Obra de tal modo que trates a la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin y nunca solamente como un medio.
Immanuel Kant
La integridad es hacer lo correcto incluso cuando nadie te está mirando.
C.S. Lewis

«Una civilización se derrumba cuando se traiciona a sí misma y deja de distinguir entre lo correcto y lo incorrecto, entre la excelencia y la mediocridad, entre la verdad y la mentira»
Cuando se usa en plural, el término valores evoca preocupaciones económicas que no son pocas. El efecto de la imparable subida de precios afecta a nuestras finanzas personales, a pesar de que las terrazas mantengan la ilusión de una normalidad pasada, de épocas de festejos continuos, antes del colapso de 2008. Además, esta misma palabra pone a prueba la fortaleza de los soldados, su disciplina y su disposición al sacrificio en el marco de la guerra, en los numerosos conflictos que, lamentablemente, asolan nuestro mundo. Y, por supuesto, los valores humanos representan igualmente una frontera objeto de asalto continuo. Son la clave que abre la puerta hacia una transformación que nos aleje de lo que fuimos, tanto de lo bueno como de lo malo. Del efímero pasado, no deberíamos temer ya, pues sus acontecimientos, aciertos y errores nos han dejado una lección aprendida. Pese a esas enseñanzas, sin embargo, vislumbramos un futuro incierto y preocupante bajo la apariencia de un edén superficial. Un presente continuo en el que nada importa, el hoy sin perspectiva ni proyecto. Un borrón y cuenta nueva cada día, alimentado por influencers carismáticos vacíos, sin filosofía, sin otra preocupación más allá que la de mostrar el último haul como símbolo de la externalización del yo, reducido a pura apariencia [1].
¿En qué han quedado la política y sus valores, dónde residen? ¿Existe alguna noble causa en la que se enfoquen? Solo basta con observar lo que ocurre en el ámbito nacional —el despliegue de informes sobre la corrupción galopante [2], una verdadera gangrena que pone en peligro la supervivencia de España como nación—, y también en Europa [3] —otrora cuna de la civilización—, para notar cómo se ha logrado aturdir a la ciudadanía de tal manera que se valida la ausencia de respuesta. La confianza en quienes deberían mostrar firmeza —acaso esperanza— y dar un giro valiente, un golpe definitivo en la mesa, se ha dinamitado. El papel del liderazgo se ha reducido a unas pocas palabras convenientes, pronunciadas, eso sí, en tono solemne, como si tal acción fuese custodia de la verdad. Pero ¿dónde se halla la verdad, que, oculta tras intereses partidistas o individuales, se nos escamotea?
¿Y qué decir de la devaluación de las formas, de las expresiones culturales que todo lo abarcan? Frente al talento genuino, cada vez más escaso, afloran los peores sentimientos y la chabacanería. Los envidiosos se jalean y aplauden entre sí, devolviendo mohínes desdeñosos y descalificativos a la genialidad palpable, cuando son incapaces de cualquier aproximación inteligente. El éxito ya no se mide por la calidad, sino por el número de seguidores, o del público que abarrota y corea un sinsentido balbuceante tras otro [4].
Quizás por ello convenga volver a preguntarnos qué entendemos por valores. Está claro que no lo son la corrupción normalizada, la política convertida en espectáculo, el éxito desligado del mérito, la exhibición constante del yo, ni la incapacidad para reconocer la excelencia… Todos ellos son manifestaciones de una misma enfermedad. Los auténticos, ni cotizan en los mercados, ni se retuercen en los discursos ceremoniales. Orientan la conducta cuando desaparecen los focos y el aplauso. Traen de vuelta la honestidad, la responsabilidad, la lealtad a la verdad, el respeto al otro, la capacidad para reconocer el mérito ajeno o para asumir las propias culpas. No son reliquias de otro tiempo. Son los cimientos sobre los que se sustenta cualquier comunidad que aspire a perdurar.
Una sociedad confusa que hace borrón y cuenta nueva se pierde, se condena a la irrelevancia. Una sociedad que se regocija en el ruido y la apariencia, en la ausencia de reacción, apunta a un destino dudoso —quizás merecido— por su pereza. La cuestión no es si la sociedad cambia. Siempre lo ha hecho. La cuestión radica en qué estamos dispuestos a conservar mientras cambia. Porque una civilización no se derrumba al abandonar ciertas costumbres, sino cuando se falsea, se traiciona a sí misma a sabiendas, y deja de distinguir entre lo correcto y lo incorrecto, entre la excelencia y la mediocridad, entre la verdad y la mentira.
Como escribió Kant, debemos tratar a la humanidad siempre como un fin y nunca solamente como un medio. Sin embargo, la nuestra es una época que contraría y pervierte tales intenciones, en la que con demasiada frecuencia se mercantiliza a las personas; se convierten en datos o cifras, audiencias, votantes cautivos, consumidores… o simples instrumentos al servicio de intereses que rara vez se presentan de manera transparente. De una forma u otra, todos hemos contribuido a esta degradación tangible. La cuestión es por qué razón hemos cooperado en un proceso cuya evolución nos arrastra a una sima. Por qué hemos justificado la decadencia, su avance, con excusas y narrativas oportunistas. Tal vez el verdadero desafío de nuestro tiempo consista precisamente en preservar aquellos ideales que permiten a los individuos vivir con dignidad y a las sociedades permanecer unidas. Sin ellos, solo queda el ruido. Con ellos, todavía es posible construir un futuro que realmente merezca ser llamado así.
NOTAS______
[1] Más que oportunas son las palabras de Jesús Quintero que ilustran esta publicación de @Misifu72:
https://x.com/Misifu72/status/2062113473509601361?s=20
[2] Agota y hastía, a partes iguales, la acumulación de “presuntos” hechos delictivos, muchos de los cuales se hallan aún bajo investigación:
[3] El Comercio
[4] Bad Bunny convierte Madrid en un baile inolvidable en el inicio de su residencia en el Metropolitano

