bueno de Schrödinger), le preguntó si había algún riesgo en el trabajo, pues no ignoraba lo cerca que iba a estar del reactor nuclear, lugar donde se desintegra a casco porro el uranio enriquecido, con la consecuente emisión por un tubo de la tan temida radiactividad. El experto le respondió que cada segundo que estuviera allí sentado, en cada centímetro cuadrado de su cuerpo (la superficie de la uña del dedo meñique) recibiría el bombardeo constante de 60000 millones de partículas altamente ionizantes. Ante esa espeluznante tesitura, el hombre no pudo por menos que declinar tan suculento ofrecimiento; puestas así las cosas, el non nato vigilante se sinceró y le reconoció, abiertamente y sin tapujos, al técnico nuclear que era antinuclear, así que prefería vivir del subsidio del paro que tan generosamente ofrecía un gobierno como el que actualmente nos desgobierna, que además defendía su postura, y quedarse cómodamente en casa frente a la caja tonta, zapeando sin piedad y sin ningún riesgo para su salud. «Vaya. Una interesante oferta de trabajo tirada a la basura. Qué se le va a hacer», pensó el físico nuclear. «Muy bien, como prefiera», le contestó.

Se despidió de él para, a continuación, ofrecerle el puesto a otro candidato que esperaba al otro lado de la puerta de su despacho, eso sí, no sin antes decirle: «Por cierto, me veo en la obligación de comentarle que esa misma dosis la recibe usted diariamente en el sofá de su casa». Sus bellos ojos azules se salían de las órbitas cuando oyó aquello, pero ya era demasiado tarde para echarse atrás.

Los corpúsculos que forman la radiación ionizante a que se refería el físico de marras, los neutrinos, bañan la Tierra día y noche desde hace unos cuantos miles de millones de años, de tal modo que la atraviesan de parte a parte como si fuera un queso gruyere. De nada sirve que intente usted escapar o protegerse de ellos, como, por ejemplo, construyendo su hogar en adobe de la mejor calidad, ni aun siquiera escondiéndose en la mina más profunda que exista. Estas partículas, resultado de la fusión nuclear que se da en lo más profundo del interior del sol, son tan pequeñas, energéticas y veloces (viajan próximas a la velocidad de la luz) que atraviesan todo lo que encuentran a su paso. Forman parte de la llamada «radiación natural de fondo», la cual modela, con las mutaciones que provoca en los seres vivos, el espectacular y maravilloso ecosistema terrestre. Aun a pesar de su enorme número incidiéndonos por cada centímetro cuadrarlo, los átomos que forman nuestro cuerpo son lo suficientemente diminutos como para que una de estas energéticas balas tenga alguna probabilidad de incidir en el electrón de alguno de ellos, que además lo mande fuera de su núcleo, que lo ionice provocando una alteración en la molécula que forma parte de la célula, que a su vez propicie una mutación genética en el organismo del que forma parte, y que esta anomalía sea peligrosa y que acabe en un daño o que se replique en sus descendientes.

Sin embargo, si aumentamos la dosis de la radiación haciendo mayor la densidad de las partículas ionizantes, como por ejemplo manteniendo en la mano una fuente radiactiva, aunque sea solo durante unos breves momentos, el daño que puede provocar puede dar al traste con todo el organismo en cuestión de días. Esto no es en modo alguno nada nuevo. Ya lo advertía hace casi 500 años un excéntrico Paracelso: «Todas las sustancias son venenos, no existe ninguna que no lo sea. La dosis diferencia un veneno de un remedio». Los antibióticos, por ejemplo, son un veneno en altas dosis; sin embargo, debidamente administrados en pequeñas cantidades combaten a los bichos responsables de muchas enfermedades. Las vacunas son otro ejemplo de peligrosos organismos que, atenuados y en pequeñas dosis, pueden estimular nuestra respuesta inmunitaria y hacernos más fuertes. No es acaso raro encontrar en algunos de los supervivientes expuestos a la radiación de las bombas nucleares de Hirosima y Nagasaki una salud y longevidad envidiables, lo cual parece ser un contrasentido.

La cuestión es que la Agencia Internacional de la Energía Atómica tomó hace muchos años la decisión conservadora de que cualquier dosis de radiación ionizante que incida sobre el ser humano había que considerarla siempre perjudicial; pero, como se ha podido comprobar, pequeñas dosis pueden llegar a ser incluso beneficiosas (aunque desanimo encarecidamente al cordial leyente a que ponga en práctica semejante remedio medicinal).

Hace unos cuantos millones de años el gen de uno de los primitivos seres humanos que estaba a punto de venir al mundo debió de sufrir una mutación debido a esta radiación de fondo, lo que le hizo nacer con un embrujador iris azul, en vez del marrón que caracterizaba a sus progenitores. El cristalino iris de estos ojigarzos asentados en las zonas meridionales de la Tierra bañadas por un sol implacable debió de ser un importante hándicap, pero para aquellos que ocuparon las tierras de latitudes más elevadas, donde el astro rey brilla por su ausencia gran parte del año, debieron de tener en esta malformación una suerte de bendición y sobrevivieron mejor. Por eso no es casualidad que usted se tope actualmente con más ojos azules en Noruega que en Angola. Pero el gen recesivo que expresa un ojo azul sigue anclado ahí en muchas personas que deambulan por el ancho mundo, y cuando uno menos se lo espera, y con la seria sospecha por parte de alguno de los progenitores de que haya podido ocurrir un desliz durante la concepción, porque nadie en la familia tiene ese peculiar color de ojos, se replica y surge como por ensalmo en un acontecimiento raro y hermoso. Todas las personas que lucen este precioso color azul de ojos, como el de nuestro guarda jurado antes mentado, provienen de ese mutante ancestral. La infinita variedad de colores de iris entre el marrón y el azul que se da entre los humanos ha sido fruto del entrecruzamiento de los genes de ambos portadores.

En toxicología, la hormesis (palabro extraído del griego y que significa «estimular»; ruego al paciente leyente, que no confunda el término con un hipotético ensanchamiento de la horma del zapato) es la ciencia que se encarga de explicar todos estos fenómenos, aparentemente inconexos, de respuesta a la dosis, y que se caracteriza por una estimulación en dosis bajas y, por el contrario, una inhibición en las altas. Se ha usado una gran cantidad de nombres para designar alternativamente este tipo de respuestas, como por ejemplo: adaptación, preacondicionamiento, etc.

Pues bien, lo curioso del caso es que este fenómeno traspasa las fronteras de la biología, y en un terreno más doméstico, y actual, se pone de nuevo de manifiesto de forma sorprendente en la política. Mire usted, la muerte de casi dos centenares de personas de un tirón (alta dosis) por una matanza terrorista, justo en donde más duele, durante el día de reflexión de unos comicios, y cuya autoría intelectual no está todavía nada clara, puede provocar un vuelco electoral de gran magnitud (la muerte electoral de uno de los candidatos). Pero es que ni siquiera se precisa ese número tan alto. El sacrifico de un perro, presentado a la población como la víctima inocente de un infundado estado de alerta desatado por los poderes fácticos políticos por el virus del Ébola, puede también inclinar la balanza electoral en unas próximas elecciones generales.

En la misma línea de pensamiento podríamos ingenuamente pensar, y con más razón, que el holocausto sin precedentes que supone 60000 muertes acaecidas en tan solo unos meses por la flagrante falta de previsión de una inminente pandemia, ante las reiteradas advertencias de las autoridades internacionales, tragedia más propia de una catástrofe natural o de una guerra mundial, debería desatar infinidad de dimisiones que mitigaran en parte esa tremenda responsabilidad penal. Supongo que ya sabrá usted que una respuesta de esa magnitud se puede esperar que venga de cualquier país de nuestro entorno, da igual la formación política que gobierne, salvo de España, especialmente cuando está bajo los designios de los políticos que usted ya sabe. Esa enorme cifra, debidamente espaciada en el tiempo por los manipuladores (baja dosis), aliñada con fatuas noticias y promesas varias que les permitan rescatar convenientemente del pasado el ancestral odio visceral que nos profesamos en este país (todo esto es lo que llamaríamos la aplicación de un placebo), dada a conocer de forma que no se le antoje a la peña demasiado dañina al oído, y sobre todo a la vista, se puede transformar en una suerte de «hormesis social» en manos de los que manejan la psicología de masas. El resultado puede ser, a lo que parece, un efecto tan beneficioso para la salud electoral que, lejos de penalizar al gobierno por esta debacle sin precedentes, lo puede llegar a reforzar, si atendemos al resultado de los sondeos electorales que publica el organismo estatal encargado de ello. Así que, tranquilos, que, como decía Nietzsche: «Lo que no mata, fortalece».

Jose Antonio Marin Ayala

Nací en Cieza (Murcia), en 1960. Escogí por profesión la bombería hace ya 37 años. Actualmente desempeño mi labor profesional como sargento jefe de bomberos en uno de los parques del Consorcio de Extinción de Incendios y Salvamento de la Región de Murcia. Cursé estudios de Química en la Universidad de Murcia, sin llegar a terminarlos. Soy autor del libro "De mayor quiero ser bombero", editado por Ediciones Rosetta. En colaboración con otros autores he escrito otros manuales, guías operativas y diversos artículos técnicos en revistas especializadas relacionadas con la seguridad y los bomberos. Participo también en actividades formativas para bomberos
como instructor.

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