Un valiente político: trabaja forjando España. Por José Antonio Marín Ayala

Delitos de odio al por mayor. Ilustración de Tano y Tita

 

“Con la sabiduría popular de nuestros refranes, el susodicho diría para sus adentros: Que yo me quede tuerto si dejo ciego al vecino. Forjando España”

Lo han vuelto de nuevo a hacer. Y mira que esa soberbia, esa falta de escrúpulos y ese «efecto veleta» que les caracteriza condujo a su partido a su peor resultado electoral y a la dimisión de su jefe. Pero como si nada. Erre que erre.

Que muchos de los animadores que aparecen a diario en este país en los «medios de incomunicación», especialmente en la tele, acostumbren a moverse siempre en clave de un abrumador cortoplacismo electoralista resulta escandalosamente evidente e innegable. Buscar problemas donde no los hay, hacer un diagnóstico equivocado y poner los remedios erróneos son las señas de identidad de muchos de los que se dedican a la atractiva y lucrativa actividad política. Y aunque haya cada vez más personas en el paro, o no salgan oposiciones en la Administración Pública en años, o muchos no tengan siquiera lo mínimo para vivir decentemente, el número de políticos, empero, permanece constante a través de los tiempos, cuando no lo hace adecuadamente en la línea del crescendo. Tampoco parece que tenga ya relevancia alguna en la sociedad que cuando a la gente se le pregunta acerca de los profesionales mejor valorados señalen con abrumadora frecuencia a sanitarios y bomberos (los héroes de usar y tirar), mientras que los que ocupan siempre el último puesto en estas encuestas anuales, los políticos, sean, en cambio, legión en España: hay más regidores que policías, sanitarios y bomberos juntos. De esta breve disquisición espero que no deduzca usted erróneamente, cabal leyente, que padezco algún tipo de animadversión o resquemor hacia ellos, es simplemente que no los tengo por los mejores santos de mi devoción.

Supongo que usted se contará entre los millones de personas que está al tanto de lo que acontece a diario con el desconocido bicho este de marras. Y también que una de las soluciones más demandadas por la peña ha sido la tan ansiada vacuna que nos inmunice contra este ser inanimado. Yo reconozco que a pesar de que mi longevo cuerpo serrano lleva ya una buena retahíla de vacunas, y que en modo alguno me considero del colectivo ese de chalados que piensa que es peor el remedio que la enfermedad, ponerme un pinchazo de una de estas de ahora, tan experimental, tan a bote pronto, tan improvisada, qué quiere que le diga…me preocupa…y no poco. Especialmente cuando leo que el líder en este campo, Merck, afirma que los efectos del ácido ribonucleico de estas vacunas, que están siendo ya parte integrante del cuerpo de muchos millones de humanos, son un completo enigma y su administración un absoluto disparate. La multinacional basa sus críticas en que no sabemos qué efectos negativos pueden tener a largo plazo (no es de esperar que entre ellos se cuente la mejora de las habilidades motoras de la especie humana), pues la presión mediática las ha puesto en el mercado en un tiempo muy inferior a lo que hasta hace bien poco estipulaban las autoridades sanitarias; de entre todas ellas emergiendo la popular OMS, esa singular y extraña organización, tipo oenegé, que carece de presupuesto propio y, en consecuencia, está financiada por países interesados y generosas entidades privadas. Es la misma que al principio dijo que contra este bicho no era necesario el uso de mascarillas y todas las desafortunadas medidas que han parido desde entonces. Recordemos que su actual director general, el etíope Tedros Adhanom Ghebreyesus, puesto ahí por mediación de China, fue acusado formalmente por EEUU de haber confiado en exceso en la información que aportaron las autoridades chinas en las primeras semanas de la crisis, y ello ha llevado a toda una cadena de errores que ha provocado, hasta el momento de escribir estas líneas, casi 220 millones de infectados y en torno a 5 millones de muertos.

La susodicha Farmacéutica Merck dice, literalmente, que no se quiere «embarrar» en un posible genocidio con vacunas Covid-19, pues no dan crédito a que en solo unos pocos meses se hayan comercializado y pinchado a gogó a la gente. Ahí es nada. Ken Frazier, director ejecutivo de la mentada farmacéutica Merck, que además es la principal productora de vacunas del mundo, recordó hace unos días que la vacuna más rápida puesta en el mercado fue contra las paperas, precisamente por Merck, y que su implantación llevó ¡cuatro años! de experimentaciones previas. Pero no son las que más se han demorado en comercializarse, ni mucho menos. Vacunas tan corrientes hoy día como la de la tuberculosis llevó 13 años de probaturas antes de lanzarlas al mercado; las que les ponemos a nuestros niños contra el rotavirus, 15 años; y la de la varicela, nada más y nada menos que la friolera de 28 años. Así que, con estos probados antecedentes, es normal que haya muchas personas en el mundo muy escépticas con todo esto que está pasando.

La pandemia del Ébola, ese otro bicho que tan buen partido le sacó aquí nuestra oposición política cuando no hubo más remedio que sacrificar a Excalibur, con manifestaciones de protesta en las calles cada dos por tres, le llevó precisamente también a Merck cinco años y medio de investigación antes de ponerla en el mercado. Aquella izquierda política, actualmente en el gobierno, movió los hilos de la manipulación mediática como solo ella sabe hacerlo, encrespando los ánimos de mucha gente a cuenta del perro de marras (por un perro que maté…).

Pero mire cómo son capaces estos artistas de pintar ahora las cosas. Aunque no hayamos conseguido un número de infectados suficiente que nos garantice esa «inmunidad de rebaño» (aunque para los políticos no somos más que esto último) que impida que la gente siga muriéndose diariamente de Covid, porque a estas alturas de la película no está siquiera vacunado más que un 74% de la población, esta izquierda lo ha vuelto a hacer de nuevo: sus depuradas artes han anestesiado nuestra percepción de lo que ocurre en nuestro entorno y nos ha acostumbrado a relativizar las cosas, de tal manera que los más de 85000 muertos que llevamos ya a las costillas (y lo que te rondaré morena) no causan ahora a la peña, ni por el forro, la indignación inducida por ellos cuando aquel perro de marras. Pero, claro, si usted pregunta a alguno de estos le dirá que aquello fue por la imprudencia del gobierno de entonces, que tuvo la osadía de permitir que un misionero infectado viniera a su país a morir en paz. Y esta pandemia de ahora, en cambio, es algo global, un suplicio de la Madre Naturaleza, que nos castiga por nuestros numerosos pecados, sin que tenga culpa alguna el fantástico gobierno actual. Bien al contrario, la culpa de esta tragedia va a ser ahora nuestra, y solo nuestra, porque no sabemos vivir conforme a los maravillosos dictados de la Nueva Normalidad que nos han regalado los que velan constantemente por nuestro bienestar. De lo que podemos deducir, a tenor de la tranquilidad que se respira en las calles, que las manifestaciones, escraches y otras alteraciones sociales que se han desatado en este país provienen de los mismos de siempre; y que las varas de medir que tienen las aplican a su conveniencia y según qué situaciones, haciendo bueno aquello que decía sobre sus principios Marx, el insigne Groucho, no el haragán del otro, y ratificando de paso también la opinión que tenía en vida su gran valedor, el camarada Stalin: «Un muerto es una tragedia; un millón de muertos es, sencillamente,… una estadística».

En el caso que nos atañe del Covid dicen los de Merck, que de esto deben saber algo pues no en vano las últimas cuatro vacunas con destino a la humanidad han salido de sus laboratorios, que «ni siquiera entendemos el virus en sí o cómo afecta al sistema inmunológico…» como para meternos a implantar una vacuna aprisa y corriendo. Pero a pesar de todo, las farmacéuticas que están haciendo este negociazo, la británica, la americana y la madre que las parió, se pisan (o se matan, según se mire) entre ellas para poner en el mercado mundial el mayor número de sus vacunas. «Si se va a utilizar una vacuna en miles de millones de personas, es mejor que se sepa lo que hace esa vacuna», dicen los de Merck.

A diferencia de las vacunas tradicionales basadas en el bicho atenuado, la que ha comprado el Gobierno de España consiste en una hebra de ARN de la que no sabemos si puede liarla parda a medio o largo plazo en nuestra propia genética celular. Lo que se sabe con certeza es que el ARN que ingresa en una célula puede transformarse en ADN, que a su vez puede interferir con el propio material genético humano y hacerlo todo un solar. Ni siquiera los ingenieros genéticos pueden asegurar qué podría pasar en estos casos, así están de preparados para esta contingencia estos individuos. Dicen los expertos del Ministerio de Sanidad, esos que han puesto al frente al tal Simón, «El Niño de la Curva», los mismos que han estado mareando la perdiz con la gestión de la pandemia (que si iban a haber solo unos pocos contagios, que ellos dejarían a sus hijos ir a los botellones sin mascarilla, etc.) que a la vista de la experimentación con las vacunas que se está haciendo a la población no hay evidencias de que afecte a la fertilidad. Eso después de vacunar a la gente y ver qué les pasa durante solo unos pocos meses. Pareciera como si el rigor científico pausado que requieren estos casos hubiera sido remplazado por la información sesgada, cortoplacista e interesada de los «abarraganados medios de incomunicación».

Pero sin duda los que intentan enmendar sus numerosos errores en la gestión de esta pandemia lo hacen aplicando la solución más equivocada. Continúan diciendo los de Merck: «Cuando los políticos le dijeron a la gente que habría una vacuna para finales de 2020, por ejemplo, creo que le hacían un flaco favor al público. No queremos apresurar la vacuna antes de estar seguros de que la sustenta una ciencia rigurosa». Es por eso que no verá usted actualmente ninguna vacuna de esta farmacéutica en el mercado, por la sencilla razón de que continúan investigando. Por último, los de Merck hacen una recomendación que sabemos de antemano que caerá en saco roto: «Necesitamos políticos que tengan la voluntad y la integridad para decirle a la gente la verdad…».

Bien. Puestas sobre el tapete así las cosas, imagine usted mi asombro cuando al principio de la vacunación, donde había un riguroso protocolo para inocularse (primero los profesionales de los servicios esenciales, luego los mayores, etc.), me enteré de que un alto cargo político, que estaba varios puestos por detrás en la lista, había tenido la osadía, motu proprio, de vacunarse. Confieso que ante la incertidumbre que había en esos momentos este acto supremo de sacrifico humano me tranquilizó. A fin de cuentas teníamos aquí una suerte de mártir de laboratorio, un redivivo Axilo al que poder seguirle la pista tras su voluntario pinchazo durante los meses que transcurrieran hasta que nos tocara a nosotros salir al paredón, pues no en vano era un personaje público que se mostraba a diario en la tele narrando las medidas que su gobierno regional se esmeraba en aplicar para frenar la pandemia. Teníamos aquí la posibilidad de poder escrutar la evolución de su aspecto que nos permitiera descubrir alguna evidencia perniciosa de esos «efectos colaterales» derivados del tratamiento: quizás una sospechosa coloración verdosa en su piel, la aparición de algún miembro extra en su organismo, el cambio de color en el iris de sus ojos, o cualesquiera de los signos que pudieran revelar una clara y perniciosa mutación genética. Cuando indagué más sobre aquel valiente, y descubrí que no era en modo alguno un donnadie, sino un reputado cirujano que había dejado el bisturí para hacer política sanitaria, mi sensación de asombro se transformó en admiración, porque este, pensé, debe saber mejor que nadie de qué va este asunto «vacunatorio». Pero no debieron pensar lo mismo sus adversarios políticos, y esta buena impresión hacia él y a la cohorte de funcionarios que también eligieron el mismo camino se desvaneció cuando al poco apareció una noticia protagonizada por una individua perteneciente a esa casta de nuevos inquisidores políticos, de los que no debería fiarse ninguna formación de las llamadas «tradicionales, que salía a la palestra de los «medios de incomunicación» pidiendo la cabeza del alto mandatario aduciendo que se había colado varios puestos en la fila, o sea, en el protocolo de vacunación. Ojo, y eso a sabiendas de que muchos doctores, catedráticos y profesionales de los servicios sanitarios, que son los primeros que van en la lista, están declinando vacunarse porque no se fían lo más mínimo de las consecuencias de semejante pinchazo, por las razones expuestas anteriormente. Lo más sorprendente de este enojoso asunto no es que la dimisión la pidiera la oposición, como sería de esperar, sino una «miembra» de su propio gobierno. Casi ná. Menudo ojo clínico. ¡Vaya socios que se echan estos…! No me extraña que el susodicho galeno dimitiera con lágrimas en los ojos. A mí también me dieron ganas de llorar de lo estúpidos que podemos llegar a ser retorciendo las cosas. Estos socios, los «veletas», son de la misma formación política que le dieron aquella soberana puñalada trapera al último gobierno estable que tuvimos, y los que, con el argumento de acabar con el bipartidismo, propiciaron la estupenda cromaticidad política que nos desgobierna hoy. Pues bien, emulando aquella memorable ocasión, la interesada diputada decidió hacer lo mismo aquí contra sus socios de gobierno, interponiendo una moción de censura con premeditación, alevosía y festividad (se registró un viernes y la moción se resolvía el lunes). La astucia del presidente, al que ya todos daban por muerto, políticamente hablando, fue cesar de un plumazo de todos sus cargos a la susodicha y dejarla fuera de la conjura. Descabezada así la trama, los que se presumía que iban a apoyarla se relajaron en sus butacas del parlamento regional y la moción de censura se fue al garete.

Pero si acaso piensa usted, gentil leyente, que esta es la culminación de la idiocia se equivoca. Tenga un poco más de paciencia y lea, que ahora viene lo mejor. Como supongo que sabrá, en muchos países de Europa también están vacunando a la peña. Dicen que este tipo de vacuna, igual a la nuestra, sintetizada a prisa y corriendo, es tan inestable que hay que conservarla en un contenedor criogénico, a un porrón de grados bajo cero, para que no se descomponga, aunque se saca del frigo unas horas antes y se administra a temperatura ambiente, faltaría más. Cuando se recibe una determinada remesa de vacunas en un hospital para pinchar a un número concreto de personas y se da la circunstancia de que sobran, porque, repito, hay gente que, a pesar de no ser antivacunas, no se fía lo más mínimo de ellas, las que se han sacado del congelador ya no se pueden volver a congelar (ya sabe usted eso de conservar la cadena del frío): o las pinchas de inmediato o las tiras a la basura. En muchos países de Europa, como digo, en estos casos se recurre a ofrecer estas vacunas sobrantes a gente que saben que son rápidamente localizables para su inmediata administración. Muchos profesionales que están de guardia son servicios esenciales en la lucha contra el Covid, porque se enfrentan a él cada dos por tres: policías, servicios de protección civil y… bomberos. Estos servidores públicos, a diferencia de la gente corriente, se les puede localizar fácilmente en sus destinos profesionales, con lo que se les puede inocular en su trabajo y no hay que perder un precioso tiempo en llamar a una víctima desconocida y esperar pacientemente a que aparezca por el centro sanitario antes de que se eche a perder el vial.

Pues bien. Teoricemos acerca de que esto mismo pasara aquí en España. A fin de cuentas somos también Europa, ¿no? Póngase usted en el pellejo de un gerente del área de salud de una Comunidad Autónoma, la cual ha recibido un número determinado de viales y que, tras las oportunas inyecciones, han sobrado, pongamos por caso, 30. Entonces, antes de tirarlas al contenedor de los residuos sanitarios, en un ejercicio de buena fe y de eficiente gestión de unos recursos que no son nada baratos, llama al jefe de bomberos, al de la policía local y al de protección civil de la zona y les ofrece la posibilidad de que su personal de guardia se pueda vacunar. Oído esto así, a bote pronto, no es de extrañar que sean bastantes las cobayas humanas que se presten a ello, aunque también habrán algunos otros que, por motivos varios, declinarán el generoso ofrecimiento. Pues bien, ahora viene lo bueno. Imagine usted ahora que este hecho excepcional, discreto y justificado saliera a la luz pública gracias a la acción de un cretino, indigno representante sindical («comegambas», o no, esto no es especialmente relevante ahora) de uno de esos colectivos, y que, motu proprio, decide meterse en esta ocasión a político. Así que va el tío y exige por registro a las más altas instancias de su organización la responsabilidad (y subrepticiamente también la dimisión) de aquel que ha permitido que estos funcionarios hayan sido vacunados, saltándose el referido protocolo. Puestas así las cosas, no se hace de rogar el oportunismo político y, a semejanza de lo que le ocurrió a nuestro valiente político, dimite el consejero correspondiente y cesa junto a él el gerente del organismo de emergencias en cuestión.

Y su fechoría no solo queda limitada a un cambio de cromos políticos, sino que con su estúpida actitud propicia tan mal rollo entre muchos de sus compañeros que da pie a que algunos tachen de «insolidarios y poco éticos» a los vacunados. De donde se desprende fácilmente que para este sandio hubiera sido preferible tirar los viales a que se aprovecharan. Realmente esta cainita actitud no es tan extraordinaria entre nosotros. Tenemos en España numerosos ejemplos que reflejan esta peculiar idiosincrasia nuestra. De todos es sabido que los regidores de cierta Comunidad Autónoma bendecida por un caudaloso río permiten que se vierta gran parte de sus aguas al mar, mientras que otras, donde no lleve casi nunca, se mueren literalmente de sed. Alguien con este fabuloso recurso hídrico en sus manos y con dos dedos de frente podría plantear un trasvase entre ambas cuencas que haría más rica, económicamente hablando, a la donadora, porque las receptoras se la pagarían a precio de oro, y así, de paso, se evitaría el lamentable desperdicio de tan escaso bien esencial. Pero no, aduciendo peregrinas razones de protección animalesca, sus regidores prefieren desaprovechar esta valiosa fuente de ingresos y dejar correr esta agua al mar antes de que pueda beneficiar a otro, tal y como el mentado caso de las vacunas. Con la peculiar sabiduría popular que nos caracteriza, materializada en nuestros numerosos refranes, el susodicho diría para sus adentros: «Que yo me quede tuerto si dejo ciego al vecino».

Forjando España.

Jose Antonio Marin Ayala

Nací en Cieza (Murcia), en 1960. Escogí por profesión la bombería hace ya 37 años. Actualmente desempeño mi labor profesional como sargento jefe de bomberos en uno de los parques del Consorcio de Extinción de Incendios y Salvamento de la Región de Murcia. Cursé estudios de Química en la Universidad de Murcia, sin llegar a terminarlos. Soy autor del libro "De mayor quiero ser bombero", editado por Ediciones Rosetta. En colaboración con otros autores he escrito otros manuales, guías operativas y diversos artículos técnicos en revistas especializadas relacionadas con la seguridad y los bomberos. Participo también en actividades formativas para bomberos
como instructor.

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