Desiertos Lejanos (O no, que diría Mariano).

DESIERTOS LEJANOS
Desiertos Lejanos

 

Arde la calle al sol de Poniente, de Levante y de todos los puntos cardinales. Y es que aquí no hay playa aunque ya nos prometieron varias, pero seguimos de secano. Mientras tanto llega, Madrid es un ágora semidesierta donde los “gatos” se cuecen como centollos y los políticos están en su salsa de vacaciones cuasi constantes. Teorías del calentamiento global predicen catástrofes de guardarropía que muchos no creen, pero ahí están. Según las mismas, este incremento termométrico continuará en los próximos años y siglos, lo cual implica que la capital de las todavía existentes Españas pronto figurará en los anales —con perdón— geográficos como un lugar inhóspito, poblado de beduinos y camellos, donde encontrar un oasis sea una tarea cuasi epopéyica.

 

Dudo mucho que el cambio climático de marras se produzca; no mucho más allá de lo habitual en estas fechas, si bien lo de vestir de beduino es muy probable, pero no por el calor sino porque esta tierra esté de nuevo en manos de los infieles. Curiosa denominación, por cierto, ésta de infieles, sobre todo en su aplicación. Para nosotros los infieles eran ellos y para ellos, nosotros. Ellos siguen manteniéndolo, lo que demuestra nuestra mayor tolerancia, buenismo y gilipollez.

 

“Adiós a las morcillas, el jamón ibérico —cuando el bolsillo lo permite— y demás chacinería que constituye un glorioso manjar para los que constituimos esta población infiel y pecadora”

 

Hace años que ya no se puede uno bañarse en el Manzanares, por mucho calor que haga, pero así lo establecen las ordenanzas municipales. Pero si nos convierten prohibirían bastantes más cosas que las abluciones en ese aprendiz de río, que dijo Quevedo. Adiós a las morcillas, el jamón ibérico —cuando el bolsillo lo permite— y demás chacinería que constituye un glorioso manjar para los que constituimos esta población infiel y pecadora. Eso por no hablar de lo molesto que debe ser el tener que operarse de fimosis ya mayorcito por aquello de la tradición ritual; varios días espatarrao al sol y bajo el manto de la chilaba, una delicia, vamos. Y adiós también al tinto de verano, a las cervezas y a otros alcoholes. Aunque en esto cabe una disquisición: su profeta prohibió el vino, pero no el whisky ni la ginebra ni la “coñá”.

 

En cambio, la islamización podría traer algo bueno. Habría menos chorizos.

Share on Facebook0Tweet about this on TwitterShare on Google+0Pin on Pinterest0Email this to someone
Guillermo Emperador

Guillermo Emperador

Español, bajito, republicano y alopécico. Profesor de la escuela del maestro Ciruela, boticario y bloguero en Libertad Digital con el espantoso nick de “chinito”. Ahora autoascendido a Emperador de la tierra de las Mil Naciones (España, obviamente). Tengo un blog, una coneja y muchos amigos en la Llanura de Palmaria. Nunca pensé en escribir pero la vida es un camino que lleva por derroteros extraños.

Deja un comentario