
«Volvamos a la sensatez, comamos morcilla y pidamos por la reinserción social del conde de Villamedianeja y por los antiguos hábitos»
Atendiendo a los escasos -aunque selectos- lectores que tengo, en esta columna que servirá para rematar el año voy a escribir no de uno sino de dos temas, de índole muy distinta, de naturaleza diferente aunque tampoco incompatible. Les hablaré del deporte y de la gastronomía, materias ambas en las cuales no soy entendido pero que voy a procurar abordar como pueda.
En uno de mis últimos paseos ciudadanos, además de ir bien pertrechado contra el frío llevaba yo puestas mis gafas -pues padezco de miopía- y gracias a ellas iba disfrutando de una agradable mañana de invierno. Las bonitas casas, los árboles casi desnudos, el andar de las gentes apacibles… hasta que a lo lejos divisé a cuatro individuos que se acercaban trotando lentamente. Se trata de esa nueva especie de jubilados o en puertas, todavía en buena forma, que frecuentan los gimnasios y los parques para hacer ejercicio ataviados con indumentaria a la última (y con esto quiero decir a la moda, ustedes me entienden, nada que ver con el digno traje de deporte y el polo reglamentario de los años 80, pongamos por caso). Vamos, que iban hechos un cuadro. Tan despacio practicaban el llamado jogging que pude notar que al mismo tiempo conversaban como si en una animada tertulia se hallaran. Y tan próximos estábamos que ello me permitió atisbar entre el grupo de corredores al conde de Villamedianeja. Rápido de reflejos, pronto me di cuenta y me aparté unos metros fingiendo un falso interés por la placa que anunciaba los servicios de un kinesiólogo argentino en el número catorce de la calle.
No he tenido gran amistad con el conde, aunque nos hemos saludado algunos días en el casino. Ya no lo veo tanto, pero recuerdo que siempre iba vestido de una manera formal y fumaba en ocasiones sus buenos cigarros y bebía de cuando en cuando alguna copita de oporto. Por las tardes se le veía rondar con la cuadrilla trasegando vino en las tabernas y los domingos en la misa en compañía de su señora doña Eugenia, que era una santa. Por eso tuve que hacer lo que es obligado en todo caballero que se precie. Los paseos están para pasear, decentemente, como Dios manda y es lo que se espera de las personas civilizadas. El comportamiento de Villamedianeja me parece reprobable… ¡Si lo vieran sus hijos, ataviado con esas medias apretadas y esa braga en el cuello!… Ignoro el motivo de esa efusión por el sport. Quizá sea tan sólo una actividad mañanera y pasajera, preparatoria de la carrera de San Silvestre. Por si las moscas, en ese último día del año voy a evitar el circuito. Estiraré las piernas por las afueras o me quedaré en casa leyendo. No me faltaba más que ver al conde y a sus amigotes disfrazados ridículamente de reno o Papá Noel y a la policía urbana echándome una reprimenda por cruzar la calle.

Pues bien, pasado ya el episodio deportivo, no estará de más que veamos un asunto culinario o gastronómico, aunque sea brevemente. Me obliga a ello la lectura de una columna que escribió María José Fuenteálamo en el ABC del pasado lunes y que tituló “Elogio a la morcilla”. Elogio que comparto. Sí, es un manjar del pobre que aprovecha la sangre de la matanza (tan ligada a los días de Navidad en la España rural) y que con el arroz y la tripa concluye el negro embutido. El frío se encargará de la crianza. No comparto el gusto por ingredientes como la cebolla y sin embargo me declaro entusiasta de la especia del piñón. Son fabulosas -sin desmerecer las manchegas favoritas de doña María José- las morcillas de Monreal del Campo, provincia de Teruel, que tanto me recuerdan a las que hacía mi abuela Manuela. Bien fritas y con unas tiras de pimiento o sin él puedo asegurar que es lo que más aprecio del cerdo, juntamente a los jamones y paletas. Dice la periodista que es manjar humilde que casa bien con estas fechas y lo que en ellas se celebra. Vuelvo a estar de acuerdo con ella. Si añadimos unas patatas, asadas en la estufa de leña, abiertas, con un poco de aceite y sal, algún villancico y el discurso del Rey o uno grabado del Caudillo no podremos pedir más.
Me confieso, sin embargo, simpatizante de “la secta proalcachofa”. Las de Navarra son muy buenas, y también rebozadas en harina y fritas con jamón seguro serían del gusto de la de Fuenteálamo. Que espero me apunte al “club de la morcilla” como socio numerario: Entre mis méritos, quizá, ser como ella enemigo del hummus (ese comistrajo que es a la cocina lo que una camiseta de running al deporte) y escéptico en materia de “bayas rojas”. Pronto entraremos en el año 2025. Volvamos a la sensatez, comamos morcilla y pidamos por la reinserción social del conde de Villamedianeja y por los antiguos hábitos.

