Elogio de la lentitud, el canto y la risa. Por Gusarapo

De la lentitud, el canto y la risa
De la lentitud, el canto y la risa. Fotografía de Juanjo

“Elogio de la lentitud, el canto y la risa porque ahora todo son prisas, carreras, nervios, preocupaciones. Los pucheros ya no cuecen, en la lumbre, el potaje durante seis u ocho horas”

 

Desde siempre he sentido una atracción irresistible por los lugares en los que se realizaban actividades manufactureras, de reparación o de venta. Naves, locales, galpones, cobertizos, cualquier espacio cerrado que albergase cajas, paquetes, maquinaria, y emitiese algún tipo de sonido, ya fuera el golpeteo de un martillo o el soniquete del timbre de una máquina registradora al abrir el cajón de las monedas.

Verdadera fascinación ejercen sobre mí esos vetustos y robustos mostradores y bancos de trabajo, de madera maciza natural. Encimeras de superficie arañada y horadada por limas y cinceles, sierras y berbiquíes.

Es traspasar el dintel de la puerta y aspirar el aroma de la grasa o el del polvo que está asentado sobre los marcos de las ventanas y las cajas de piezas, y perder la noción del tiempo.

Tiempo, dimensión, periodo determinado que marca el desarrollo de los acontecimientos. Antes, cuando en esos locales que acabo de mencionar, se fabricaban objetos y utensilios de forma manual, artesana, el tiempo tenía un gran valor, y las cosas se hacían para que durasen, para que pervivieran durante decenios o incluso mucho más. Ahora todo se hace para que nada dure, para que tenga una vida efímera. Incluso se fabrica conociendo de antemano el momento de su autodestrucción. Pocas cosas escapan ya a esa dinámica del usar y tirar.

Libros perfectamente encuadernados y alineados en estanterías que muy de cuando en cuando recibían un fino rayo de luz en el que se podían ver cientos de minúsculas motitas de polvo girando y moviéndose en todas las direcciones. Percibir ese inconfundible olor a cuero viejo, a tinta y a papel. Papel oscurecido o amarilleado por los años de espera hasta que llegase un lector que se fijase en un título o un autor.

La barra de hierro dulce y negro que ha mutado en uno de sus extremos a rojo intenso. El golpear firme y rítmico de acero contra hierro. Esa cadencia. Ese olor a carbón y a grasa. El mandil de cuero quemado por las chispas. El borboteo del agua tras el soplido de la evaporación al introducir en ella la pieza forjada por las manos.

Jamones que colgaban de vigas y goteaban el aceite generado por las bellotas sobre el músculo del cerdo, sobre la tarima del suelo. Aceite que impregnaba y atravesaba la madera. Sin control de temperatura ni humedad, bajo la supervisión y el buen hacer de los maestros. El aroma, ese aroma. Los años de maduración, de secado.

Virutas acumulándose bajo una viga mientras el cepillo alisa la superficie de la viga. Efluvios inconfundibles de resina. Montones de serrín.

El sonido de la sierra circular, y el de una fresadora que perfila una moldura. Tablones de madera natural, formones y cola.

Manos maestras capaces de dar lustre y vida a una triste tabla sobre la que se compartirán deliciosos asados y suculentos guisos entre conversaciones sosegadas.

¿Han estado alguna vez en el taller de un alfarero? ¿En un taller de los de antes? Con el chirrido de fondo del torno girando y la pella de barro transformándose en una jarra o un plato entre los dedos del artesano.

Yo estuve en unos cuantos, de cuando los hornos se calentaban con leña de encina, y en un patio, bajo un sombrajo, un pincel trazaba delicadas líneas sobre la superficie de una fuente de arcilla endurecida. Con pulso firme, sin prisas, con tiempo.

En muchas casas se estilaban los típicos botijos de Alba
En muchas casas se estilaban los típicos botijos de Alba

Algunas veces acompañaba a mi padrino hasta un taller de Alba de Tormes, a encargar cestas y pucheros de barro que luego él regalaba a conocidos y clientes. Por aquel entonces en muchas casas se estilaban los típicos botijos de Alba, formados a base de filigranas y mucha paciencia.

Ahora todo son prisas, carreras, nervios, preocupaciones. Los pucheros ya no cuecen, en la lumbre, el potaje durante seis u ocho horas, ahora todo es exprés.

Dice un conocido mío que está en los noventa, que cuando él era pequeño, con un porrón de vino clarete y un puñado de cacahuetes eran felices. Que la gente cantaba en el trabajo y en el bar. Que aunque no tenían nada eran felices, estaban alegres, no como ahora que nadie canta y nadie ríe.

Gusarapo

Soy más de campo que las amapolas, y como pueden ver por mi fotografía, también soy rojo como ellas. Vivo en, por, para, dentro y del campo. Ayudo a satisfacer las necesidades alimenticias de la gente. Soy lo que ahora llaman un enemigo del planeta Tierra. Soy un loco de la naturaleza y de la vida.

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