Bicentenario. Por Manuel Jesús Pérez Lorenzo

Bicentenario.

«Más de treinta años sin placa, y sigue abriéndoseme el pecho cuando veo un uniforme azul o me encuentro con alguno de mis compañeros, de mis hermanos de armas»

 Era la una de la madrugada, y casi todos veníamos con tiempo suficiente, unos de casa —los menos— y otros de cenar y alargar la noche, para que las horas fuesen menos lentas y pesadas. Íbamos llegando al Grupo y volvía a celebrarse la ceremonia casi religiosa de los preparativos que habíamos hecho ya mil veces antes. Saludos, chascarrillos y miradas más tranquilas de lo esperable al reloj, hasta que estuviésemos todos. Mientras, se abrían armarios llenos de armas largas y cajones fabricados con cajas de madera de munición, a los que habíamos puesto unas simples bisagras y un candado minúsculo, donde cada uno tenía sus armas favoritas o los amuletos que les habrían de salvar la vida, la integridad física o, incluso, la libertad, si algo no salía bien del todo y un burócrata de mierda o un juez de los de cogérsela con papel de fumar trataban de jodernos la vida y la carrera; eso sí, desde sus despachos. 

 

Estábamos todos. A veces, casi nunca…, bueno, una vez que yo recuerde, incluso el Gobernador Civil, dejando por fuera del jersey la pistola que le había regalado la Guardia Civil, para que la viéramos y supiésemos que él estaba allí casi como uno más de nosotros, nos arengaba haciéndonos ver que las libertades de los ciudadanos y la estabilidad de la nación dependían esa noche de nosotros, de nosotros individualmente uno a uno y de nosotros como grupo humano con una misión. Recuerdo su nombre, pero no lo diré, no sea que todavía viva y sus traidores compañeros del PSOE de hoy le escupan a la cara por fascista. 

 

Estábamos todos, y nuestro Jefe de Grupo, a veces, casi siempre, nos recordaba que llegaba otro momento de la verdad, que allí volvíamos a estar y que recaía en nuestras espaldas la responsabilidad de hacer bien nuestro trabajo, detener a tres o cuatro gudaris de pastel que ponían bombas, pegaban tiros en la nuca, ayudaban a otros a hacerlo, o votaban en el Congreso (ah, no: eso es ahora, en 2024) y que lo hacíamos por España, por nuestra nación, y para que hubiese por la calle unos cuantos hijos de puta menos. Cada detención de un comando, de un talde o de un laguntzaile salvaba vidas, y no teníamos ni la más mínima duda de ello…, incluso podría ser que alguna de las nuestras. Nos daba el nombre de la operación y los distintivos de cada ka para la emisora y, en vez de decir: “tened cuidado ahí afuera”, como en las películas americanas, más o menos a veces nos decía: “hijos, tened cuidado” y otras veces: “venga, panda de cabrones, vamos a por ellos”. 

 

No hacía falta mucho más, porque todos sabíamos de memoria qué es lo que nos tocaba a cada uno. El trabajo de campo ya había sido hecho: domicilios centrados durante los días anteriores, tronchas y comprobaciones de que los malos no se habían ido, últimas escuchas telefónicas por si acaso, un vistazo a los barrios en los que actuar por conocer el enjambre en el que íbamos a meternos, rutas de entrada y rutas de salida, cómo eran los portales de los domicilios a reventar, si había un cuartel de la Guardia Civil cerca…, y tantos aspectos menores de los que, luego, podría depender todo. Todos habíamos elegido ya si llevar un arma larga o no, si llevar el chaleco o no, y, un poco, en la medida de lo posible, quién iba a ir a nuestro lado exactamente esa noche. 

 

Subíamos a los kas, avisábamos a la Centralita —a H-50— y salíamos hacia cualquier pueblo, las más de las veces de Vizcaya o Guipúzcoa. Nunca podré olvidar cómo sonaban los equipos de coche a coche (el canuto o el pocket) en el silencio de la noche y en la oscuridad de carreteras y caminos sin iluminación, siempre con alguna historieta cachonda o con la última gilipollez que se le ocurría a cualquiera. Al fin, llegábamos, y, de vez en cuando, nos maldecíamos cuando algún coche, con las prisas, cerraba las cuatro puertas de golpe: pam, pam, pam, pam… Después, siempre alguien lo decía, pero indefectiblemente también siempre volvía a pasar a la noche siguiente; la rutina nos hace creernos invulnerables. Un día íbamos a tener un disgusto, saliendo del ka anunciando de esta manera que llegábamos, con los cuatro golpetazos de puerta en medio del silencio de la noche. Pero éramos jóvenes; e inmortales…o nos importaba un carajo no serlo. 

 

Unos en el portal, otros en la pira, si había parte de atrás por la que escapar o ventana no muy alta, y el resto a la puerta. Y tocaba entrar. Armas largas y chalecos, los primeros, adrenalina, coger aire, “¡Policía!” y para adentro. Al principio, no nos obligaban a llevar al GEO a las operaciones; luego sí, y es verdad que todo fue más fácil: era como ir con Superman o con Los Vengadores. Tampoco podré olvidar ese segundo justo antes de entrar, con un chaleco de planchas de acero que pesaba más que protegía, con una pajillera Mossberg —creo recordar— o una Franchi que parecía un arma espacial, o con uno de los primeros subfusiles Uzi, que teníamos por cortesía de Israel, país con el que todavía no había relaciones diplomáticas, pero sí policiales, y con el que ahora los progres y los equidistantitos quieren volver a llenar los ceniceros del Holocausto, como los nazis. Ese instante, con compañeros hombro con hombro y cubriéndote las espaldas, nunca desaparecerá de mi alma, por muchos años que hayan pasado desde entonces. 

 

Al final, tras la tensión, detenciones hasta con un pan y tomate para que no te escapes —que también lo tengo visto—, registros, vuelta a punto cero, interrogatorios y diligencias durante, entonces, ocho o diez días, casi sin dormir o durmiendo un par de horas en una cama improvisada con sillas en el Grupo, hasta terminar todos los flecos y trasladar nosotros mismos a esa puta escoria a Madrid, para ponerlos a disposición judicial de la Audiencia Nacional. 

 

Y, por fin, a la vuelta, dos o tres días de descansar —poco— y olvidarnos de todo con un carrusel de noche, música muy alta y copas, perdiéndonos en la embriaguez de chavales jóvenes que habíamos vuelto a hacerlo… y que seguíamos siendo inmortales. 

 

Hace más de treinta años que el, hoy otra vez, Cuerpo de Policía Nacional y yo nos separamos (desgraciadamente, con bastante deshonra, por cierto). He vivido muchas otras experiencias, la vida me ha tratado bien, regular y mal, como a todo el mundo, y ya no soy ni joven ni inmortal. Pero nunca olvidaré el Cuerpo, y, sobre todo, nunca olvidaré a mis compañeros. A los que acabaron su misión y a los que todavía quedan. A aquéllos con quienes me jugué la vida y con quienes aprendí qué llevábamos en los pantalones —y en las faldas, también en las faldas, queridas compañeras—. A aquéllos que anduvieron el mismo camino conmigo, a mi lado, y aquéllos que, juntos, juramos el cargo y algunos casi no nos volvimos a ver, pero que siempre estamos ahí por si nos necesitamos. A aquéllos que ya no están, y sobre todo a aquéllos que no están porque nos los quitaron los amiguitos del Gobierno actual, tan valientes con un coche bomba o disparando por la espalda, pero haciéndoselo encima —literal y no figuradamente— cuando veían que el coche en el que iban detenidos paraba en la “Comisaría de Indauchu” 

 

Ahora se celebran doscientos años de esa Policía. De esos compañeros que, con su sangre y su juventud, pararon a esos gudaris supremacistas y xenófobos, socios hoy de Sánchez, para que el anormal de Zapatero salga en los medios cantando cómo el PSOE acabó con ETA. De esos compañeros que fueron condecorados y después, por los mismos hechos, vilipendiados y alguno hasta encarcelado, por poner tope literalmente a tiroteos a toda una generación de atracadores chungos, bragados, armados y peligrosos como la madre que los parió, en los setenta y en los ochenta, que asolaron Madrid y Barcelona. De esos compañeros que, como decía, entran en los peores lugares, como Superman o Los Vengadores, y les da lo mismo que sea en el punto más peligroso de nuestro territorio nacional que en cualquier embajada de nuestro país por el mundo, o allí donde haya un compatriota en peligro. De esos compañeros que he visto ir a desactivar coches bomba con dos cojones como contenedores de vidrio, protegidos nada más que con su mierda de traje de papel y su sentido del deber. De esos compañeros que se infiltran en organizaciones criminales para reventarlas desde dentro, arriesgando su alma. De esos compañeros que, como legiones romanas contra los bárbaros, resistieron adoquines, cócteles molotov y vejaciones por esos otros amiguitos también del Gobierno de hoy, en la insurrección independentista catalana, que ahora resulta que no va a existir, y que aguantaron como todos esperábamos de ellos. De esos compañeros de los que enseñan a ser policía de verdad; de los que encuentran un rastro en una mínima gota de sangre, un punto de ADN, media pisada en el barro, o una IP que no pinta bien; de los que bregan con el detritus social de violadores, pederastas, matones y maltratadores; de los que en todas las comisarías de Expaña articulan la red de prevención, protección y defensa de la sociedad civil y de los ciudadanos… Y, sobre todo, de esos compañeros que, en el general día a día, cuando llegan al lugar, bajan del coche y dejan ver ese uniforme azul, traen tranquilidad a la gente, traen la seguridad de que el Estado de Derecho está en las calles, y que, aunque fallen el Gobierno, el Parlamento, la Judicatura o, si me apuras, los Reyes Magos y el Ratoncito Pérez, siempre habrá un Policía cerca que se va a partir la cara por ti. 

 

Es de esa Policía de la que ahora se celebran doscientos años de existencia, y, sobre todo, de esos doscientos años de placas y uniformes, de compañeros, de hombres y mujeres unidos por un hilo invisible y azul que los cose y hermana; y tengo que gritar muy alto que ¡Felicidades! Felicidades a todos ellos y felicidades a la sociedad por tenerlos. 

 

Más de treinta años sin placa, y sigue abriéndoseme el pecho cuando veo un uniforme azul o me encuentro con alguno de mis compañeros, de mis hermanos de armas. Mierda…, no existen los expolicías. 

Manuel J. P. Lorenzo

Soy doctor en Derecho, abogado desde hace más de treinta años y empresario, y fui muchas más cosas, que son las que me han traído hasta aquí. Crecí de niño en el barrio de Usera de Madrid, fui Inspector de Policía en lucha antiterrorista en el País Vasco de los 80’, estuve preso y conocí once cárceles, defendí a algunos de los mayores narcos de España y mantuve contactos con servicios secretos y de información nacionales e internacionales. El resto no ha prescrito. Me gusta leer, escribir y ver series, sobre todo americanas; estudiar ajedrez y hacer deportes bestias de contacto; comer con mis amigos y reírme de mis enemigos; pensar que, como cuando era joven, sigo siendo inmortal y que, cuando llega la época de las renuncias, es mejor tener muchas cosas que dejar atrás que no haber tenido ninguna. En definitiva, un camino de mil kilómetros, que va, por lo menos, por el seiscientos sesenta y seis.

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