Somos de cueva, seres que necesitan sus cuatro paredes, para sentirse a salvo. Por Rodolfo Arévalo

Somos de cueva

“Me siento seguro en el lugar desde el que escribo. Los seres humanos somos de cueva, seres que necesitan sus cuatro paredes, para sentirse a salvo”

Y tras las tempestades, la calma chicha rutinaria vuelve. Hoy suenan las podadoras de césped, puedo asegurar que es miércoles, no sé de qué semana, mes o año, pero miércoles seguro que es, mis sonidos rutinarios así me lo refrendan. Ni fiestas, ni otro tipo de asuntos lo pueden poner en duda. Al nuevo día le tienen sin cuidado, la vida, la enfermedad, la muerte, la alegría, la tristeza, el nivel de estrés, todo, absolutamente todo es podado por este nuevo miércoles en el que me siento vivo.

Lo realmente inequívoco es que es un día más, carente de nombre a falta de seres humanos. Porque como dijeron los filósofos hace cientos de años, “el hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en tanto que son y de las que no son en tanto que no son”.

La realidad ya está previamente construida en nuestra imaginación y es difícil encontrar algo real si no se ha imaginado previamente. Si no fuera por nosotros que le hemos otorgado un nombre a este día, miércoles, y una fecha también arbitraria, solo sería un instante más en la inmensidad del infinito espacio tiempo. Un espacio y tiempo en el que apenas somos una anécdota pequeña, sin sentido, intranscendente, casi ridícula en el transcurrir de los eones.

Tampoco podemos estar seguros de que lo que sea que intuimos exista, puede ser que sí o puede que no, ¿Cómo asegurar que nuestra mente no nos engaña, acerca de lo que está fuera de nosotros, incluso de lo que somos nosotros mismos? Además ¿Qué importancia tiene?, los seres humanos nos creemos el centro de todo, y lo somos mientras no se descubra otra forma de inteligencia. Nuestra estupidez no tiene límites, de hecho se acrecienta con cada avance científico o de cualquier otro tipo.

El principio de incertidumbre de Heisenberg a escala atómica y sub atómica extiende sus garras sobre la escala humana. Somos más sanos y más capaces de mantener la salud de los individuos, pero nunca hemos pensado en que esto debiera ser para todos los seres humanos. Nuestras raíces, como seres de clan, están siempre agazapadas tras nuestras emociones y solo nos da confianza lo cercano, lo cotidiano, los demás asuntos, por muy humanos que sean, tratamos de apartarlos, no verlos, no vaya a ser que se nos atraganten, perjudiquen, asusten o incomoden.

Por esto sé que hoy es miércoles, tengo la certeza de que lo es por el ruido de las podadoras, pero lo importante es que me siento seguro aquí, en el lugar desde el que escribo a salvo del sol, la lluvia, la niebla, el frío o el calor. Digamos que los seres humanos somos de cueva, seres que necesitan sus cuatro paredes, para sentirse a salvo. Este instinto de supervivencia por el que buscamos protección, carece de base si la razón no la buscamos en algo que nos una como seres surgidos del mismo origen y con un probable mismo destino futuro. Pero decir esto esta enfrentado con la realidad diaria en la que como buenos primates recelamos de todo, y no toleramos bien la jerarquía sin tratar de demostrar de vez en cuando quién es el que lleva la voz cantante. Solamente la inmensidad del universo y las fuerzas, por el momento incontrolables del planeta, nos ponen en nuestro lugar.

La terrible incertidumbre de sentirse real, vivo, consciente, es la peor pesadilla que los seres humanos podemos tener, tal como le ocurre al personaje de “la Nausea” de Sartre. Vemos nuestras propias raíces y no las de ningún árbol hundirse en la tierra de nuestro pensamiento, de una manera viva, palpitante y eso nos causa un desasosiego rayano en la desesperación, porque sabemos que somos seres limitados, tenemos fecha de caducidad y las muertes sucesivas de otros, que por un tiempo nos acompañaron en la vida, nos recuerdan permanentemente que todo llega a su fin. Y aunque esto parezca terrible, no lo es en absoluto, no hay nada más aterrador para un ser humano que la eternidad.

Saber que es imposible desaparecer es una alternativa peor que la muerte, ya lo cuenta Borges en los “Inmortales”, no es soportable en nuestros cerebro hechos para caducar. Todo en el mundo, salvo quizás el ADN, esta construido de manera que tenga un final… Y si es así, ¿Tendrá también final el universo, llegará un día del big out en que todo lo que existe se condense en un punto de desaparición? No lo sé, sobrepasa mi capacidad humana de ser finito en el tiempo, solo sé que al nuevo miércoles le tienen sin cuidado, la vida, la enfermedad, la muerte, la alegría, la tristeza, el nivel de estrés, todo, absolutamente todo es podado por el nuevo día. Y todo lo bueno que pueda darnos está únicamente en nuestro interior. La calma chicha vuelve siempre tras las tempestades. Por eso Platero el burrito de Juan Ramón Jiménez, pace en el cielo de Moguer eternamente.

Rodolfo Arévalo

Nací en Marsella ( Francia ) en 1954. Viví en diversos países debido a los destinos que tuvo mi padre ( diplomático ). Estudié en colegios franceses hasta la edad de 12 años. Estudié bachillerato y COU en el colegio Nuestra Señora del Pilar de Madrid. Estudié música en el Real conservatorio de música de Madrid, formé parte y pertenecí a varios grupos musicales entre ellos “ Los Lobos “. Creé varios grupos musicales de Pop Rock. Toco el bajo y compongo canciones, música y letra. Estudié Fotografía general y publicitaria, diplomatura (dos años) de cinematografía e Imagen y sonido equivalente a Técnico Superior de Imagen y Sonido. Soy socio Numerario de la SGAE desde el 1978. Pertenezco a la Academia de Televisión. Soy un gran lector de libros de ensayo, divulgación y de vez en cuando novela. En el año 1985 Ingresé por concurso oposición a TVE. Fui ayudante de realización y realizador. En el año 2009 me pre jubilaron muy a mi pesar. En la actualidad estudio programas de tratamiento de imagen. He escrito varios guiones de cortometraje y realizado el que se llamó “ Incomunicado “, tengo otros en proyecto. Soy muy crítico conmigo mismo y con lo que me rodea. Soy autor de las novelas “El Bosque de Euxido” y "Esclavo Siglo XXI publicadas en Ediciones Atlantis. También me gusta escribir prosa poética. Me he propuesto seguir escribiendo novela.

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