
«Compruebo la inmensa cerrilidad de mis conciudadanos, no todos afortunadamente, que hacen cola en la farmacia por el test de antígenos»
¿Hay algo peor que enfrentarse a una hoja de papel en blanco? Definitivamente sí, encararse con ella tras haber comprobado la inmensa cerrilidad de tus conciudadanos, no todos afortunadamente. Llego a la farmacia esta mañana a las nueve. Voy por mi medicación para la diabetes y para cogerle un jarabe, para la tos, a mi mujer. La cola mide todo el largo de la calle. Un buen hombre al oír mi queja me espeta “haber venido antes”. Yo pienso «¿para qué?» y lo pregunto, “pues para comprar el test”, “¡el test! ¿Qué test?”, pues cual va a ser responde, el “despierto caballero”, el test de antígenos para el virus. Descolocado ya no sé que responder. “yo no necesito un test” digo, y el hombre me mira con cara de sorpresa absoluta. Hace años que no debe de ver a nadie con criterio propio y no aleccionado por los gobiernos de turno e informativos.
Como realmente necesito mi medicación, porque casi se me ha acabado, me voy al final de la cola y una señora me dice: “Cuando lleguemos ya no quedarán”. “¿Qué es lo que no quedará?” Pregunto. “Pues test de Covid.” “Mire usted, señora, yo no vengo por eso, vengo por mi medicación de diabetes”. “¡Ah! ¿Es que usted no va a celebrar la Navidad en familia?”. “Pues si, señora, claro que sí”, “¿y no se lleva los test?”, “pues no señora no, porque de todas maneras me voy a morir igual, casi antes de un subidón de azúcar que de Covid, ¿sabe usted?”.
Como veo que la cosa va para largo, decido ir a otra farmacia, por una por la que he pasado antes con el coche y, que no tiene cola, pero antes veo salir al pobre hombre, que no tiene muchas luces, con su preciada mercancía para mayor provecho del fabricante de pruebas PCR, un cargamento de seis o siete cajas, al parecer para las nietas e hijos y para él mismo. No sé si intuyó mi cara cuando pensé ¡pobre necio!. Otro al que ha engañado el telediario. En la farmacéutica la máquina del dinero suena con un tintineo de clin, clin, clin, para mayor satisfacción de sus consejeros delegados, jefes, jefecillos y demás.
El hombre, ajeno a que alguien le ha vendido por televisión un mensaje del miedo, emprende las de Villadiego hacia su casa más rápido que una liebre sorprendida por el disparo de un cazador. Supongo que será por adelantarse al malvado virus que puede atacar a cualquiera de sus descendientes. Incluso a él mismo si sigue sin mascarilla en la calle, así que en vez de quitársela según sale de la farmacia, se pone otra encima. Le digo a la señora que va detrás de mí, “señora, le cedo el puesto que no tengo tiempo para perder”. La señora muy sorprendida me pregunta “¿no tiene usted miedo de ser positivo?”, “yo ninguno” respondo. “Además de algo nos tenemos que morir, antes o después”. “Sera porque nos atropella un coche, por una subida de la tensión repentina o porque nos cae un tiesto sobre la cabeza, vaya usted a saber, o quizás por cualquier otro virus que nos fabriquen y envuelvan para regalo los chinitos de chinchón, esos que no comen huevos con jamón”. “Esos que tienen más cara que espalda y que hasta del coronavirus hicieron su agosto fuera de su país con la venta de mascarillas”.
Porque haciendo un chiste malo, si llegan a ser Masbaratillas se las hubieran dejado a un país como El Gabón. Pues menudo carrerón comercial se han marcado el año pasado y éste que termina. Más de un muchimillonario habrá por esos lares chinos y eso que dicen que son comunistas. Deben serlo pero solo para el control férreo de los pobres trabajadores de cadena y oficinas, que de los grandes gerifaltes que amasan fortunas, no. En todo caso y para experimentar no tienen problemas, presos hay a manta, por capitalistas indecentes. Y mientras unos estiran la mano a la manera de Egipto otros son peceerreados en mil posturas y lugares, que casi parece algo porno. Y algo porno debe de ser el origen del virus cuando a todas las voces que decían que era algo fabricado expresamente se las ha callado o en la propia china se las ha “finalizado” o “desaparecido”, vaya un lujo de trasparencia. Y nos fiamos de ellos, porque tienen el control de la economía y no tenemos un Trump que llevarnos a la espalda para defendernos, no, solo tenemos un Biden de su esperanza, que amaneció como un querer en unas elecciones, que no eran de poder sino de manosear resultados.
Pero no se alarmen que la nueva normalidad mundial va de perlas, de aquí a veinte años todos socialmente encarrilados, robotizados y dronalmente conducidos por aire. Eso sí en china hay miles de infectados más ¡Eh!, que se dice pronto. Y por estos lares los informativos repiten incesantemente que los contagios por la variante Ómicron aumentan día a día, jatetú que miedo, que pavor, que dolor. Y Además debe de ser un virus racista, porque viene de Sudáfrica tú, que allí lo del apartheid es algo que no les costaba mucho hace tiempo.
Yo opino que en estas situaciones, casi mejor, así el virus atacará por colores y razas y no indiscriminadamente. Por Dios que lavado de cerebro nos meten día a día. Y eso que todavía no ha hablado Irene Montero, con fusta feminista ¡eh!. Al final el que quiera pensar va a tener que ser “el loco de la Colina”. ¿Hay algo peor que enfrentarse a una hoja de papel en blanco? Definitivamente sí, encararse con ella tras haber comprobado la inmensa cerrilidad de tus conciudadanos, no todos afortunadamente.
