Covid-19 y la Doctrina del Shock. Por Luis Fernández Aires

COVID-19 y la Doctrina del Shock.

¿Cuál es el umbral de lo tolerable? ¿De qué forma nos impactan los acontecimientos extremos y nos hacen manipulables? ¿Por qué admitimos, en situaciones de pánico, medidas que serían inaceptables en condiciones normales?

 

En el año 2007 veía la luz un ensayo, elaborado meticulosamente por la periodista canadiense Naomi Klein, y titulado “Doctrina del Shock. El capitalismo del desastre”; que desarrollaba una amplia crítica del sistema económico liberal desde un punto de vista sociológico, vinculando el impacto psicológico de los desastres naturales con la implementación de medidas impopulares en favor de élites económicas.

La tesis de Klein es la siguiente: acontecimientos como la guerra de las Malvinas (1982), el atentado del 11 de Septiembre (2001), o la catástrofe del huracán Katrina (2005), han generado situaciones de conmoción, miedo y confusión que han sido aprovechadas por los gobiernos para introducir medidas impopulares en favor de los intereses de los agentes económicos dominantes. Es decir, las autoridades se sirven del miedo generalizado ante las catástrofes para implementar medidas contrarias a la mayoría; esto es la doctrina del shock.

Lo que a priori puede parecer una teoría de la conspiración con ínfulas de “best-seller”, un “totum revolutum” que entremezcla elementos de diferentes ámbitos para buscar argumentos que fundamenten conclusiones previamente determinadas, es en realidad una apreciación sociológica muy importante que cada día se demuestra más cierta.

Pensemos por ejemplo, en algo muy reciente y que ha impactado a todo el planeta: la pandemia COVID-19 desde sus inicios hasta hoy. Antes de la pandemia, en enero de 2020 por ejemplo, cualquier empresario consideraría inaceptable cerrar su negocio de forma indefinida, reducir el aforo de su establecimiento o limitar su horario comercial, así como cualquier ciudadano consideraría intolerable que le prohibiesen salir a la calle, acudir a su trabajo, o visitar a sus familiares hospitalizados. Sin embargo, una vez que sucede la catástrofe, una vez que el mundo entero está sumido en el miedo que genera una nueva enfermedad mortal y desconocida; comienza el comportamiento de rebaño y el individuo pierde su capacidad crítica. El gobierno adopta medidas extremas, totalmente impopulares (en el caso de España en forma de Reales Decretos, sin solicitar siquiera el respaldo de la oposición) bajo el paraguas de la defensa de la salud pública. Aquello que se oponen a dichas medidas, que antes serían la voz del sentido común, son ahora la disidencia, el enemigo de una mayoría que opera impulsada por el miedo, se convierten en “negacionistas”.

Todas las leyes, todos los derechos antes reconocidos y fervientemente defendidos, todo aquello consagrado en la Constitución (libre circulación, libertad de empresa, derecho de reunión, etc) parece superfluo en una situación de pandemia. Incluso el control parlamentario (esencial en una democracia sana) parece irrelevante en un momento en que los informativos se abren con la cifra diaria de muertes (lo que por otra parte es cuestionable si se atiende a que, en 2020, el número total de muertos fue de 492.000, cifra muy similar a la del año 2018: 427.000, o el año 2015: 422.000, [datos del INE redondeados a la unidad de millar].

Mientras el ciudadano se pierde en una cúmulo descontrolado de informaciones contradictorias (infodemia) que le sume en la confusión, el gobierno aprovecha para aumentar su control, limitar los derechos y dirigir la economía. Incluso medidas tan impopulares como obligar a cubrirse la cara (las mascarillas), que limitan la expresividad y por ende la capacidad social del individuo, son aceptadas por la mayoría que se entrega como un rebaño al pastor que promete “defender del lobo”. El pastor (el gobierno) por contra, lo que hará será introducir paulatinamente un elenco de reformas que serían intolerables en situación de normalidad. Por ejemplo, aprovechar la situación de pandemia COVID-19 para digitaliza la administración (antes sería inaceptable que un organismo se negase a la atención presencial, ahora es lo común) o eliminar progresivamente el dinero en efectivo (que es la forma monetaria menos controlable a efectos tributarios).

Cualquier medida, por rara (prohibir bailar) o antinatural que sea (prohibir visitar a los familiares ancianos) es admitida porque, bajo la conmoción de un impacto traumático, el individuo es débil y se entrega a los designios de la autoridad en busca de poner fin a la catástrofe. En un entorno de pánico, en que además los medios de comunicación culpabilizan a los ciudadanos del desastre (ejemplo: la culpa no es del gobierno por dejar entrar la enfermedad y permitir su expansión en las fases iniciales, sino de los ciudadanos irresponsables que con su conducta ahora temeraria, antes normal, ponen en riesgo a los demás) cualquier oposición al poder, por razonable que sea, se muestra como una extensión de la catástrofe.

Es así que, como afirma Naomi Klein, los impactos traumáticos: las catástrofes naturales, las guerras, las crisis… hacen al individuo más vulnerable y menos crítico frente a las restricciones impuestas por el poder establecido. No se equivocaba la periodista canadiense, sin duda hay un vínculo entre el miedo y el desarrollo del control político, entre la confusión y el comportamiento de rebaño.

¿Hasta qué punto es productivo dejarnos domeñar? A esta pregunta deberá responder cada uno, de acuerdo con su propio carácter, y tendrá que decidir si prefiere la comodidad del esclavo o la responsabilidad del amo.

Luis F. Aires

Siempre inconformista; trato de buscar una perspectiva crítica de la actualidad que me sitúe fuera del pensamiento único, a veces lo consigo. Intento transmitir, ante todo, un impulso curioso que incite a la reflexión y al viaje filosófico. Me intereso por la política para no ser un idiota en el antiguo sentido griego de la palabra. ¿Cuál es el papel de un articulista en una sociedad líquida? No puede ser otro que “defender la alegría como una trinchera…”.

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