Y tercera parte. Especial Natividad. La forja de un mito. Por José Antonio Marín Ayala

Nos adentramos en la tercera y última parte de Especial Natividad 2022.

 

Aquí, podremos ver el recibimiento del Mesías, sus discípulos, la traición de Judas Iscariote y … No os cuento más, hay que leerlo.

No veréis que se hable de “Los Reyes Magos”, no se encuentra aquí la historia ya que fue en otro momento, otro lugar, otro tiempo; quizás os quedéis con las ganas y si es así, solo tenéis que decirlo, seguro que Etons os la contará magníficamente.

No obstante, siendo el día que es, Noche de Reyes, todos tenemos una ilusión, un deseo, ese pequeño detalle que incluso en ocasiones no se compra con dinero. Marcharos pronto a dormir y … ¿Quién sabe? Al despertar mañana, tengáis ese anhelo más cerca de lo que pensáis y si no es así no perdáis esa esperanza.

Una estrella, guio a unos Reyes Magos, por un camino, un sendero y llegaron al destino portando oro, incienso y mirra a un niño que dio su vida por salvar al mundo entero.

Los discípulos de Jesús

“En el concilio celebrado en el año 354 por el papa Liberio, tras sesudas deliberaciones, se fijó la Natividad del Señor el 25 de diciembre”

La muerte violenta de Juan el Bautista había enseñado a Jesús el destino que corrían aquellos que osaban poner en tela de juicio la ética de los romanos, los nuevos amos de la Tierra de Canaán, por lo que sus manifestaciones públicas siempre se caracterizaron por su moderación.

No sabemos casi nada de las enseñanzas de Jesús escritas por su propia mano. Esto es algo que llama la atención, pues era común por aquellos tiempos, y lo sigue siendo ahora, que alguien que debió tener una importante influencia en la sociedad que le tocó vivir escribiera de su puño y letra sus propias ideas. Sin embargo, todo lo que sabemos de él nos ha llegado de lo que relataron sus evangelistas con posterioridad a su muerte, pero no sería hasta el siglo segundo de nuestra era cuando aparecerían los primeros textos que hablan de Jesús, incluidos los evangelios.

Flavio Josefo, en sus «Antigüedades judías», texto escrito en el año 90, o Tácito, en sus «Anales», lo mencionan brevemente en algunos pasajes de sus extensas obras. Sabemos que Jesús se rodeó de un grupo de seguidores, a los que llamaba discípulos, y también que se dirigían a él por el apelativo de «Kristos», palabra griega que significa ungido, por lo que Jesucristo significaría «Jesús, el Ungido». También sabemos que se fue con ellos a predicar a Jerusalén, donde algunos lo recibieron como al Mesías que estaban esperando tanto tiempo. Algunos rabinos judíos, empero, se vieron alarmados ante este nuevo brote de mesianismo, y uno de sus miembros, Ananías, convocó al Sanedrín. Flavio Josefo describe brevemente lo que ocurrió:

«Llamó a juicio al hermano de Jesús, quien era llamado Cristo, cuyo nombre era Jacobo, y con él hizo comparecer a varios otros. Los acusó de ser infractores a la ley y los condenó a ser apedreados. Pero los habitantes de la ciudad, más moderados y afectos a la ley, se indignaron».

Parece ser que la sentencia por contradecir los escritos judíos no se llegó a cumplir, en parte por no incomodar a los romanos, que veían en esta turbulenta provincia claras simpatías por los partos.

En el año 26, Poncio Pilatos fue nombrado nuevo procurador de la provincia de Judea, y por su fuerte carácter se sabía que no iba a estar dispuesto a consentir tumultos sociales. Decidió establecer su cuartel general en Jerusalén, y lo hizo entrando en la ciudad sagrada con su ejército, sus estandartes y el retrato del emperador Tiberio. Los judíos vieron en la imagen del emperador una intolerable usurpación, con lo que se desató una peligrosa revuelta. Pilatos mandó detener a los que dirigieron aquel alboroto. Jesús, a diferencia de los judíos más radicales, no era en modo alguno violento y predicaba una doctrina amable que instaba a dar al césar lo que era de él. No cabe duda alguna que la doctrina de aquel desconocido era realmente revolucionaria, pues ante el espíritu vengativo que rezumaba gran parte del judaísmo, especialmente sobre lo que sus practicantes consideraban ofensivo para sus intereses, Jesús proponía la increíble medida de perdonar al prójimo, incluso ofrecerle la otra mejilla. Si el mundo de aquellos tiempos no estaba preparado para una lección de humildad y generosidad así, menos aún estaban dispuestos a aceptarla aquellos sojuzgados, vengativos y encolerizados judíos que habían sufrido el sometimiento de tantos imperios extranjeros a lo largo de su historia.

Al poco de conocer a Jesús, uno de sus discípulos, Judas Iscarionte, que era miembro de una de las facciones más duras del judaísmo (es probable que su nombre deformado, Scariot, sicario, pueda darnos pistas más precisas de la rama judaica a la que pertenecía), pensó que era el enérgico David que todos esperaban. Cuando tuvo ocasión de comprobar por sus palabras que aquél al que aclamaban el Mesías era todo menos el guerrero que se iba a poner al frente del pueblo judío para independizarse del yugo romano delató su paradero al partido sacerdotal, los cuales informaron a las autoridades romanas.

Los romanos aplicaban la lógica aplastante de que todo judío que se considerase un Mesías, o incluso que así fuese considerado por otros (recordemos que solo los reyes y sacerdotes eran ungidos con el óleo sagrado), era como reconocerlo rey de los judíos, lo que implicaba un delito de sedición. Por ello, tal vez en el año 29, Jesús recibió, según la ley romana, el trato habitual que en estos casos se les daba a los traidores: la crucifixión.

La crucifixión

A los pocos días de fallecer Jesús hubo numerosos adeptos que seguían proclamando que era el Mesías. Algunos lo pagaron con su vida, como fue el caso de Esteban, cuya ejecución fue aprobada de manera entusiasta por uno de los fariseos más radicales: Saulo. La de Esteban sería la primera muerte de un mártir de este nuevo mesianismo, congregación religiosa que en griego se le llamó «cristianismo», y Saulo sería uno de sus poderosos brazos ejecutores, decididos a erradicar la nueva secta surgida. Sin embargo, algunos de los seguidores de esta nueva corriente surgida del judaísmo afirmaron que Jesús había resucitado, que lo habían visto caminar y hablar con ellos, que se había elevado a los cielos y que volvería pronto, porque el fin de los tiempos estaba próximo. Esto dio alas a esta nueva versión del judaísmo que, a pesar de tener a la mayoría de judíos en contra, se hacía popular en otros lugares, como Damasco. Cuando se tuvo conocimiento de este nuevo brote, Saulo partió hacia Damasco decidido a exterminar a sus practicantes. Dicen que durante el trayecto se le apareció e mismísimo Dios, y que tras tres días de diálogos con él lo convenció de que la nueva secta era la senda por la que debía transcurrir su obra y su vida. Al margen de consideraciones milagrosas, es probable, con los conocimientos que tenemos hoy día, que Saulo sufriera un golpe de calor y en ese delirante estado viera la imagen del Altísimo y renunciara a sus principios, quizá también por una pura cura de culpabilidad. De cualquier forma, Saulo, ahora renombrado Pablo, fue el más firme defensor del cristianismo.

Los judíos no solo se negaban a participar en los servicios religiosos oficiales del Imperio Romano, o pagar los impuestos como todo ciudadano, sino que también se oponían a servir en el ejército, lo que se tradujo en una mano mucho más dura contra ellos.

Se ha especulado con que Jesús realmente no muriera, que tras el sufrimiento infligido tras varias horas colgado en la cruz entrara en un estado tal de catalepsia que los que lo custodiaban interpretaran que había fallecido. Muchas personas han vuelto aparentemente a la vida tras muchas horas, o días, de tenerlas por muertas. Este estadio se caracteriza por un estado de inconsciencia e inmovilidad totales, en el que las constantes vitales están al mínimo, pero aun así el cuerpo no presentaría los síntomas usuales de una persona difunta, como son la rigidez, el enfriamiento paulatino del cuerpo y el amarillamiento de su piel. Ahora es más difícil que un galeno meta la pata en estos casos, pero aun así se dejan transcurrir 24 horas antes de mandar al finado a la sepultura. Los que defienden la postura de esa equivocada resurrección incluso especulan con que Jesús salió de Judea, llegó a Europa, tuvo descendencia y murió pacíficamente en un lugar indeterminado a una longeva edad. Nunca podremos saber si las cosas realmente se desarrollaron así, pero esta impía conjetura explicaría en parte que sus seguidores no perdieran del todo la esperanza y siguieran esperando su regreso, siempre y cuando algún día el poder romano sucumbiera, como antes había ocurrido con tantos otros imperios que habían profanado la Tierra Prometida.

El cristianismo era muy minoritario, pero en esos momentos la cultura clásica de Grecia estaba en decadencia desde hacía tiempo y sus fantasiosos dioses del Olimpo ya no eran de total satisfacción a los griegos. Hallaban mucho más atractivas las deidades orientales, como Isis o Cibeles, y las nuevas creencias del Este, más místicas, más coloridas, además de prometedoras de una vida después de la muerte. Y aunque los ortodoxos judíos circuncisos no admitirían nunca esta nueva congregación, sí que lo harían ahora los que ellos excluían de su selectivo judaísmo: los gentiles.

Además ocurría una cosa verdaderamente excepcional, y es que los seguidores del cristianismo consideraban este mesianismo universal, y no meramente una cuestión judía. Creer en Jesús no le obligaba al practicante a aceptar las aspiraciones políticas y nacionales del judaísmo, ni siquiera la circuncisión, lo que posibilitó que muchos otros, de diferentes partes del mundo, se adhirieran a él.

El culto del judaísmo, uso exclusivo de los hombres y misógino, también era una imposibilidad para que las mujeres pudieran abrazar la religión. Su papel en la sociedad hebrea era marginal, como lo era en casi cualquiera que se pusiera el punto de mira en aquellos tiempos, pero en la nueva congregación que había surgido no solo podían participar en igualdad de condiciones que los hombres, sino que era una mujer, la madre del propio Mesías, la que le había dado a luz; era la verdadera protagonista de la Natividad del Señor.

Los ánimos de los judíos más ortodoxos estaban cada vez más encrespados, y los zelotes, la facción más violenta del judaísmo, habían tomado Jerusalén y declarado la independencia de Roma. Pensaron que podían ganarles por la mano a los romanos porque en ese aciago año del 68 pasaban por una crisis de gobierno, al no haber tenido más tesitura su emperador Nerón que el suicidio, así que los zelotes fueron conquistando casi toda la provincia. Pero Roma seguía siendo poderosa y no olvidaba ningún agravio. Cuando se hubo normalizado su situación política, el nuevo emperador, Vespasiano, se puso a la tarea de dar a los judíos una lección que nunca olvidarían. Fue reconquistando todo el terreno perdido y acorralando a los zelotes hasta la misma Jerusalén. El golpe de gracia dejó que se lo diera su hijo, Tito. Las murallas de Jerusalén fueron minuciosamente destruidas y los defensores acorralados. El hambre y la violencia hicieron el resto. El 28 de agosto del año 70 fue tomado y destruido el Segundo Templo de Jerusalén, tras seis siglos de existencia y mil años después de que Salomón construyese el Primer Templo. Nunca más habría un tercero.

El Muro de las Lamentaciones

Del inmenso edificio que daba forma al Templo, el general Tito solo dejó en pie uno de sus muros, el Occidental, el más cercano al Sancto Sanctorum, la sala donde se guardaba el Arca de la Alianza, para que los judíos recordaran siempre que Roma había vencido a Judea. Desde entonces se llama a este lienzo estructural el «Muro de las Lamentaciones». Los judíos, haciendo de tripas corazón, intentaron mermar este doloroso castigo remontándose a la antigua promesa hecha por Dios de que siempre quedaría en pie al menos una parte del sagrado templo, símbolo de la alianza perpetua con su pueblo. Los judíos creen desde entonces que este es el lugar más sagrado de la Tierra y por eso han estado orando frente a este muro los últimos dos mil años; y aún siguen haciéndolo, esperando pacientemente la llegada de su Mesías.

Tras de la caída de Jerusalén en el año 70, numerosos judeocristianos emigrarían a Alejandría, que sucedió así a Jerusalén como capital del judeocristianismo.

Todavía habría otra guerra judía contra los romanos, que finalmente lograron sofocar a finales del verano del 135. Era el punto y final del judaísmo en Judea y el inicio de una serie de persecuciones de los judíos a lo largo de dieciocho siglos por diversos lugares del mundo. Pero el cristianismo, que surgió de la muerte de un predicador judío y de la actividad misionera de otro, gracias a sus coloridas creencias conquistó Roma y a todo el mundo occidental.

Los que habían oído predicar a Jesús cuando estaba entre los mortales fueron relatando aspectos de su vida que se registraron posteriormente en los Evangelios de San Mateo, San Marcos y San Lucas, donde paradójicamente se dan visiones distintas de él. Se dijo que con Jesús se habían cumplido las profecías mesiánicas, en especial la de Isaías: que había venido al mundo del vientre de una virgen; que como David había nacido en Belén y que estaba próximo su retorno a la Tierra.

Estos nuevos escritos sobre sus enseñanzas y las bondades que propugnaba del nuevo Dios, los milagros que hizo cuando estuvo entre los vivos y su propia vida fueron conformando el Nuevo Testamento de la Biblia, en contraposición al Antiguo que habían elaborado los judíos, donde se nos retrata a un Dios vengativo y colérico.

Hemos visto cómo el pueblo judío se fue nutriendo de las costumbres y religiones en las regiones fuera de Canaán donde les tocó vivir. Una de las influencias de más calado que tuvieron fue la egipcia, y en modo alguno este enriquecimiento, que fue mutuo, se interrumpió con el nacimiento del cristianismo, como lo atestigua la novela judía de José y Asenet, escrita en el siglo 11 d. C., un texto que denota una considerable influencia egipcia. Por tanto, está demostrado que el encuentro entre el judaísmo y la religión egipcia dio lugar a cierta influencia de las creencias egipcias sobre las judías, y lo mismo debió acontecer con las cristianas; y en este último caso sus artífices fueron los coptos, los cristianos de Egipto.

Marcos fue el primer enviado a Egipto. Allí estableció comunidades cristianas y predicó el evangelio que había compuesto. Lucas estudió medicina en Egipto y regresó más tarde para ejercer el apostolado; incluso fue arzobispo de Alejandría. Por su parte, Mateo también habría redactado allí su evangelio.

Hay sorprendentes equivalencias entre los relatos egipcios fechados con una antigüedad de miles de años antes de Cristo y los cristianos redactados en el siglo segundo de nuestra era. Claude-Brigitte Carcenac Pujol, en su ensayo «Jesús, 3000 años antes de Cristo. Un faraón llamado Jesús», relata que por ser Osiris y Horus las principales divinidades que adoraban los egipcios, «a su muerte, el faraón, asimilado a Osiris, se elevaba a los cielos, desde donde gobernaba glorificado. Más tarde, este privilegio se extendió al conjunto de los egipcios, que desde entonces, gracias a Osiris, escapaba a la muerte definitiva». Hay una evidente similitud de estas leyendas con las palabras de Jesús, especialmente lo concerniente a que su reino no era de este mundo y la promesa de una vida eterna después de la muerte.

En 1863, Sharpe, un reputado investigador, hacía la siguiente revelación:

«En cuanto a representaciones (en las paredes del templo de Luxor) tenemos la Anunciación, el Nacimiento y la Adoración del rey, tal como se describen en los capítulos I y II del evangelio de Lucas; y puesto que tenemos la certeza histórica de que los capítulos del evangelio de Mateo que nos relatan el nacimiento de Jesús son una adición posterior y no existían en el manuscrito primitivo, parece probable que los dos capítulos poéticos de Lucas no son históricos, sino que están extraídos de narraciones egipcias sobre el nacimiento milagroso del rey».

Esta opinión es compartida por egiptólogos contemporáneos como H. Brunner, que considera que la narración de la infancia de Jesús con los evangelios es inimaginable sin la influencia de los mitos egipcios.

Precisamente los egipcios celebraban el nacimiento de Horus y Osiris el 25 de diciembre. El historiador De Septhenes, en su libro «Religión de los Antiguos Griegos», justifica esta señalada fecha:

«Los egipcios fijaban en marzo el comienzo del embarazo de Isis, la Reina del Cielo y Virgen Madre del Salvador Horus, y a fines de diciembre celebraban el aniversario de su nacimiento».

Esto no es nada raro, pues esa fecha del año coincide con el solsticio de invierno, la época en que el sol empieza a remontar en el cielo dejando atrás las largas noches de oscuridad y haciendo los días cada vez más duraderos y luminosos. Los habitantes de Persia no eran desconocedores de estos regulares ciclos anuales y también festejaban ese día el nacimiento de su divinidad más importante, Mitra, el dios Sol. Idénticas celebraciones había en la India y en China.

Cuando conquistaban un territorio y lo convertían en una provincia más del Imperio, los romanos hacían también suyo el particular dios que aquellas gentes veneraban, deidad cuya escultura incorporaban al Panteón Romano. Mitra fue traído a Roma en el año 62 por los legionarios que habían conquistado Persia. Su culto fue tan fuerte que durante tres siglos compitió con el cristianismo. Cada 25 de diciembre se celebraba en todo el imperio la festividad del Natalis Solis Invictus (Natalicio del Sol Invencible). Es decir, la Navidad de Mitra.

En Gran Bretaña e Irlanda, los druidas festejaban el 25 de diciembre con enormes fogatas que encendían por la noche en las cumbres de las colinas.

El nacimiento, la muerte y el posterior advenimiento de un redentor no son fenómenos exclusivamente egipcios o judíos. En México, durante la última semana de diciembre, se conmemoraba el nacimiento de Quetzalcoatl, uno de sus dioses más importantes; y como cada año, sus habitantes esperaban su venida, como muchos cristianos siguen esperando hoy que Jesús regrese de nuevo. Se especula que la calurosa bienvenida que el emperador Moctezuma ofreció a Hernán Cortés, en 1519, estaría motivada por el convencimiento de que era el dios que esperaban desde hacía siglos, lo que explicaría que le abriese las puertas de su imperio de par en par.

Un elemento que salta a la vista cuando uno lee los Evangelios es que sus autores desconocían la fecha exacta del nacimiento de Jesús, algo sorprendente en un predicador que había dejado en vida tan abundantes enseñanzas. Mateo dice, sin precisar más, que nació «en los días del rey Herodes», aunque Lucas, por su parte, afirma que nació «cuando Cirenio era gobernador de Siria», es decir, diez años después.

Los primeros padres de la Iglesia fueron incapaces de determinar de los textos escritos la fecha exacta del nacimiento de Jesús, así que se pusieron manos a la obra. Cuando surgían problemas que podían afectar al funcionamiento de la curia, como cuando existían enconadas controversias religiosas, o cuando se debía precisar algún elemento fundamental del credo, la Iglesia tomaba la decisión de convocar a sus mentes pensantes más preclaras a un Concilio, que podía durar semanas, o meses, y que en él pudieran dar solución a las cuestiones planteadas. Fue de esta manera, en el celebrado en el año 354, siendo sucesor de la silla de san Pedro el papa Liberio, cómo los allí congregados, tras sesudas deliberaciones, dieron solución a esta espinosa cuestión. Fijaron el 25 de diciembre la Natividad del Señor.

¡Ah, una última cosa! Ahora que esta nueva secta se había hecho ya tan popular en todo el mundo entre los gentiles, y también entre muchos judíos, era el momento de que los cristianos, que con la rigurosidad de las costumbres judías habían sido excluidos de sus ritos religiosos, se vengaran en cierto modo de los circuncisos hebreos. Y ya que la Iglesia no podía en modo alguno pedir que los conversos al cristianismo no estuvieran circuncidados, sí exigieron que para estar en su seno adoptaran la sana costumbre de… comer cerdo. Así nacieron las tradicionales matanzas.

Amén.

Jose Antonio Marin Ayala

Nací en Cieza (Murcia), en 1960. Escogí por profesión la bombería hace ya 37 años. Actualmente desempeño mi labor profesional como sargento jefe de bomberos en uno de los parques del Consorcio de Extinción de Incendios y Salvamento de la Región de Murcia. Cursé estudios de Química en la Universidad de Murcia, sin llegar a terminarlos. Soy autor del libro "De mayor quiero ser bombero", editado por Ediciones Rosetta. En colaboración con otros autores he escrito otros manuales, guías operativas y diversos artículos técnicos en revistas especializadas relacionadas con la seguridad y los bomberos. Participo también en actividades formativas para bomberos
como instructor.

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