Tontos de serie. Por Francisco Gómez Valencia

Haga terapia y comience riéndose de usted mismo. Tontos de serie

Abundio es el calificativo comparativo utilizado para describir el mayor grado de tontuna detectado en estos tontos de serie”

 

El famoso dicho: “en España hay más tontos que botellines” se nos queda corto, señoras y señores. De hecho últimamente los tontos se nos caen por los bordes porque ya no caben. Sería injusto que acotáramos esta categoría, de hecho debería ser hasta delito. Los hay de diferentes tipos dentro de la denominación de origen que abunda en nuestro territorio. De hecho Abundio es el calificativo comparativo utilizado para describir el mayor grado de tontuna detectado en estos seres que nos acosan sin piedad fruto del desparpajo que genera su absurdez.

¿Quién no conoce a un tonto de serie? Desgraciadamente creo que todos y es especialmente importante diferenciar esta percepción de la persona al hecho de estar atontado ya que no es lo mismo. Este último puede estarlo de forma transitoria o definitiva y seguramente existirá un motivo que le haya causado o que le cause dicho estado. Sin embargo, el que desde su nacimiento está marcado o tocado de forma casi divina por la barita de la tontería, lo hace parecer un ser especial digno de estudio y hasta de la crítica, si me apuran más cruel.

El tonto hace daño por sí mismo solo con su existencia pues te deja en entredicho, te saca de tus casillas, te deja en ridículo, te produce vergüenza ajena, te entretiene en exceso, te persigue porque quiere ser tu amigo, te habla sin parar de estupideces, te condiciona cualquier tipo de relación humana ya sea comercial, empresarial, política y por supuesto las personales. Lo puedes tener de compañero en el trabajo, de jefe, de colaborador, de vecino, de cuñado, de cliente, de abogado, de vocal en tu portal o presidente de la comunidad. Lo puede ser por ponerles un ejemplo reciente, el típico albañil que llega a tu casa para taparte el agujero que te ha hecho en la pared del salón el vecino “colgao” con su taladradora. Y mientras se pasa la hora de rigor, habla y habla y te cuenta sus problemas laborales, sus amoríos, divorcios y demás penas maritales, sus problemas con el tráfico, la compañía del seguro que le da trabajo o el Ayuntamiento porque le multaron en el confinamiento con el agravio de que él era personal básico con derecho a la movilidad. Y te lo cuenta además como si te conociera desde siempre mientras malgasta yeso y te mancha el suelo en exceso, sencillamente porque tiene que tardar el tiempo mínimo para poder facturar y además se va sin firmar el parte y le tienes que volver a ver la cara de tonto otra vez cuando vuelve a las dos horas desde la otra punta de la ciudad y además, mientras culpabiliza a la aplicación para firmarle en su móvil, te pide permiso para entrar a realizar sus necesidades menores en tu baño pidiéndote a gritos un vaso de agua.

El tonto de serie generalmente se afana por agradar y eso le marca como cansino pues el agrado a veces se transmite simplemente no molestando, pero eso mismo el tonto de serie no lo entiende y condiciona a los demás con su verborrea indigente llena de tópicos distópicos que lo hacen ser más indeseable llegado el caso, de hecho condiciona nuestra conducta provocándonos un estado de sorpresa inimaginable antes de compartir con él. Podríamos caer en el error de tipificar el grado de tontuna por lo indeseables que puedan resultar las tonterías del tonto de serie ya que estos generalmente son buenas personas: vivir en estado gaseoso las veinticuatro horas del día tampoco debe ser fácil salvo que como parece, lo hagan sin darse cuenta.

Y llegado a este momento alguien podrá pensar… “Pues vaya articulo más tonto”, o: “el autor seguramente será un tonto del haba o del bote”, y quizás tenga razón porque es usted el que estaría perdiendo su tiempo leyendo mi verborrea infame. Sin embargo, si llegados a estos términos usted está de acuerdo conmigo y considera que el tiempo dedicado a la lectura ha sido invertido y no malgastado, sin duda permítame que lo felicite pues se estará haciendo bien a si mismo simplemente por el hecho de obligarse a leer.

El otro día leía un artículo de alguien que me sorprendió y felicité por ello. Hablaba y hablaba del cambio de estación y demás ocurrencias muy bien desarrolladas, para finalizar diciendo que un buen articulo es como una capa castellana, pues te protege del fresco que comienza a hacer en estos días sin generar demasiado calor, a lo que de buena voluntad le contesté que escribir bien, mal o regular depende lógicamente de la capacidad de cada cual y que yo por ejemplo, en vez de capa castellana hubiera escrito sopa castellana, pues qué mejor que sentir la sensación de calorcito por dentro como “el dicho de la gitana” pero bueno, el escribe en el “ABC” y yo en “La Paseata” de Don Manuel a la que sin duda hacemos un gran bien no solo leyendo su revista, sino compartiendo los artículos que tan ricamente nos edita a los tuercebotas que en ella participamos…

***

Por cierto, el tonto del “ABC” ni a contestar se precia,

pues de casta le viene al galgo ser promotor y desprecia.

Cada cual a sus problemas, que yo distingo mi aprecio,

por eso yo ya si eso con Don Manuel, que no tiene precio.

Francisco G. Valencia

Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid en 1994 por lo tanto, Politólogo de profesión. Colaboro como Analista Político en medios radiofónicos y como Articulista de Opinión Política en diversos medios de prensa digital. De ideología caótica aunque siempre inclinado a la diestra con tintes de católico cultural poco comprometido, siento especialmente como España se descompone ante mis ojos sin poder hacer nada y me rebelo ante mí mismo y me arranco a escribir y a hablar donde puedo y me dejan tratando de explicar de una forma fácil y pragmática porque suceden las cosas y como deberíamos cambiar, para frenar el desastre según lo aprendido históricamente gracias a la Ciencia Política... Aspirante a disidente profesional, incluso displicente y apático a veces ante la perfección demostrada por los demás. Ausente de empatía con la mala educación y la incultura mediática premeditada como forma de ejercer el poder, ante la cual práctico la pedagogía inductiva, en vez de el convencimiento deductivo para llegar al meollo del asunto, que es simple y llanamente hacer que no nos demos cuenta de nuestra absoluta idiotez, mientras que la aceptamos con resignación.

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