La leyenda negra española. Parte decimoquinta. Los hispanófobos españoles y sus singularidades. Por José Antonio Marín Ayala

La leyenda negra española. Los hispanófobos españoles y sus singularidades.

«Si hay un espécimen autóctono hispano que goza de un supremacismo pleno de singularidades, sin igual en el mundo, ese es el cerdo ibérico»

Ahora que tan en boga está hablar de la supremacía de algunas razas hispánicas, bueno será que aprovechemos la ocasión para poner de relieve aquellos renglones torcidos que escaparon a la impecable obra del Todopoderoso.

Hace ya cuatro largas décadas que el prolífico escritor Isaac Asimov exponía este axioma incuestionable: 

«Existe un culto a la ignorancia. La presión del anti-intelectualismo ha ido abriéndose paso a través de nuestra vida política y cultural, alimentando la falsa noción de que la democracia significa que mi ignorancia es tan válida como tu conocimiento». Stultorum omnia sunt, dijo Cicerón hace ya más de 2000 años.

Para que vea usted que la estulticia que acompaña a muchos seres humanos no ha mermado un ápice su vigor y goza de buena salud en nuestros días, le voy a referir una reflexión que me hice hace ya algún tiempo. Conozco a un tipo que abrazó con tal entusiasmo el veganismo, y que luego materializó en crudismo, que perdió en tan singular aventura los molares, incisivos y otras piezas calcáreas bucales por su reiterada abstinencia a nutrirse de carne y del alimento materno por excelencia, pues el zagal consideraba la leche producto de un animal (como debió creer que lo fue su santa madre cuando recién venido al mundo lo amamantó). Sin embargo, con el paso del tiempo, nuestro atormentado muchacho fue sufriendo el cambio evolutivo propio de la necesidad calórica, y como le ocurriera a aquella conocida influencer y youtuber, vegana de pro, cuando fue sorprendida en una instantánea a punto de devorar un rechoncho pez asado, a este conocido mío cierto día se le caía la baba contemplando a un compañero de trabajo dispuesto a meterse entre pecho y espalda un suculento bocata de jamón. Viendo esa carita de lástima, tan propia de los desnutridos niños etíopes, el susodicho le ofreció un cacho diciéndole: «Come, nene. Este jamón es ecológico, de bellota, ibérico».

Y diserto en estos términos, que parecen tan alejados de lo que aquí nos ocupa, que no es otra cosa que la influencia que la Leyenda Negra Española ha tenido en nuestras vidas, no por mor a los sabrosos productos del marrano, que tiene de bueno hasta el andar, sino sobre la denominación de origen sobre el que se asienta tan rico manjar. Así que, si dispone usted de paciencia, prometo volver al meollo de la cuestión, aun cuando parezca que me estoy yendo por los mismísimos Cerros de Úbeda.

Que el Imperio Español gozó de un esplendor insuperable es algo que solo ahora se empieza a vislumbrar gracias al trabajo de limpieza que nuestros más reputados historiadores han hecho retirando pacientemente la mierda que nuestros enemigos vertieron durante siglos sobre nuestro ilustre pasado, sacándole lustre de su antiguo esplendor. Y es que el Imperio Español en nada fue comparable al colonialismo británico o francés. Según la historiadora Elvira Roca Barea, la palabra «imperialismo» nació para explicar el colonialismo y condenarlo moralmente, sin atender al hecho de que el imperio tiene poco o nada que ver con el colonialismo. Son dos movimientos de expansión completamente distintos. El imperio es expansión incluyente que genera construcción y estabilidad a través del mestizaje cultural y de sangres. Con lo dicho, el colonialismo no tiene en común más que el movimiento de expansión inicial. No produjo ni mestizaje ni estabilidad. Es excluyente y basa su estructura en una diferencia radical entre colonia y metrópoli. Por contra, Roma replicaba a Roma, como España replicaba a España y Estados Unidos se replicaba a sí mismo en cada estado que se fue sumando a la Unión. Pero ni el colonialismo inglés ni el francés hicieron florecer otras Francias y otras Inglaterras. Por no haber, continúa diciendo, no hubo planes de urbanismo ni fundación de universidades y hospitales ni redes de comunicación planificadas ni medios de evangelización, esto es, de integración, etcétera.

La colonización, pues, es efímera, mientras que el imperio es duradero. Los colonos no se sienten identificados lo más mínimo con los naturales de la zona colonizada. Cuando la metrópoli se ve en problemas económicos o militares exprime los recursos de la colonia, y cuando los aborígenes son conscientes de ello lo más probable es que se independicen. Es lo que les sucedió a Inglaterra y Francia a lo largo de los siglos. «Reino desUnido» perdió sus colonias durante las dos contiendas mundiales. Hoy queda del colonialismo inglés solo sobre el papel una Mancomunidad de Naciones que ellos llaman Commonwealth.

Cuando el Imperio Español dio todo de sí durante más de 300 años y estaba ya de capa caída por la inmensidad de los recursos humanos y económicos consumidos, en pleno siglo XIX, los más oportunistas de nuestros compatriotas, como les sucede a ciertos roedores cuando un navío zozobra, fueron los primeros que saltaron de la cubierta para ponerse a salvo y renegar de él. Y debió de ser este, además de la manipulación extranjera para que las cosas fueran así, el origen del infecto nacionalismo brotado en la península ibérica. Y la explicación que dieron los intelectuales decimonónicos de esta situación se basaba, una vez más, en la pérdida de la pureza racial característica de ciertos habitantes que, siempre según ellos, gozaban de una excelsa prosapia genética. Así que algunos hicieron remontar el problema de la mezcolanza de razas hasta aquella idílica sociedad extinta hace ya más de 3000 años: la ibera.

Los iberos, según algunos estudios, tendrían un origen común con los celtas del primer milenio antes de Cristo que invadieron Irlanda, Gran Bretaña y Francia. Al principio, los griegos utilizaron la palabra ibero para designar a las gentes del litoral mediterráneo, y posteriormente para englobar a todas las tribus de la península. Y es que lo ibérico, loable leyente, da para mucho, pues tan ancestral e importante ha sido este pueblo en la historia de España que ha dado nombre propio a una península cuya antigüedad se pierde en las brumas de la Historia.

Se sabe que el pueblo ibero se extendía de norte a sur de la España oriental, a lo largo y ancho de las fértiles tierras bendecidas por el siempre benigno clima mediterráneo, hundiendo sus raíces a lo largo de los Pirineos y la cornisa cantábrica, y aún más allá de su ancho, en el sur de Francia, aglutinando a una pléyade de aguerridas tribus entre las que cabe destacar a los ilercavones, bastetanos, elisices, suessetanos, sordones, ceretanos, airenosinos, andosinos, bergistanos, ausetanos, indigetes, castelanos, sedetanos, turdetanos, lacetanos, layetanos, cossetanos, ilergetas, iacetanos, edetanos, contestanos y oretanos; cada una de ellas de su padre y de su madre, pero unidas por una misma lengua, la ibérica, de la que no se ha podido descifrar su grafía, pero que en su fonética el euskera actual es su heredero.

Y para demostrar la veracidad de esta conjunción de pueblos, basta rastrear los nombres de muchos lares cuyo significado indica por dónde debieron ir los tiros en aquella época pretérita. «Ondar», término presente en Ondárroa, significa arena en vascuence, y como tal se encuentra también en los topónimos valencianos Ondara y Onda; lo mismo se puede decir de «sagar», manzana, cuyo rastro se puede ver en el topónimo Segarra, una comarca de Lérida. Ares del Maestre y Aras de Alpuente, dos topónimos también de la Comunidad Valenciana, comienzan por Arán, que viene a significar valle. En Murcia, junto a la ciudad de Cieza, tenemos un ejemplo muy ilustrativo. La entrada al Valle de Ricote se hace por un bello pueblo cuyo topónimo es muy similar a los usados en el norte peninsular. Allí, como hemos indicado, para referirse a un valle se usa el término Arán. El Valle de Arán es un nombre redundante, pues significa el valle del valle. Aquí, «El Valle» se diría «Ab Arán», es decir, Abarán.

Pero aunque conservamos numerosos topónimos iberos, de la pureza genética de sus habitantes poco o nada queda en la población actual debido al mestizaje que durante milenios tuvieron con ellos aquellos extranjeros que arribaron a nuestra tierra. Los primeros que le dieron pal pelo a los iberos fueron los cartagineses, los hoscos guerreros originarios de Fenicia asentados allá por el 200 a. C. en el norte de África. Como el racismo es tan viejo como las piedras, hebreos y fenicios, que pertenecían al grupo semita cuya probable cuna fue el sur de Arabia, hacían ya por entonces una peculiar clasificación de la población mundial: los judíos (ellos) y los gentiles (el resto). Una saga de caudillos apellidados Barca se estableció en el sur peninsular, en lo que hoy es Cartagena, conquistó a los iberos y desató una sangrienta guerra contra Roma, imperio que los protegía. Amilcar Barca fundó una ciudad al otro lado del río Ibero (Ebro), según se mira desde Murcia, a la que, en un ejercicio de vanidad propio de la época, le calzó su propio nombre, Barca o Barcino, término que los conquistadores romanos que vinieron después modificaron en Barcinona y que fue degenerando con el tiempo hasta adquirir su forma definitiva: Barcelona. Bueno, ahí tenemos el primer hecho diferencial de esa zona de España.

Los romanos también se tenían ellos por seres singulares, teniendo a todo animal racional fuera de su órbita por bárbaros (palabra que surgió de la conjunción de sonidos tales como «barbar», una suerte de onomatopeya que retrataba a todo aquel que no hablaba latín y no se le entendía un carajo lo que hablaba).

La gladius, la temible espada romana, fue literalmente copiada de los iberos y hecha suya por la potencia del momento, lo que da idea del desarrollo armamentístico que estos bravos guerreros hispanos habían alcanzado ya por entonces.

Los romanos no fueron más pacíficos que los cartagineses en su afán por el dominio hispano (ahí está la prueba en Numancia, cuya conquista llevó a Roma más de veinte años, pero la vamos a dejar aparte porque esta zona de España no presenta «oficialmente» ninguna «singularidad» especial), pero en este caso tuvieron un hueso duro de roer en Aníbal, el hijo del cartaginés que fundó Barcelona, que puso en jaque a la propia Roma durante 14 largos años y que perdió una sola batalla, aunque con ella la guerra. Un amigo mío le dijo a un vasco que debían su liviana presencia romana en el norte a estos ancestrales murcianos (otro pueblo que no presenta ninguna singularidad, salvo haber sido reino independiente durante unos cuantos siglos y llevar plasmado en su bandera regional las 7 coronas otorgadas por su lealtad a la Corona de Castilla). Mientras el cartaginés Aníbal partía de las costas de la futura Murcia a conquistar nada menos que Roma con un ejército bastante discreto, derrotando a cuantos cónsules se le enfrentaban gracias a su sagacidad, los norteños hispanos gozaban de paz, libertad, prosperidad y tranquilidad, bienaventuranzas que algunos utilizaron en tiempos recientes para dedicarse a dar por el saco con su supuesta singularidad, algo que ha caracterizado a sus descendientes desde entonces.

Los romanos también pusieron nombre a ciudades que eran de la órbita ibera. El general romano Cneo Pompaelus, mentado en la Historia como Magnus (Grande), invadió sin apenas oposición una de ellas y no careció de escrúpulos cuando le puso su nomen, quedando bautizada para siempre como Pompaelo, término que con el tiempo se fue deformando hasta convertirse en Pamplona (Mira tú por dónde… Y sin que aconteciera resistencia numantina alguna).

El Imperio Romano, al igual que el español, fue marchitándose y de ello se aprovecharon los godos, palabro germano que procede de «gott», bueno (en oposición al resto de los mortales, que debemos ser los «malus» de la película). Tras dos siglos y medio de permanencia en Iberia fueron derrotados por los árabes, los cuales, en un ejercicio más de autocomplacencia, se tienen por los únicos creyentes (por supuesto, de Alá), pues al resto nos consideran infieles. Y estos, a su vez, ocho siglos después, fueron vencidos por aquellos descendientes de aquellos godos que sobrevivieron en lo más inaccesible de Asturias y que abrazaban el cristianismo (cuyos más fervientes creyentes podrían, a su vez, establecer dos grandes grupos sociales en el mundo: los píos y los impíos).

El Imperio Español tuvo su sustento en el catolicismo, y fue este el que contribuyó a la postre a destruirlo, pues fue incapaz de frenar la reforma luterana. Buena parte de la Leyenda Negra Española se gestó entre nuestros propios clérigos, como hemos tenido ocasión de ver, echando mierda sobre ellos mismos como ningún extranjero sería capaz de emular.

«Cornelia Bororquia o La víctima de la Inquisición» fue una novela anticlerical de finales del siglo XVII escrita por Luis Gutiérrez, un afrancesado exfraile trinitario español que se apuntó a la moda del momento de inventar relatos para no dormir protagonizados por la curia, adornándolos con un sintético halo de veracidad que no se creía ni él mismo. Como todos los renegados, al igual que le sucediera también al tal Gavín, se vendía al mejor postor. Marchó también a Inglaterra y se hizo pasar ante un ministro británico por un enviado del rey español Fernando VII. Cuando se dieron cuenta de la suplantación que hizo de su identidad, tras quedarse con las incendiarias invenciones de su relato, en justo pago a sus inestimables servicios a la Corona Inglesa fue recompensado por los britanos con una…condena a muerte (a tomar por el culo, so-gilipollas). La trama de este trampantojo de novela refiere a la dama Cornelia, despertando los libidinosos deseos del arzobispo de Sevilla. Este, ni corto ni perezoso, la secuestra. Incómoda con esta situación, Cornelia termina por apuñalar a su raptor cuando intenta violarla. Finalmente será juzgada por la Inquisición y condenada a la hoguera por este horrendo crimen. Una bonita obra de ficción sin sustento histórico alguno que lo avale, pero una preciada carne de cañón para los luteranos.

Según Carlos Caballero Jurado, en su obra «El racismo. Génesis y desarrollo de una ideología de la Modernidad», el racismo encontró su caldo de cultivo ideológico en los países donde había crecido el protestantismo y el liberalismo. Los defensores del racismo están convencidos de que los seres humanos se dividen en razas; que las razas poseen características inmutables y que los caracteres trasmitidos hereditariamente no son solo los rasgos físicos, sino también ciertas aptitudes y actitudes psicológicas; creen también que existe una jerarquía entre razas, siendo alguna, o algunas de ellas, superiores a las otras; y que la mezcla de razas es un proceso de degeneración de las razas «superiores».

Como hemos visto, los antiguos fenicios, romanos, godos, árabes y cristianos que poblaron antaño la Hispania bien podrían responder a este patrón moderno de clasificación social. Sin embargo, durante el Imperio Español convivieron las tres religiones monoteístas más importantes del mundo: la cristiana, la musulmana y la hebrea, algo inaudito en la Historia. Y no solo eso, trabajaron juntas en la Escuela de Traductores de Toledo para enriquecer a Europa de un saber que se tenía por perdido. Sin embargo, todo esto fue en vano, y fue durante el declive del Imperio Español, en el siglo XVIII, cuando el racismo recibió el espaldarazo de la ciencia de manos de los ilustrados.

Pompeyo Gener Babot, un publicista y dramaturgo español que floreció por esta época, fue fiel exponente de la componente racista del nacionalismo catalán. Este hombre intentó explicar en su obra «Herejías» el nacionalismo catalán basándose en fundamentos «científicos». De la siguiente manera explica la situación nacional de su época:

«España está paralizada por la necrosis producida por la sangre de razas inferiores como la semítica, la bereber y la mongólica, y por expurgo que en sus razas fuertes hizo la Inquisición y el Trono, seleccionando todos los que pensaban, dejando apenas como residuo más que fanáticos serviles e imbéciles (…) Vamos dudando hace ya algún tiempo que la mayoría de España sea capaz de progreso a la moderna. Solo en las provincias del Norte y del Nordeste hemos visto verdaderos elementos, en raza, y en la organización del país, que permita esperar el desarrollo de una cultura como la de las naciones indogermánicas de origen. En el centro y en el Sur, exceptuando varias individualidades, hemos notado que, por desgracia, predomina demasiado el elemento semítico, y más aún el presemítico o bereber con todas sus cualidades: la morosidad, la mala administración, el desprecio del tiempo y de la vida, el caciquismo, la hipérbole en todo, la dureza y la falta de medios tonos en la expresión, la adoración del verbo».

Gener apunta a que el resto de España, aunque de sangre indoeuropea/aria, estaría contaminado por la sangre de razas inferiores. Con este «equipamiento» doctrinal, Gener considera que España, por influencia de sus elementos semíticos y presemíticos, está en decadencia desde la reconquista, muy en la línea de la Leyenda Negra Española. Y, por supuesto, según él, tuvo su nefasta influencia en la pureza racial de los catalanes:

«La feroz tiranía política que pesó sobre el catalán, durante siglo y medio, contribuyó a que fuera semejándose al judío; el esclavo, forzadamente es egoísta y astuto. Así, el escaso fondo de semitismo que hubiera en el pueblo catalán, triunfó del ario y se sobrepuso. El atavismo fue motivado por la agrupación, y pronto no hubo inferioridad practicada en la antigüedad allá en Ascalón, en Biblos o en Cartago que no repercutiera en nuestros puertos de Levante».

En un alarde de atrevimiento, obviando los tres milenios transcurridos, para este individuo todo el mal catalán proviene de cuando desaparecieron sus antepasados iberos.

A pesar del énfasis con que un elemento de esta calaña pueda falazmente argumentar, los acontecimientos históricos no pueden ser maquillados, por más que le quieran dar forma a leyendas fraguadas en tiempos modernos, como lo mentado del hecho diferencial o la singularidad de ciertos territorios. Porque si hablamos de singularidades, ¿Acaso no la tiene Murcia, que fue un reino independiente durante casi seis siglos, concretamente 575 años, justo el periodo que va desde 1258 a 1833?; singularidad, esta sí, que no tuvo en la vida ni Cataluña ni Vascongadas. Pero da igual, los tontos no descansan, y en esta época del neopaletismo ilustrado ha tenido que salir al plató de los estultos una edila para decir que ella es capaz de reconocer por sus rasgos fisonómicos al catalán «autóctono» (término que esta sandia debe desconocer que solo debe ser usado para clasificar a los animales y a las plantas, nunca a las personas), el oriundo de la exclusiva zona noreste de España y descendiente de los extintos iberos, para diferenciarlo del que no lo es. No sabemos si es que esta mujer ha detectado algún rasgo especial que actualmente los diferencia, bien sea en la cara, ojos, boca, culo, lóbulo de la oreja, abertura de los orificios nasales, forma particular de la dentadura o lunares. Tampoco se sabe que se haya hecho con ellos un análisis genético que demuestre indefectiblemente que proceden por línea materna mitocondrial de algún eslabón perdido de alguna de las numerosas tribus ibéricas extintas. No sabemos en qué se basa esta tunante para decir semejante majadería. Intuyo que, en el fondo, reconocerá a estos especímenes porque no hablan el español, aunque la suya sea también una lengua románica derivada del latín (las señas de identidad lingüísticas ibéricas quedaron enterradas en la Historia), y que algunos estúpidos quieren usar como lengua vehicular para demostrar un supremacismo social que no tienen ni por el forro. Es de sobra conocida la anécdota que dice que cuando en una ciudad tan cosmopolita como Nueva York, donde casi todo el mundo usa el raquítico inglés para comunicarse, cualquier extranjero que vea a un grupo aislado de catalanes hablando entre ellos su lengua, lo más inmediato que le viene a la cabeza suele ser: «Mira, allí están los españoles».

Por si fuera poca la división social que el poco útil de Zapatero provocó con su Ley de Memoria Histórica, la destrucción de la nacionalidad española y el impulso que dio a los nacionalistas vascos y catalanes, ahora viene este tontolcapullo, según la certera definición de Asimov, y sugiere que en el Consejo de Ministros haya independentistas. Es como invitar en el Consejo de la Dirección General de la Policía que planifica la investigación de los crímenes a los asesinos convictos y a los delincuentes; o que se sienten a la mesa de las deliberaciones de los mandos de bomberos a los pirómanos para determinar el origen de los incendios intencionados. Félix de Azúa Comella, escritor español, miembro de la Real Academia Española y socialista de vocación, dijo de Zapatero: «Fue espantosamente dañino. Posiblemente, el presidente más dañino de todos. Dañino porque ha arruinado el país de la manera más brutal, porque ha hecho a los nacionalistas catalanes concesiones impresionantes, porque ha permitido la entrada de Bildu en el Parlamento… La lista es inacabable pero lo más imperdonable es que dio rango de Estado a la estupidez. Puso como modelos de ministros a gente absolutamente inútil, a personas inconscientes, triviales, sin preparación y de mente raquítica».

Ahora bien, paciente leyente, si hay un espécimen autóctono hispano que goza de un supremacismo que no tiene igual en el mundo, que ha perdurado durante milenios sin mestizaje alguno, del que ninguna Leyenda Negra Española puede adulterar, y al que mi conocido vegano se ha apuntado con un entusiasmo sin límites a la degustación de su pernil, ese es el singular animal alimentado solo por bellotas…: el cerdo ibérico.

Jose Antonio Marin Ayala

Nací en Cieza (Murcia), en 1960. Escogí por profesión la bombería hace ya 37 años. Actualmente desempeño mi labor profesional como sargento jefe de bomberos en uno de los parques del Consorcio de Extinción de Incendios y Salvamento de la Región de Murcia. Cursé estudios de Química en la Universidad de Murcia, sin llegar a terminarlos. Soy autor del libro "De mayor quiero ser bombero", editado por Ediciones Rosetta. En colaboración con otros autores he escrito otros manuales, guías operativas y diversos artículos técnicos en revistas especializadas relacionadas con la seguridad y los bomberos. Participo también en actividades formativas para bomberos
como instructor.

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