Las ocurrencias de Paco y Pepe en el día de la Hispanidad. Por José Antonio Marín Ayala

Las ocurrencias de Paco y Pepe en el día de la Hispanidad.

“Muchos han sido los que han pretendido aprovecharse del esfuerzo y del trabajo de los demás”

Desde que el ser humano sufriera el enésimo golpe de las fuerzas de la Naturaleza, materializado en forma de un pedrusco de grandes dimensiones venido allende los cielos, y por el subsiguiente cambio climático fuera obligado a abandonar, hace más 12000 años, su errabunda vida de cazador recolector, no le quedó entonces otra alternativa que abrazar el sedentarismo, momento en que surgió lo que llamamos civilización.

Desde esos momentos, concentrados primero en aldeas, y más tarde en ciudades amuralladas, muchos han sido los que han pretendido aprovecharse del esfuerzo y del trabajo de los demás. Los manipuladores sociales tuvieron que inventarse una jerarquía para poner un orden social basado en un Dios intangible al que solo unos pocos elegidos podían invocar y comunicarse, y con un legítimo representante celestial en la Tierra. Se forjó en diversos lugares códigos éticos que a los pueblos les sirvieron de guía para organizar el mundo que controlaban.

Otros, en cambio, llevaron hasta sus últimas consecuencias sus inventados postulados, lo que podríamos calificar de fanatismo religioso. Y algunos otros se pasaban literalmente por el forro de las narices cualquier tipo de convención social. Los pueblos más díscolos a pasar por el aro fueron sometidos, muchas veces con el pretexto religioso, haciendo uso de la fuerza bruta, dando lugar a los más variopintos enfrentamientos bélicos, de los que el siglo XX tiene en su haber los más globalizados. Pero la entrada en liza de las armas de destrucción masiva, en especial las nucleares, obligó a estos tipos a poner en práctica el concepto de pacifismo (por la cuenta que les traía).

“Una condición para que no haya ninguna señal de alarma social y que todo transcurra sin sobresaltos es que uno se trague las consignas políticas de la tele”

Los manipuladores de ahora, los plutócratas, se valen de la economía para someter a los estados y, por ende, a sus habitantes. Obteniendo una porción cada vez mayor de su soberanía nacional, estos multimillonarios prestan ingentes cantidades de dinero a países gobernados en muchas ocasiones por estúpidos, tipos que llegan al poder sin formación y sin más mérito que pegar carteles de su partido por las calles durante los periodos electorales. Y todo esto se hace a espaldas de la gente, que será, a la larga, la que pague el pato. Por eso, en este nuevo orden social debe imperar el buenismo, el ecologismo, la eutanasia, el aborto y los demás asuntos progresistas, para que las gentes asuman que estos conceptos también inventados son naturales y beneficiosos para la humanidad. Y una condición para que no haya ninguna señal de alarma social y que todo transcurra sin sobresaltos en esta Sociedad del Sofá, con comida y bebida a manta, es que uno se trague, sorbito a sorbito, las consignas políticas de la tele junto a entretenimientos varios (futboleros y de otra índole) adobados por contertulios televisivos convertidos de repente en expertos de todo: del Covid, del lenguaje inclusivo, de la menstruación, de cómo contener la lava del Cumbre Vieja y de la madre que los parió. Quizá sea esa una de las razones de que la gente no se cultive. ¡Para qué, si se tiene todo lo que se desea sin esfuerzo alguno!

Pensar y tener una opinión propia han sido siempre dos peligros potenciales para las élites gobernantes, en la edad antigua y en la moderna, pues genera movimientos subversivos contra lo establecido por ellos. Hemos relajado tanto nuestros mecanismos de alerta, los propios de una especie animal, que hemos confiado en demasía en unos tipos que no han cambiado a lo largo de los tiempos en su empeño de dominar a los demás, y ahora más que nunca, a todo el mundo. Pero poco se puede hacer, porque el que debiera ser canalizador de esa alarma social, los «medios de incomunicación», parecen estar al servicio de este dominio global, amancebados hasta las trancas con generosas subvenciones. Son ellos los que, en definitiva, permiten a la mano que mueve con el cucharón el puchero que todos, como dice el gran Jorge Rueda, nos hirvamos lentamente en la olla como inocentes y sumisas ranas.

“No es de extrañar que corran malos tiempos para la inocencia, ni tan siquiera para la decencia”

Así que con estos oscuros antecedentes, gentil leyente, no es de extrañar que corran malos tiempos para la inocencia, ni tan siquiera para la decencia, rodeados como estamos de la fatua basura intelectual que desatan a diario los políticos. Con haber ya de sobra bastante material putrefacto con que enredarse en un artículo pintando la abstrusa realidad política, plagada de estupideces varias por parte de ninistros, ninistras y ninistres, resulta que vienen ahora dos abuelas allende los mares…y paren. Y sustento esta afirmación porque a esa pléyade de sandios que salen a pasear sus ocurrencias a diario en la tele, o en las «redes antisociales», habría que sumarle al elenco de personajes que salen al escenario de la comedia de la vida dos muy importantes, a cual más dispares, pero cortados por una ideología común. Uno representa el poder omnímodo de un superestado en la Tierra, una superpotencia que otrora gozó del respeto del mundo como defensora de las libertades; el otro simboliza la tramitación de nuestra salvación eterna, antaño paladín de los piadosos cristianos donde su palabra era amén y faro para alumbrar el tortuoso camino por la vida de la humanidad.

Y uno de estos dos que merecería estar en el «altar de la ignominia» es Jorge Mario Bergoglio, más conocido entre el pueblo por el Papa Francisco, y más coloquialmente entre nosotros como Paco. Este papa comunista de guante blanco (suyas son, entre otros postulados marxistas, perlas como que «los sindicatos expresan el perfil profético de una sociedad pues, como los profetas, dan voz a los que no la tienen y protegen»; o, refiriéndose a los empresarios, que «su verdadera vocación es producir riqueza para el servicio de todos, y que al hablar de propiedad privada no debemos olvidar que es un derecho secundario») venido de la pampa argentina, de orígenes italianos y poco dispuesto a combatir la Leyenda Negra Española (hay que ver lo poco que se parece a su paisano, el ilustre hispanista Marcelo Gullo Omodeo), goza de una mala hostia que se la pisa. Se le ha podido ver en alguna que otra ocasión algún desliz en este sentido, como cuando le propinó un sonoro manotazo a una de sus devotas seguidoras cuando se disponía a comprobar si era insustancial o de carne y hueso el representante del Altísimo en la Tierra (me recuerda bastante este hecho a aquella memorable anécdota de Fernán Gómez dándole las gracias a aquel admirador suyo).

“Su santidad tiene una lengua viperina que dice bien poco de lo que cabría esperar de su santo pontificado”

Pues como decía, además de este deleznable atributo humano, su santidad tiene una lengua viperina que dice bien poco de lo que cabría esperar de su santo pontificado. Y digo esto porque tras insistirle el bueno del Herrera, lo que no está escrito, durante una entrevista que le hizo sobre cuándo iba a tener el pueblo español el gozo de ver a su Santidad por fin en España, que el interpelado contestara malhumorado que si acaso alguna vez viniera a la península sería para ir a la Finis Terrae, ojo, a la Galia (terra incógnita con supurosos humores independentistas, como sufren nuestras Vascongadas y nuestro Condado Catalán), y en modo alguno como visita oficial a la Hispania, pues qué quiere que le diga, paciente leyente, que probablemente coincida conmigo en que en vez de recibir las hostias santificadas por él es como para pedirle a Dios que lo bendijera con dos de las otras, de las buenas, y con la palma bien abierta.

Pero esto no es todo. Suya es, en última instancia, la responsabilidad del comportamiento, más propio de un político que de un siervo de Dios, de aquel obispo de Solsona, el tal Xavier Norvell, cuando su santidad le permitió, impunemente y sin mesura, durante años largar a su antojo en sus homilías sobre las bonanzas que de todo género la independencia les traería a sus fieles. Afortunadamente, este clerical espécimen ya no ejerce; y no porque lo hubiera destituido el Sumo Pontífice, no, parece ser que tuvo una recaída espiritual fruto del perdido enamoramiento hacia una treintañera y eso hizo que trocara sus votos espirituales por otros más… mundanos.

Pero lo que ha acabado de colmar el vaso de mi paciencia es que este papa, al que a veces encuentro un tanto desalmado, es que hable en nombre de quien no es de su incumbencia: del pueblo español (soberano todavía, aunque sea solo sobre el papel). Si el Sumo Pontífice quiere reírle las gracias a un descendiente de indiano como lo es AMLO (hay que recordar que su abuelo era asturiano), más próximo hoy a lo que sería un rufianesco charnego o maketo, hispanófobo e hispanobobo a partes iguales, empeñado como está en que España pida perdón por haber acabado con los caníbales aztecas, los cuales vivieron cinco siglos antes de que este individuo siquiera fuera un mísero proyecto humano, pues entonces habría que recordar al heredero del trono de san Pedro que antes debería hacer lo propio con asuntos que están pendientes de purificación espiritual desde hace mucho más tiempo.

Así que lo primero que le pediría un servidor al Papa Paco, en lo que concierne exclusivamente a Europa, es exigir hoy a la Alemania de la todavía primera ministra Merkel su cuota de culpa en las tropelías desatadas por sus ancestros; es decir, a todas esas variantes de godos habidas y por haber que acabaron con el Imperio Romano y sumieron a Europa en la oscura Edad Media.

“Y siguiendo la cronología de los acontecimientos debería suplicar ante el Altísimo la remisión de los pecados de la Iglesia, y flagelarse él”

Y siguiendo la cronología de los acontecimientos debería suplicar ante el Altísimo la remisión de los pecados de la Iglesia, y flagelarse él, motu proprio, con el cilicio purificador ante la vergonzosa «Donatio Constantin» con que la Iglesia se quedó (hurtó, sería un término más acertado) inmensos territorios que, tras la invasión de los bárbaros, pertenecieron al imperio de Oriente y Occidente; y todo urdido mediante una falsificación documental descarada y soez que debería sumir de vergüenza al estamento clerical.

Y también habría que exigirle la correspondiente responsabilidad por la macabra orden dada por otro de sus antecesores en el cargo, el «candoroso» Inocencio III, cuando el inquisidor Arnoldo Almarico le preguntó, durante el sitio de la ciudad francesa de Béziers, en julio de 1209, y en plena cruzada contra los albigenses (cristianos cuya única culpa fue la de ser críticos con el fasto y los desmanes que ya por entonces hacía gala la Iglesia Católica), que cómo haría por distinguir a los herejes cátaros de los sumisos al Papa. A lo que este bellaco, en un impecable latín, respondió: «Caedite eos. Novit enim Dominus qui sunt eius», traducción que todavía hoy me horroriza escribirla: «Mátalos a todos, que Dios distinguirá a los suyos».

Y de la misma manera habría que requerir al representante de la Iglesia el perdón por el sangriento golpe de mano dado por otro de sus antepasados, el papa Clemente V, que a pesar del nombre de bondadoso debía estar poco o nada adornado, cuando la tomó contra los Templarios, permitiendo la detención, tortura y asesinato de sus líderes a manos de las tropas del infame Guillaume de Nogaret; y tras la masacre de los que fueran los temidos soldados religiosos, los defensores de los Santos Lugares y también los poderosos banqueros medievales, se repartieron su inmensa fortuna, a partes iguales, la Iglesia y su mendaz colega real, Felipe el Hermoso (el franco, no el desdichado heredero hispano).

Y también deberíamos reclamar de él el perdón por la actitud sumisa y miserable del papa nazi Pío XII (que de pío debió tener lo que yo de guitarrista), que no quiso mover uno solo de sus rechonchos dedos cuajados de sortijones en defensa del pueblo judío durante el holocausto que contra ellos desató el genocida Hitler.

Cambiemos de tercio, que no de corrida, que ahora le toca el turno a la otra abuela.

Viene a ser algo ya habitual entre los de siempre, es decir, en aquellos que nos quieren a más no poder, lanzarnos un sórdido ataque cuando se ven amenazados. El espantajo de la Leyenda Negra Española sirve muy bien a ese propósito. Por ejemplo, cuando un polizonte yanqui blanco (da igual que tenga orígenes italianos, alemanes, ingleses u holandeses) cose a balazos a un negro la culpa la suelen tener, naturalmente,… los españoles. Los manipuladores de allí agitan a sus numerosos estúpidos esturreados por doquier y durante días se dedican a derribar estatuas de descubridores y fundadores de ciudades estadounidenses, tan españolas en su grafía y tan estúpidamente pronunciadas por ellos, como San Francisco, Florida, San Antonio, Los Ángeles, San Agustín, San Diego, San José, El Paso, California, Santa Fe, Albuquerque, San Luis, etc. El indigenismo se ha erigido (o mejor dicho, lo han bendecido nuestros pertinaces enemigos) en el nuevo capítulo de la hispanofobia.

Si la estupidez que campa en aquellos lares llegara a este lado del océano (que no dudo que alguna vez ocurra porque copiamos de allí lo que no está escrito), igual podríamos reclamar nosotros también el derecho a que nos pidan perdón los que otrora nos invadieron: griegos, fenicios, púnicos, suevos, alanos, vándalos, godos, visigodos, bereberes, vikingos, almorávides, almohades, ingleses y franceses.

Pero, siguiendo con la sorna, igual deberíamos exigir en particular de Italia el perdón por la desaparición de pueblos ancestrales que poblaron la Hispania antes de que las legiones romanas los exterminaran, como los elisices, sordones, ceretanos, airenosinos, andosinos, bergistanos, ausetanos, indigetes, castelanos, lacetanos, layetanos, cossetanos, ilergetas, iacetanos, suessetanos, sedetanos, ilercavones, edetanos, contestanos, oretanos, bastetanos o turdetanos, etc., solo por mentar una minúscula porción de tribus indígenas hispanas desaparecidas de la faz de la tierra, las que habitaban en la vertiente mediterránea, la más próspera en viandas vegetales y la turística por excelencia de sol y playa.

Claro que para celebrar con suficiencia esta disparatada onomástica habría que pasar por alto algunas cosas que la romanización aportó: como el derecho romano, que hizo posible la justicia; su avanzada tecnología, tan necesaria entonces para cosas tan cotidianas y necesarias como llevar el agua desde sus lejanas fuentes hasta las ciudades; las materias primas, que fueron imprescindibles para transformarlas en bienes de consumo; la adopción de su moneda, lo que facilitó el comercio exterior; así como también su sistema de unidades, lo que hizo que fuéramos más competitivos; igualmente importante debió ser la introducción progresiva del latín, pues con el tiempo se perfiló un idioma, el castellano, que es el segundo más extendido en el mundo; y, sobre todo, les debemos a aquellos invasores y conquistadores romanos habernos traído la paz, pues muchos de nuestros pueblos (al igual que les pasó a los americanos cuando los españoles pisaron el Nuevo Mundo) se aliaron con los conquistadores para acabar de una vez por todas con las guerras intestinas que mantenían entre ellos desde tiempos inmemoriales.

A diferencia de lo que ocurre en España, donde ya no queda vestigio alguno de los descendientes de aquellos pueblos desaparecidos, en los territorios que antaño fueron parte del Imperio Español en América se pueden ver en sus gentes las características fisiológicas de los ancestrales pueblos indígenas de los que descienden. Si, por ejemplo, cursa usted una visita al Perú podrá comprobar que la inmensa homogeneidad en la fisionomía de sus habitantes en nada se parece a la de un español de nuestros días. Ni tampoco hay similitud alguna entre un habitante de Méjico con uno de Guatemala, o El Salvador, Honduras, Nicaragua, Cuba, Jamaica, Haití, República Dominicana, Venezuela, Colombia, Ecuador, Bolivia, Argentina, Chile, Paraguay o Uruguay. Casi podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que poco o nada influyó el Imperio Español en mermar la diversidad racial que se encontró a su llegada al Nuevo Mundo. Más bien al contrario, las Leyes de Indias, redactadas ex profeso por los monarcas españoles, protegían especialmente a aquellas gentes que los descubridores hallaron allí.

“Allí apenas queda hoy un mísero 1% de las tribus que había antes del holocausto yanqui, lo que se traduce, en cifras, en el exterminio de 2 millones de indígenas”

Creo que resulta más que obvio que no se puede establecer comparación alguna entre esta variedad indígena que se puede observar hoy entre nuestros hermanos de sangre hispanoamericanos, que puede cifrarse hasta en un 95% de la población, en el caso de México, y entre un 70 y un 85% en el resto de países, con la que cabría esperar de la de ese gran país, en extensión y poderío (que no en virtudes) que gobierna el abuelo Joe (José para los hispanos y Pepe para los amigos) Biden, un declarado y consumado abortista norteamericano. Allí apenas queda hoy un mísero 1% de las tribus que había antes del holocausto yanqui, lo que se traduce, en cifras, en el exterminio de 2 millones de indígenas. Esto tuvo como contrapartida el traslado desde África de 4 millones de esclavos negros para levantar económicamente los nacientes Estados Unidos de América. Y la misma sanguinaria hecatombe a manos de los yanquis sufrieron las tribus de Canadá, con el genocidio de 400000 de sus aborígenes; y también en Guatemala, con 75000 víctimas. Junto a sus aliados ingleses, los norteamericanos perpetraron genocidios también en Australia, exterminando al 90% de su población, unas 630000 personas. En Filipinas, islas que pertenecieron antaño al Imperio Español, acabaron con la vida de un millón de sus habitantes. Y en la India fueron más de 85 millones los seres humanos que murieron de hambre a manos de ingleses y estadounidenses, en el período comprendido entre 1765 y 1947, por la obligación impuesta por los colonos a los agricultores locales de cultivar opio para la exportación a China, en lugar de cultivos alimentarios locales, resultando de ello una gravísima escasez de grano para la población. Estas son solo, grosso modo, algunas de las atrocidades que casi nadie habla de las que se tienen por las democracias más avanzadas del mundo.

Y lo peor para nosotros es la injerencia constante de los yanquis en la mayoría de los países de Centroamérica y Sudamérica, alimentando golpes de estado, poniendo en sus gobiernos a títeres al servicio de ellos y fomentando entre nuestros hermanos de sangre la Leyenda Negra Española, para que no puedan salir del pozo económico en el que están sumidos desde hace décadas y nunca lleguen de nuevo a abrazar a la Madre Patria.

“Joe, José o Pepe, y el Papa Paco han pedido perdón por las atrocidades que ocasionaron los españoles: Las ocurrencias de Paco y Pepe en el día de la Hispanidad”

Aun así, Joe, José o Pepe, este mentecato de corte izquierdista, hispanófobo hasta las trancas y vencedor de una de las elecciones más chapuceras de la historia de los EE.UU., la misma que propició una serie de disturbios que culminaron con el sangriento asalto al Capitolio, a renglón seguido del Papa Paco, lejos de hacer una contrición por las masacres perpetradas a lo largo de la exigua historia del país que representa, ha pedido también perdón por las atrocidades que, según él, ocasionaron los españoles durante los 332 años de su permanencia y rico legado en América. Y no solo eso, Pepe ha sustituido la celebración del día de Colón, el Colombus Day, jornada tradicionalmente festiva en los EE.UU, por el Día de los Pueblos Indígenas, que ahora se celebrará un día antes de la Hispanidad, el 11 de octubre. Casi ná.

Dios Todopoderoso, mira que estás tardando ya en mandarnos de una puñetera vez el meteorito de marras, a ver si vuelve a poner en orden las cosas de esta sociedad.

Jose Antonio Marin Ayala

Nací en Cieza (Murcia), en 1960. Escogí por profesión la bombería hace ya 37 años. Actualmente desempeño mi labor profesional como sargento jefe de bomberos en uno de los parques del Consorcio de Extinción de Incendios y Salvamento de la Región de Murcia. Cursé estudios de Química en la Universidad de Murcia, sin llegar a terminarlos. Soy autor del libro "De mayor quiero ser bombero", editado por Ediciones Rosetta. En colaboración con otros autores he escrito otros manuales, guías operativas y diversos artículos técnicos en revistas especializadas relacionadas con la seguridad y los bomberos. Participo también en actividades formativas para bomberos
como instructor.

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