Como la oveja, el camino te da lo que le sobra: Cuatro historias paralelas. Por Gusarapo

Cuatro historias paralelas.

«Como la oveja, el camino te da lo que le sobra. Podría contarles decenas, cientos de historias como estas. En todas ellas hay elementos comunes»

Un buen día, a primera hora del horario comercial de una de las entidades bancarias con las que trabajo, me presenté en la oficina en la que en su momento abrí una cuenta y donde trabajan un cierto número de personas que me conocen perfectamente, con la intención de ingresar unos dineros en esa, mi propia cuenta, de la que no poseo cartilla o libreta, cosa habitual hoy en día. Tras esperar buenos quince minutos, guardando cola, llegó mi turno y me atendió la cajera, una joven que me preguntó qué quería y contestó a mi respuesta con que para ingresar, el cajero automático.

Me sorprendió, la verdad, no me lo esperaba. Los ingresos a terceros se exigían hasta ese momento en muchas entidades a través de los cajeros automáticos, pero para una cuenta propia nunca me había sucedido.

Le dije que no tenía tarjeta, me contestó que usase la libreta. Le dije que no tenía libreta, me dijo que usase la opción «operar sin tarjeta/libreta». Le dije que no me sabía el número, lo buscó y lo anotó en un minúsculo trocito de papel usado que me entregó. Le dije que llevaba allí veinte minutos largos y que fuera había, esperando para usar el cajero automático, más de una docena de personas. Se levantó, se asomó, comprobó que la cola era tal como le había dicho, se sentó, y me dijo que si no quería esperar, que me fuera y volviera en otro momento.

Mi indignación me llevó a protestar enérgicamente ante otros empleados. No conseguí nada.

Días más tarde supe que a aquella joven la habían contratado por un breve periodo de tiempo para cumplir estrictamente con la función que había realizado conmigo, despachar a los clientes.

Cambio unilateral de las condiciones contractuales. Y si quieres bien, y si no, te vas a otra entidad.

Un tío mío entró a trabajar en una entidad crediticia con catorce años, de botones, y al alcanzar la mayoría de edad fue nombrado interventor y al poco tiempo, director, puesto que ocupó en varios bancos hasta su jubilación. En el último de ellos, donde se atendió siempre a los clientes como antes se acostumbraba, de forma presencial, personal y con corrección, durante años desempeñó la labor de cajero un caballero que conocía perfectamente a todos los clientes y sus números de cuenta. Memoria prodigiosa. O tal vez no, pues he conocido a más empleados de banca con similar capacidad.

Hasta no hace mucho, las anotaciones se realizaban con máquina de escribir y lapicero o pluma, pues no existían los ordenadores. A más tecnología, más engorro, menos personal, peor atención. Y sí, estoy muy anticuado, me gusta el trato personal y la corrección, y con mi edad ya no voy a cambiar de forma voluntaria.

Durante años trabajé para un matrimonio, ambos catedráticos de una de las facultades de ciencias de la otrora importante Universidad pública de mi ciudad. Uno de sus alumnos, tras completar los estudios y desarrollar diversas actividades en el ámbito de la empresa privada, acabó constituyendo una empresa de perfiles y estructuras ligeras metálicas de montaje rápido, cosa que poco tenía que ver con su formación, pero que le permitió alcanzar prestigio y éxito.

Dicha empresa estableció las oficinas principales y la fabricación de los productos, en el Norte peninsular, cosa más que lógica si tenemos en cuenta que en toda la cornisa cantábrica hubo mucho desarrollo de industrias siderúrgicas, metalúrgicas y de mecanizados. Y se expandió por varias provincias.

En el transcurso de un encuentro fortuito con este matrimonio, hace ya algunos años, aunque pocos, salió a relucir el caso de aquel alumno, y me comentaron que había dejado de fabricar en España y que ahora, en aquel momento, fabricaba en Asia. Los motivos eran simples, mano de obra económica, energía barata, materias primas económicas, bajos impuestos, muchas facilidades, mayores beneficios.

Aquí tenía una lucha continua con sindicatos y autoridades. Con los primeros, por los salarios y las condiciones laborales. Con las segundas, por una normativa local, autonómica y nacional asfixiantes. En el país donde recaló sólo tenía problemas con los intermediarios y comisionistas. La elección era sencilla.

Casos similares podría contarles de sectores diversos tales como cerámica, sanitarios, trefilería, utillaje, conservas vegetales… Y nuestras autoridades felices y contentas de la buena marcha de las relaciones comerciales con  el otro extremo del Mundo.

Hace cinco años, circulando por uno de los bien cuidados caminos que transito a diario, me encontré con un vecino que aparentaba un rebaño de ovejas en una tierra de centeno que se había aforrajado.

Les explico eso del aforrajamiento antes de continuar.

Cuando el otoño y/o el invierno vienen benignos, es decir, con muy buen tiempo, se puede dar el caso de que los cultivos crezcan en demasía antes del momento adecuado, o sea, se aforrajan. Como el frío siempre llega, y esto es siempre, y las heladas pueden convertir a las plantas lozanas y vigorosas en fosfatina, es conveniente eliminar la parte aérea de dichas plantas, para obligarlas a volver a crecer y retrasar su desarrollo. Se pasta, se abona en primavera, y la planta rebrota.

Retomo.

El hombre me saludó y me detuve. Empezamos a charlar y en un momento dado, me dijo que quería jubilarse y me ofreció el rebaño al completo y las tierras en renta.

Al instante le dije que no. Las cuentas no me salían. Seguro que a otro sí, pero a mí no. Y además estaba el tema del esfuerzo físico, que las ovejas exigen mucho.

Se las compró, las ovejas, y alquiló, las tierras, un muchacho joven que trabajaba en la explotación ganadera que sus padres tenían en la zona. Manuel se llama.

Con una subvención a fondo perdido pagó el ganado. Con un crédito subvencionado preferente, compró un tractor, segadora, empacadora, remolque, pala, vertederas, abonadora, cultivadores y las comederas para las ovejas.

El primer año todo fue estupendamente. Con el importe de la PAC pagó las rentas, semillas, abonos, gasóleo.

El segundo año, con viento a favor, compró un remolque unifeed, un segundo tractor y una encintadora de alpacas redondas además de las pinzas para recoger los bolos (alpacas encintadas).

El remolque unifeed es un remolque en el que se vierten la paja, el forraje, el pienso, los correctores, y unos sinfines o aspas lo envuelven todo y forman una mezcla homogénea que después se suministra a los animales. Este tipo de remolque es de uso habitual y básico en explotaciones de tipo intensivo, pero poco frecuente en las de extensivo. Tiene un coste bastante elevado.

En este año el tiempo no acompañó y no hubo cosecha ni pastos.

Además del desembolso extra en la alimentación del ganado, incurrió en gastos desorbitados de carácter personal. Al tramitar la PAC de cada año, una vez registrada la solicitud, si necesitas dinero, puedes solicitar un anticipo al banco, que con la garantía del cobro, pues el pagador es la administración, te adelanta un buen porcentaje, pero no gratis, obviamente, te aplica unos intereses.

La PAC se solicita en abril y se empieza a cobrar a finales de octubre, en mi Comunidad, en otras los plazos cambian. Manuel solicitó el anticipo al banco en cuanto la solicitud estuvo registrada. Al llegar octubre, en cuanto el dinero llegó a la cuenta, el banco se cobró el préstamo o anticipo más los correspondientes intereses, como era de esperar. Pero Manuel no había tenido en cuenta la devolución. No pagó ni rentas ni semillas ni abonos ni labores que mandó hacer a un tercero porque él estaba ocupado en otros menesteres.

El ganado no estaba bien atendido, y según se iban complicando las cosas, sobre todo las económicas, lo estuvo mucho peor. Siempre se ha dicho que la oveja te da lo que le sobra. También desatendió los trabajos de la explotación de sus padres, y acabaron cerrando y vendiendo su ganado, el de ellos.

Los problemas monetarios aún no eran de conocimiento general y los proveedores seguían suministrándole, y a su vez, aumentando las cantidades adeudadas.

Un día, un hermano del ganadero que vendió las ovejas a Manuel, también ganadero, en una breve conversación que manteníamos varios vecinos y conocidos, me dijo que debería copiar al muchacho, tomar ejemplo e invertir en maquinaria como la que había comprado. Le contesté que seguramente debería copiarle, pero que de momento prefería seguir el ejemplo de quien en ese momento me hablaba, que durante cuarenta años sólo tuvo un tractor.

Al solicitar las subvenciones de incorporación a la empresa agraria, te comprometes a mantener la actividad durante cinco años, o en caso contrario tendrás que devolver el total de lo concedido. Y así sigue Manuel, esperando a que se cumplan los cinco años.

Teresa regentaba junto a su pareja, un pequeño establecimiento de joyería y bisutería en una céntrica calle de la ciudad. Les iba muy bien. Vivienda unifamiliar amplia y bonita con un hermoso jardín, dos coches, buen nivel de vida. Tenían una empleada a tiempo parcial para poder disponer de tiempo libre y para realizar las gestiones derivadas del negocio. En fechas señaladas y en las campañas de Navidad, rebajas y momentos de afluencia de turistas, está empleada desarrollaba su trabajo a jornada completa y además solían contratar a alguien más como refuerzo.

A su alrededor, un buen número de pequeños establecimientos comerciales desarrollaban con mayor o menor fortuna sus actividades, pero de media funcionaban bastante bien.

Las autoridades de la ciudad decidieron facilitar la llegada y asentamiento en la ciudad de un centro comercial de ámbito nacional. Se trató de una decisión muy controvertida. Cesión de suelo público, edificabilidad, reordenación de unos terrenos, cambio de nombre de las calles…

El mensaje que se lanzaba a los pequeños comerciantes era que aquello supondría un revulsivo para el comercio de la ciudad y la creación de un buen número de puestos de trabajo.

Junto a la apertura del citado centro comercial se produjeron varias decisiones políticas encaminadas a mejorar el medio ambiente y la vialidad del centro de la ciudad. Teresa aguantó el envite dos años. Decidió cambiar de ubicación. Resistió uno más. Finalmente, y gracias a un golpe de suerte, logró colocarse en el mismo centro comercial que había revolucionado el comercio local. Y allí sigue.

Cuatro historias. Podría contarles decenas, cientos. En todas ellas hay elementos comunes.

Les dejo buscándolos.

Gusarapo

Soy más de campo que las amapolas, y como pueden ver por mi fotografía, también soy rojo como ellas. Vivo en, por, para, dentro y del campo. Ayudo a satisfacer las necesidades alimenticias de la gente. Soy lo que ahora llaman un enemigo del planeta Tierra. Soy un loco de la naturaleza y de la vida.

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