
«Miles de jóvenes cantaban «Sweet Caroline», un himno oficioso sin duda pero un himno que los hacía libres y mejores personas»
Es tarde, paseo sin oficio ni beneficio descalzo en absoluto silencio como un ninja hasta el salón, enciendo la tele en modo mute pero no hay nada potable. Como la cabra tira al monte, busco alguna reposición de alguna tertulia mañanera para que me entre el sueño rápido y la encuentro. Un señor mayor rechoncho de pelo blanco nuclear y tirantes azules, me cuenta que la UE se está convirtiendo en la antigua URSS porque el relato que pretenden instaurar, no era el que originalmente tuvieron los padres de la cuestión y por ello y sólo ello, es preciso que nos revolucionemos –padre, madre, patria–, ¡Jopelines! Exclamo por lo bajini… «Ya no se trata de acuerdos comerciales y militares», dice el tipo, sino de ingeniería social grabada a fuego en nuestras débiles mentes, nuevos principios y valores fruto del «totalitarismo y el marxismo cultural», generadora de una pérdida constante de libertades y derechos por doquier por culpa de gobernantes cipayos. ¡Madre mía cuanta adrenalina contenida, este tipo está gordo por el cortisol que le encabrona! Pensé para mis adentros.
Abrumado por el mensaje y mientras el mismo señor trataba de convencerme de que me diera de alta en el «Club de amigos» para salvar occidente, mantener su gran buche y de paso su canal, cambio para ver qué se cuece en el deporte aunque rápidamente pierdo el interés, y entro en el puñetero twitter, donde estaban los de siempre diciendo sandeces y mezclando sus temores con nuestra pobre Monarquía; «que si el Rey anda de cachondeo con el otro», «que si el Rey está al dictado de Moncloa»…, en fin, no los hago especial caso. Es tarde, me aburro.
¿Quizás con un cambio de temperatura? ¡Ok! Me hago caso y salgo un poco a la terraza del salón, porque ya sí que sí, corre un desagradable fresquibiris en Madrid de esos que incitan a constiparse sin querer cuando de repente, Gargamel –el vecino del edificio de enfrente– irrumpe en mi vida abruptamente.
La silenciosa noche se ve atropellada gracias a una grandiosa y desgarradora ventosidad, acompañada de su innecesaria pero correspondiente reflexión posterior. Su verborrea y ese tono tan característico más propio de un alimoche con carraspera crónica, provoca esta vez a deshoras otra gran disputa marital. Gargamel (por su parecido al malo de Los Pitufos) no tiene secretos para el barrio, lo comparte todo. El menda trabajó de autobusero en Madrid, lo cual le hace creerse que es un erudito de la vida. O sea, todo un espécimen.
Recuerdo a su madre y como no tenemos nada mejor que hacer, permítanme un aparte sobre ella. La anciana estaba harta porque no la dejaban fregar y lo pregonaba a gritos todo el día. Sin saberlo disputaba una batalla cultural con su nuera por los trapos de la cocina ciertamente desigual. La dueña de la casa veía como poco a poco su poder y hegemonía disminuía, y francamente, me daba pena. La anciana nunca reconoció estar harta de vivir en general y con ellos en particular aunque creo que lo pensaba. Recuerdo que salía al balcón muy dicharachera mientras hablaba con sus cuñadas que a su vez eran hermanas y de Candeleda nada menos.
Un buen día una resbaló en la terraza y a la familia Gargamel se le abrió una especie de ventana, aunque no sabría decir si era de Overton o de Climalit. El hecho es que dicha oportunidad culminó logrado el traslado de las hermanas a una residencia de allí, de Candeleda, haciendo aparecer en escena a los hijos del matrimonio –por cierto, aspirantes horribilis a Operación Triunfo–. Los nenes lógicamente ocuparon la vivienda ipso facto y claro, perpetrada la faena, jamás se supo de ellas. Este movimiento ajedrecista –que ni Kaspárov– provocó la posterior aparición del siniestro matrimonio al ocupar ellos a la vez la casa de la madre de él (o sea la anciana aburrida sin sus compañeras de vida) y una vez finiquitada su existencia pues a disfrutar de la vivienda que está ubicada pared con pared con la de las otras dos.
Doña Rosi –pues así se llamaba– era bien maja, salía en camisón a eso de las siete y media todas las tardes para colgar sus enormes bragas blancas a modo de bandera en la cuerda que atraviesa la terraza. Esas bragazas marcaban su territorio, sin embargo poco a poco los trapos de la cocina de la repelente nuera predominaban cada vez más cercenando seguramente con ello sus ilusiones. Lo tuve clarinete, «la mi pobre» ya era presa de los que gestionaban su pensión a cambio de no dejarla hacer nada. En fin, que Dios tenga en su gloria a la Señora Rosi.
Bueno el caso es que por la algarabía, se encendieron algunas luces y al comprobar que eran ellos, se volvieron a apagar pues también aburren y mucho y la oscuridad volvió a sobreponerse. Aprovechando la confusión aproveché para realizar una incursión hasta el frigorífico a ver que se contaba pero no lo vi claro, y como tampoco me hacía ilusión pensar demasiado, me hice un Cola Cao de marca blanca.
La única cuestión importante en ese instante era no hacer ruido con la cucharilla y sobre todo conseguir no toser al comerme los grumillos de por encima. Mi gozo y disfrute en ese momento reconozco que fue instintivo y muy básico pero a la vez muy satisfactorio, pues no había nadie consciente cerca que cuestionara el que me metiera entre pecho y espalda el maravilloso brebaje. Mientras, por la otra terraza –la de la cocina– se escucha bronca en la calle. Normal es muy tarde y las bestias pardas van o vuelven y mientras lo pienso, compruebo que la que me corresponde todavía no ha llegado a casa. Suspiro y mientras veo la habitación vacía suena el móvil; es mi cuota que me asusta y avisa al mismo tiempo para decirme que tardará un poco más pero, que está en la placita de abajo. Perfecto le digo… ¿necesitas algo? Sí, que me esperes despierto porque no llevo llaves. ¡Me cago en mi puta vida…! Pero a eso no me contesta.
Vuelvo a Twitter y a la tele para hacer tiempo hasta que le dé la gana subir, los del programa deportivo siguen discutiendo a gritos ahora porque un entrenador los vacila y desde su posición los ningunea y eso los cabrea. Busco algo desde el móvil otra vez en la dichosa red social, poca cosa; bueno un joven intelectual muy de derechas currito a veces en el canal de la tertulia porque lo llaman cuando necesitan becarios. Este dice que si apagas la tele ya no hay problemas para una inmensa mayoría de la gente corriente. Le hago caso y apago la tele y también el móvil. El estúpido en su día empezó a seguirme por las redes, incluso una vez se dirigió personalmente a mí por el enlace particular para pedirme amablemente mi opinión sobre un asunto y algunas referencias sobre mi bibliografía. El iluso debió pensar que yo sabía escribir y que vivía de mis pensamientos. Al enviarle algunos enlaces dejó de seguirme. Otro que tal baila y lo digo en serio, pues sigue sin prosperar el muy merluzo.
Definitivamente la suerte me acompaña y me piden que abra la puerta del portal y de casa, «que ya sube» –dice–. Por fin aunque sin sueño, regreso al lecho para intentar dormir, necesito resetear para recargar hasta el día siguiente que sin duda vendrá lleno de amenazas que intentarán acortar mi existencia, aunque todo es posible, igual hasta que algo me haga sonreír por su belleza o simpleza y me ayude a conciliar.
Ya postrado con la almohada doblada, abro por última vez la red social en cuestión y alguien absolutamente anónimo dice que «la vida es sencilla y hermosa y que el problema es que la complicáis». Y lo acompaña con un video donde sale mucha gente abrazada cantando juntos. «Universitarios, deporte, minifaldas, camaradería…el mundo era precioso y lo habéis jodido» –dice–. «Todo es mejor cuando la siniestra izquierda no nos enfrenta por raza, sexo, credo, sexualidad o por si comemos lechuga o solomillo, cuando lo entendáis ya os habréis perdido lo mejor de vuestra vida y a este paso, estaréis muy delgados», termina diciendo en otro mensaje.
Miles de jóvenes cantan en un estadio universitario al unísono y en diferentes estaciones –por sus diferentes capas de abrigo– y lo hacían sin complejo alguno mientras disfrutaban de un partido de fútbol americano. Cantaban «Sweet Caroline», un himno oficioso sin duda pero un himno que los hacía libres y mejores personas.
Que no deje de suceder…

