“He oído hablar bien de ti, creía que estabas muerto…”. Por Francisco Gómez Valencia

El pasaje de la antigua churrería

 

“He oído hablar bien de ti, creía que estabas muerto…”. Esta lapidaria frase me la dedicó ayer un conocido al que hacía bastante tiempo que no veía y si no supiera de que pie cojeaba seguramente lo habría contestado algo así como: “tu sí que hueles a muerto, desgraciao”, sin embargo le di un abrazo -pese al “sobacazo infernal que llevaba puesto el mi pobre”-, con palmadita incluida de las que suenan a hueco. De hecho al percibir el hueco, le replique con un: “Ostras macho que mal suenas”, y nos empezamos a reír sin saber por qué. Se reía diferente…

Echando la memoria atrás creo que no lo veía desde antes de la pandemia y recuerdo además que fue en el pasaje de la antigua churrería, seguramente otro jueves por la tarde. Nuestras vidas siempre fueron por diferentes derroteros pese a no vivir muy lejos. Siempre que coincidíamos nos parábamos a comentar los goles del Madrid, las cosas de los niños, los temas de sus padres a los que conocía bien y en general la vida de clase media en sí misma, que no es poco. Sin embargo el azar -que no el azahar, como decía un jefe que tuve muy listo-, nos volvió a encontrar ¡Maldita mí suerte…!

Recuerdo que en plan de broma siempre me decía que: “el acto de echar La Primitiva los jueves, forja a los hombres de bien”, sin embargo esta vez no nos encontramos donde el difunto David, como era lo previsible al estar a dos pasos, sino en la otra punta del barrio, como a un kilómetro de donde toda la vida, sencillamente porque los hombres racionales creemos que el nuevo lotero es gafe porque sencillamente la suerte no va por barrios -en este caso por calles- y él, definitivamente es gafe y además su máquina me tiene manía.

Al entrar en materia y para ver el motivo que nos hizo coincidir, comenzamos a indagar sobre las apuestas que semanalmente realizamos, entregando lúdicamente de manera enfermiza unos eurillos al Estado con la esperanza de que este nos retire de la agradable rutina diaria. Coincidimos en que hay un grandioso bote en el euromillones y la codicia nos mueve y arrastra como zombis -en sentido figurado-, aunque debo reconocer que él lo parece más que yo con diferencia. No sé, lo encuentro raro….

La cantidad bestial de millones de euros nos hace soñar sobre cómo lo gastaríamos y/o invertiríamos mostrando nuestra versión más materialista y mercantilista obviando la caridad, pues son tiempos muy duros y más viendo que hoy estás tan tranquilo y mañana un volcán entra en erupción y se te lleva la casa -“Cosas veredes Sancho”-.

La conversación degenera rápidamente, realmente es del género memo pues rozamos lo absurdo, con risas flojas de esas que hacen sospechar que si lo llegamos a saber con haber modificado cualquier acto llevado a cabo durante el día, probablemente no hubiéramos coincidido y nos hubiéramos evitado el grotesco encontronazo. Sin embargo al preguntar por su madre se produce la siguiente situación que paso a relatar todavía con incredulidad, dado el desenlace. Va y me dice “el prenda”: “La nueva normalidad significa no saber de qué se mueren los amigos o familiares”. “Vaya”, -contesto compungido, pues solo le quedaba su madre y la conocía desde que era niño-, ¿Y cuando falleció? -pregunto-, ¿Quién? -me contesta…- ¡Coño pues tu madre…! ¿No me acabas de decir que se te ha muerto? ¿Mi madre?, -me replica mosqueado…- ¡PERO VAMOS A VER,TU MADRE ESTA VIVA O ESTÁ MUERTA? -le digo levantando el tono un pelín igual hasta de forma algo maleducada…- ¿Mi madre?…, ¡SI TU MADRE…, “COhONES”!

Mi madre está ahí al lado en la frutería comprando unos kiwis porque va muy mal al baño –me dice con cierta congoja-. Se come dos por la mañana en el desayuno ¿sabes? Es que la viene muy bien para ir de vientre…, y ahí sigue con sus cosas. Está muy mal con esto de estar encerrados en casa todo el día y eso… ¿Pero que pasa que no curras o qué…? -le pregunto un tanto mosqueado ya que la absurdez de la conversación roza lo obsceno-. No, me contesta… ¿Y la mujer y los niños…? -y no me contesta-.

“Para el carro que aquí pasa algo…” -pienso para mis adentros mientras reculo un poco y lo echo un vistazo así como de abajo a arriba sin disimular lo más mínimo-. Pantalón corto con zapatos tipo mocasín con calcetines tobilleros, acompañados de una camiseta blanca de tirantes -estilo obrero antes de llegar el socialismo-. ¿Tú no estás bien verdad? -el tío era de los de traje hasta en agosto porque trabajaba en un banco… ¿Yo? -me contesta, a la par que llega su madre con los dichosos kiwis para ir bien de vientre, echándose unos metros hacia atrás-. Qué tal, cuanto tiempo sin vernos…, hola hijo, cuanto tiempo, ¿Qué tal estás? -bien la contesto categóricamente- ¿Todos bien? -me vuelve a preguntar-, todos bien gracias a Dios -la vuelvo a contestar-, entonces bien entonces… – me vuelve a repetir mientras se cambia de mano la bolsa para cogerme la mía-. Que si mujer que estamos todos bien -la repito por tercera vez, ya algo preocupado pues que yo sepa, oír lo que se dice oír, oía bien-. Aun así la correspondo y aprieto cariñosamente también su mano mientras con la otra la acaricio el otro brazo y pregunto…

¿Le pasa algo a Luis, que lo noto raro? Esquizofrenia, y rompe a llorar.

Sigamos aplaudiendo…

Francisco G. Valencia

Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid en 1994 por lo tanto, Politólogo de profesión. Colaboro como Analista Político en medios radiofónicos y como Articulista de Opinión Política en diversos medios de prensa digital. De ideología caótica aunque siempre inclinado a la diestra con tintes de católico cultural poco comprometido, siento especialmente como España se descompone ante mis ojos sin poder hacer nada y me rebelo ante mí mismo y me arranco a escribir y a hablar donde puedo y me dejan tratando de explicar de una forma fácil y pragmática porque suceden las cosas y como deberíamos cambiar, para frenar el desastre según lo aprendido históricamente gracias a la Ciencia Política... Aspirante a disidente profesional, incluso displicente y apático a veces ante la perfección demostrada por los demás. Ausente de empatía con la mala educación y la incultura mediática premeditada como forma de ejercer el poder, ante la cual práctico la pedagogía inductiva, en vez de el convencimiento deductivo para llegar al meollo del asunto, que es simple y llanamente hacer que no nos demos cuenta de nuestra absoluta idiotez, mientras que la aceptamos con resignación.

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