
«De las revisiones médicas a las urnas: una reflexión sin receta sobre el estado general de España con pronóstico reservado»
Acabo de caer en la cuenta —y porque me lo ha soplado mi mujer— de que tengo que renovar el carné de conducir. Hay que pasar la revisión médica, cosa que no te piden para declarar a Hacienda —¡animalitos!— ni para otras cosas, como ir a votar y votar, votar y votar.
—No, no, al abuelo me lo traen ustedes a las urnas de votación —dice un propio estatal— ¡aunque sea en parihuelas! Y encárguense de ponerle la papeleta de mi partido entre los dedos —dice, por orden imperativa, el gran Yoyó—. Se la ponen sin rechistar, ¡no vaya a ser que se haya vuelto de derechas, el tío, con la edad!
—Pero si eso es lo normal —dice un gallego de la ría de Arosa—. Con la edad, unos… co… “perenfanillos”.
—Bueno, hombre, bueno, no se me encocore usted…
Ya sé bien que empiezo, con los setenta, a estar “afuera”, pero el día en que yo me muera, empezaréis a tener déficit de gente pacífica y de orden. Gente cabal. Esto lo sé porque, entre políticos, caraduras, aprovechados e hijos —variados— de su madre y, por qué no, de su padre (por lo de la igualdad de género, aunque no sea por número), casi nos han dejado solos.
Este orden de cosas, hace cincuenta años, no era así, ni de coña. ¡Menudo era el Paco, como para tocarle los perenfanillos! Lo que pasa hoy en día no es que falte un Caudillo —que lo hay, no—; lo que falta es un cabeza de país con más prestancia y menos resabio que el que ejerce de Caudillete en Moncloa. “Jate, mate, cordera” —espero que por equivocación del paisanaje—.
También falta, por estos lares, educación, urbanidad, buen fondo, mejor tono y menos mala ralea, hasta en los más recónditos rincones de la sociedad y de la política. Hoy en día se defienden como gatos panza arriba las huestes de bacanales en Paradores Nacionales —los que creó Fraga—. Imagino que los construyó con otro propósito menos putero y más cultural.
Lo malo de la actualidad es que mucha cultura que poseíamos los españoles, en general, con los antiguos planes de estudios de bachillerato, se ha caído de los altares variopintos de la excelencia a un pozo negro insondable.
Poniéndome bonito: la cultura la extendimos allende los mares. ¡Oh, qué palabra “allende”! Que algunos de los de menos de cincuenta años tendrán que ir a consultar en el diccionario de la Real Academia de la Lengua… Se lo ahorro: significa “más allá”. Que yo no la tendría que buscar, la palabra, porque tengo muchos más de cincuenta, pero lo hice solo para asegurarme… No quiero meter el patoncio entre tanta mala pata que gastan los políticos de siniestra, aunque tampoco estén sembrados últimamente los de la diestra.
Estamos de peloteo palabrero, lo vemos a diario en los telenoticiarios —nunca mejor dicho—, cual si fuéramos raquetas de tenis o de ping-pong. Esto lo digo para que no me pueda quitar ningún chiquilicuatre la razón —palabra que rima con pong, aunque no tenga nada que ver—.
Y cambiando de tercio —no de Flandes, sino de tema—, quisiera hacer un comentario sobre el Festival de Eurovisión. La canción española —de la que no recuerdo el título— me pareció la típica canción eurovisiva, tan manida que, aunque la intérprete la defendió más que bien, quedó en un vigésimo cuarto lugar que no merecía. Diez o doce puestos más arriba podría haber quedado si en Televisión Española no se hubiesen hecho alusiones contra Israel que “alguien”, metepatas como siempre, en informativos, lanzó a las ondas.
Y es que aquí en España o somos tontos de capirote, o hay dirigentes que quieren que lo parezcamos. No sé si, a lo peor, se juntan las dos cosas.
Merecemos una hipotética invasión extraterrestre, para ver si vamos entrando en el pensamiento adulto, ese que quizá nos puedan aportar desde allende el universo. Y no de rabieta contra todo aquello que nos sugiera la tentación de cogerla, la pataleta. Y aun así, dirán muchos que tenemos el mejor presidente posible… pero permítanme que lo dude.
Y es por todo esto por lo que encabezaba esta paseata —sin pies ni cabeza— diciendo que acabo de caer en la cuenta —y porque me lo ha soplado mi mujer— de que tengo que renovar el carné de conducir. Hay que pasar la revisión médica, cosa que no le piden para declarar a Hacienda —¡animalitos!— ni a los extraterrestres.
—Bueno, hombre, bueno, no se me encocore usted…
—¿Por qué? ¡Tengo derecho!
—Relájese, oiga. Para lo que le va a servir cabrearse, ahórrese el trabajo.
Y sí, en esas estaba yo al principio, relajándome, aunque no ganara la canción de Portugal en Eurovisión —lo merecía, era buena—. Pero vaya, por no tirarme de los pelos que no poseo en la cabeza, casi lo dejamos así, como si fuéramos a votar… y votar.

