La Leyenda Negra Española. (Parte decimosexta). La desaparición de Sefarad. Por José Antonio Marín Ayala

Expulsión de los judíos de España (año de 1492), de Emilio Sala. Museo del Prado

“El antisemitismo no descansa, ni aun con el paso de los siglos, pero solo espero que ahora nadie culpe de ello… a Sefarad”

Creo, sin temor a equivocarme, que a la sociedad actual española, especialmente a la juvenil, le importa una absoluta mierda la Historia (la que empieza con mayúscula), especialmente la de nuestro pasado como nación; esa que ha hecho posible, entre otras cosas, que nos preocupemos hoy de asuntos tan trascendentes como qué dieta voy a seguir antes de la operación bikini de este verano; de si me sienta mejor este vestido que algún tipo ha puesto de moda; de si voy a tener que hacerme estirar la cara para disimular estas putas patas de gallo; o la de seguir abanderando derechos de interés general, como la supervivencia de la luciérnaga del Nilo o el teporingo mexicano, ambos, como imagino todo el mundo debe saber, en peligro de extinción.

En nuestro mundo occidental son relativamente pocos los que tienen que salir a buscar desesperadamente qué echarse a la boca porque aquí casi nadie se muere ya de hambre; ni tampoco de que te pueda caer una bomba por una guerra perenne; nuestros antepasados ya tuvieron bastantes batallas para que hoy gocemos de independencia, paz y prosperidad. Y todo ello es fruto de nuestro preciado, y raro, Estado del Bienestar gestado por nuestros ancestros. Una civilizada armonía social que nos permite, por ejemplo, que tras una llamadita gratuita se presente la policía para que le llame la atención al vecino porque nos molesta el ladrido de su perro; o la libertad que tenemos de ir a cualquier hora del día o de la noche a un centro médico para que nos atiendan; o mejor todavía, que venga una unidad especializada en urgencias sanitarias a mi casa, con un equipo de bomberos incluido, si se tercia, para asistirme gratuitamente sobre cualquier accidente doméstico que me haya acontecido, aunque haya sido por gilipollas y por mi mala cabeza. (Y si alguien acaso duda de esto, que le pregunten a los que no tienen seguro médico en Estados Unidos, o a los que no pueden pagar por adelantado la visita al médico de paga, el tratamiento y los medicamentos en Francia, por poner solo dos casos, cómo les ha ido cuando han resultado infectados, y jodidos, con el virus de esta puta pandemia. En Estados Unidos, el gobierno ha tenido que excavar hoyos en un parque y habilitar fosas comunes para dar sepultura a aquellos que no tenían seguro para ser enterrados decentemente). En la línea del buenismo más rabiosamente populista practicado por los que nos desgobiernan, si acaso se propusiera usted no dar un palo al agua, ahora estos políticos nos agracian con un sueldo mensual de por vida (que trabaje Rita la cantaora); o también la de seguir trabajando como hacen muchos, sin nómina alguna, ganando la pasta en negro y gozando de subvenciones oficiales a gogó. No hay que ser muy avispado para ver lo que cada formación política te ofrece: paro con subsidios de calidad; o empleo precario, tú eliges.

Sin embargo, sí que nos interesa, y mucho, la historia de Perico de los Palotes, la de ese influencer de las «redes antisociales» que viste, dice, hace, innova o imita cualquier chorrada. Reconozco que cuando yo era adolescente no andaba tampoco demasiado alejado de esta ausencia de guía existencial.

Algunos versículos de nuestra Historia se la han apropiado unos tipos, incultos e ignorantes para más señas, muchos de los cuales no han dado un palo al agua en su puta vida, que los sacan a colación cada cuatro años, o incluso a veces menos, cada vez que les interesa comernos el tarro y meternos el miedo en el cuerpo sobre eso de que viene el coco, para que votemos a su peculiar formación política, pues nos quieren hacer creer con ellos al frente se van a acabar todos nuestros problemas. Así que lo único que sabemos por los «medios de incomunicación» de nuestro pasado es lo que estos manipuladores quieren que sepamos, y nada más.

La Historia ha sido deformada reiterada y deliberadamente en multitud de ocasiones con fines propagandísticos por aquellos expertos en manipulación de masas, especialmente cuando veían emerger a una gran potencia y no podían combatirla con armas. Y en esto, hay que reconocerlo una vez más, el guiri, palabro que amén de definir al extranjero, al que no es natural de aquí, también le damos el sentido peyorativo de tonto (ingenuos de nosotros), nos gana por goleada en este campo. Los españoles somos tan ingenuos que nos creemos más listos que nadie. A diferencia de nuestros vecinos europeos, nosotros somos muy dados a expresar en voz alta lo que pensamos, lo que nos hace presa fácil de estos astutos seres vivientes. Resulta cuando menos curioso que aquellos manipuladores de antaño se valieran de la Historia para enmendar la situación que les tocó vivir, como ahora lo haría cualquiera de los mediocres mandatarios que nos ha tocado sufrir. Es desolador ver quiénes gobiernan actualmente los principales países democráticos: Francia, «Reino desUnido» o Estados Unidos. Y no digamos nada de «Los Otros»: China, Rusia, Irán, Venezuela o Corea del Norte. De España no voy a decir ni pío porque a la vista está y sobran las palabras.

La imagen que muchos jóvenes europeos tienen de nosotros está subrepticiamente condicionada por una serie de tópicos que han pasado de generación en generación. Mi muy querida cuartogénita, la menor de mis retoños, estuvo estudiando un tiempo en una Bruselas de una negritud apabullante, como si de una venganza congoleña se tratara, en una residencia de esas donde se junta toda la basca adolescente europea y en la que quedan obligados, de puertas adentro, a hablar la lengua anglosajona, aunque no haya ningún britano que lo justifique. El día de la presentación, cada uno de los internados tenía que exponer qué era lo que más valoraba y lo que también le disgustada de sí mismo. Cuando le tocó el turno a una compañera de mi hija dijo que de lo que más se enorgullecía era de tener «Amigos Sin Fronteras», como aquellos que ahora tenía ocasión de conocer, sensación que creo que es generalizada en unas criaturas como las nuestras, incapaces de hacer mal a nadie y que abrazan una suerte de amigable universalidad fruto de una ingenuidad propia de su edad, lo que les hace manifestar tan gratos sentimientos. Cuando pensó en lo que menos le gustaba de ella no le vino a la cabeza con tanta fluidez la respuesta, quedando por momentos dubitativa. Entonces, un chico nórdico, noruego, danés o sueco, que para el caso todos son lo mismo, le soltó: «Tal vez lo que menos te guste es ser española». Y se quedó así, tan pancho, el tontolaba. Mi hija se quedó a cuadros ante tamaña estupidez de un imberbe que vete tú a saber de qué página del álbum familiar habría sacado esa hispanofobia que se la pisaba. Mi niña pensó que debía tratarse de un tipo tocado por los prejuicios racistas meridionales, pero no. Con los italianos, curiosamente, el trato era afable; los raros para este muchacho eran los españoles. Por eso, y por una cierta vendetta personal, me dije de poner por escrito las mentiras que los padres, abuelos, bisabuelos o los putos ascendientes de este gañán urdieron contra nosotros a lo largo de la Historia, valiéndome para tal fin de lo mucho que hay documentado para así poder mandar a tomar por el culo, con argumentos irrebatibles, eso sí, a capullos como este septentrional, o a su puto padre o madre, en vez de dejar el asunto pasar por respeto hacia el resto de sus conciudadanos, consideración que tipejos como este no tiene hacia nosotros ni por el forro.

Así que sigamos con la obra, pues, de desmantelar la falacia histórica tejida contra España.

Uno de los mantras que los hispanófobos han urdido contra nosotros, y que tiene un lugar de honor en la Leyenda Negra Española, es la expulsión de los judíos de la península en 1492, el año del descubrimiento de América, aunque ya desde fechas tan tempranas como 1391 se conminaba a los judíos a integrarse en una sociedad que buscaba probablemente una cierta modernidad y no el apartamiento que ellos mismos deliberadamente buscaban en sus juderías, evitando celosamente compartir sus ritos exclusivos y su endogamia.

Es probable que el rechazo social que desde siempre han sufrido proceda del aislamiento de sus gentes y de su excluyente y vengativa religión hebrea. Los ascendientes de los hebreos que recalaron en España eran originarios de la tierra de Canaán, una península sometida antaño a la presión de sus poderosos vecinos situados a ambos lados de los extremos de lo que se conocía como la Media Luna Fértil: el egipcio y los diversos Imperios del Tigris y el Éufrates que fueron surgiendo; aunque nunca estuvieron a salvo de las correrías que desde el norte lanzaban los pueblos asiáticos, y por oriente las provenientes de las hordas del desierto de Arabia. Así que, a falta de poderío militar, a lo largo de la Historia sus habitantes se habían dedicado a hacer pasar los artículos de uno al otro lado al precio de un substancial beneficio para ellos. En otras palabras, se hicieron mercaderes. El nombre mismo de Canaán quizá provenga de una palabra de la lengua semítica de ese antiguo pueblo que significa «comerciante». Los negociantes por lo general son prósperos y, además, suelen recalar en civilizaciones avanzadas.

Además de la ocasional necesidad de defenderse contra un enemigo común, un vigoroso factor que mantuvo unidas a las tribus hebreas fue su exclusiva religión mosaica. Y otro hecho que los hacía diferentes del resto de mortales era el rito de la circuncisión: el corte del prepucio del pene, práctica quizá resultado de la reminiscencia del sacrificio humano ofrecido a los antiguos dioses, aunque para ellos este acto suponía el pacto que habían sellado con su Dios por el cual creían ser los dueños legítimos de la disputada tierra de Canaán. Para los judíos, al contrario que para los católicos, su día sagrado, el de descanso, es el sábado y no el domingo. Los 613 preceptos de la ley que siguen los judíos rigen cualquier ámbito de su vida, desde su forma de vestir, alimentarse o cuándo realizar su primer corte de pelo. Estas costumbres contrastaban mucho con las de las sociedades donde supuestamente se integraban, lo que los hacía parecer a ojos de muchos occidentales más raros que un perro verde.

Las razones que han esgrimido los autores de nuestra leyenda negra para justificar la expulsión de los judíos de España son numerosas. Por un lado, como no podía ser de otra forma, le echarían la culpa a la intransigente Inquisición Católica, aunque había sido fundada tan solo una decena de años antes. Pero entonces habría que explicar cómo estuvieron conviviendo durante casi mil años las tres religiones monoteístas en España. Aunque hubo períodos de paz y guerra, momentos de tregua y de enfrentamiento, cada grupo tenía una lengua, creencias y costumbres diferentes, aunque estaban unidos por la necesidad de entenderse y la única manera de hacerlo era respetándose y colaborando.

Otra razón para explicar la expulsión sería la codicia económica de la curia católica, argumento que podría ser plausible si no fuera porque los judíos andaban ya por esas lejanas fechas de 1492 de capa caída en sus negocios. Sin embargo, para quien especula de esta forma no es un argumento nada nuevo. El rey Felipe IV de Francia, apodado también «El Hermoso» (otro pajarraco mujeriego), ya se había valido en 1307 del Papa Clemente V para acusar falsamente a los Caballeros del Temple, los verdaderos banqueros europeos de la Edad Media, para condonar, mediante el arte de la detención y posterior ejecución de sus Maestres, las enormes deudas contraídas con ellos y, de paso, embolsarse su inmensa fortuna y bienes. Hay que tener en cuenta que la mayoría de los templarios venían de familias de alta cuna y que cuando ingresaban en la Orden, en su testamento dejaban por escrito que cedían a ella todo su patrimonio, viviendo de acuerdo a la regla que imperaba en la institución, que no era otra que la austeridad propia de sus votos monásticos: pobreza, castidad y obediencia.

Otra razón esgrimida sobre las razones de la expulsión judía era que la reina Isabel era una fanática intransigente, lo cual no se sostiene en modo alguno con lo recogido en su testamento, donde ordenaba respetar a los indígenas del Nuevo Mundo y tratarlos como hombres libres, como cualquier ciudadano del Imperio Español (circunstancia que contrasta sobremanera con el trato que franceses, ingleses y belgas daban a sus colonizados: el exterminio sistemático sin piedad). Además no cabe imputársele a la soberana racismo alguno, por cuanto siempre estuvo rodeada de consejeros judíos. Es cuando menos curioso observar que mientras nuestros enemigos ponían el énfasis en la mezcla racial semítica de la sangre de los españoles, con la consecuente decadencia de la raza visigótica, acusaban al mismo tiempo a los Reyes Católicos de haberlos expulsado de España (precisamente fueron los alemanes nazis, a fin de recuperar su supuesta pureza aria perdida, los que se propusieron exterminar al pueblo judío).

Otra explicación del gusto de estos obscenos intelectuales sería el desmedido afán del rey Fernando El Católico de dineros (otra comparativa con lo que hizo el rey francés antaño: piensa el ladrón…). Pero resulta que la cara financiación de la incierta expedición de Cristóbal Colón fue posible gracias a las saneadas cuentas de España bajo el gobierno de los Reyes Católicos; antes el genovés lo había intentado con Inglaterra y Portugal, sin que de las depauperadas arcas de estas «superpotencias» pudiera rascar un solo Real de a Ocho.

Otra causa que aducen los especialistas es que los «menudos», o sea, la gente humilde, desarrollaron un antisemitismo rencoroso frente a la prosperidad que gozaban judíos y conversos (sería la versión primigenia de la que beberían después los desvergonzados ciudadanos alemanes, cuando la tomaron con los judíos durante el régimen de Adolfo Hitler). Sin embargo, la imagen de un judío rico a lo Rockefeller, o a lo Rothschild, está muy alejada de la realidad del momento de 1492, donde podían convivir judíos pudientes que ejercían profesiones muy diversas, desde médicos a artesanos, con otros mucho más pobres.

Menos mal que hay serios y honestos investigadores que han desempolvado los numerosos escritos en los que los antiguos españoles dejaban constancia de cualquier aspecto de la vida corriente en el Imperio, y que todavía hoy conservamos. El historiador francés Joseph Pérez, en su «Historia de una tragedia. La expulsión de los judíos de España», reconoce que «en vista de la documentación publicada sobre fiscalidad y actividades económicas, no cabe la menor duda de que los judíos no constituían [en 1492] ya una fuente de riqueza relevante, ni como banqueros ni como arrendatarios de rentas ni como mercaderes que desarrollasen negocios a nivel internacional. Es lo que confirma la situación en 1492, y en los años siguientes […]. La expulsión de los judíos produjo problemas a nivel local, pero no una catástrofe nacional. Es a todas luces descabellado atribuir a aquel acontecimiento la decadencia de España y su pretendida incapacidad para adaptarse al mundo moderno. Todo lo que sabemos ahora demuestra que la España del siglo XVI no era precisamente una nación económicamente atrasada […]. En términos estrictamente demográficos y económicos, y prescindiendo de los aspectos humanos, la expulsión no supuso para España ningún deterioro sustancial, sino solamente una crisis pasajera, rápidamente superada».

Los primeros que gestaron la idea de que la decadencia hispana fue consecuencia de la expulsión de los judíos fueron precisamente ellos mismos. Los judíos recalaron de nuevo en algunos países donde siglos antes habían sido expulsados; los oriundos de aquellas tierras donde recalaban se valieron de estos exiliados por partida doble para servir de alimento a la Leyenda Negra Española. Según la historiadora española María Elvira Roca Barea, «cuando se produjo la expulsión en 1492 se desató una literatura profética fenomenal en las comunidades sefarditas que se desparramaron por Europa, principalmente en los Países Bajos. Estos grupos jugaron un papel muy destacado en la consolidación de una imagen negativa de España, a pesar de su constante nostalgia de Sefarad. Cualquier contratiempo o revés sufrido por la Monarquía Católica fue interpretado como el resultado del maltrato y la expulsión que los judíos habían sufrido. El declive del poder español en Europa no podía tener otra causa (…) Esta pequeña comunidad judía, mayoritariamente sefardita, se vio reforzada durante las guerras jacobitas por su apoyo decidido a la causa de Guillermo de Orange». Según Ricardo García Cárcel, historiador y ensayista español, para los judíos esta diáspora fue la causante de «la muerte de los hijos de la reina Isabel y la pérdida de la Armada Invencible, pues eran una intervención de Jehová para vengar a su pueblo maltratado».

Menasseh Ben Israel fue un judío originario de Madeira, Portugal, fundador en 1626 de la primera imprenta hebrea en Ámsterdam. Publicó allí varias de sus incendiarias obras, tanto en castellano como en latín, y fue, con la mala baba que caracteriza a cualquier fanático religioso, y en la línea de muchos versículos del Antiguo Testamento redactados por sus antepasados (aun cuando fue con inspiración divina), uno de los muchos que profetizaron la destrucción de España; decía este hombre de su, hasta hacía poco tiempo, amada Sefarad que es «una tierra de oscuridad y tinieblas donde los judíos han sufrido tanto como en Egipto. Pero Yahvé nunca abandona a su pueblo y la venganza de Dios llegará, como ocurrió con Pompeyo, que se apoderó de Jerusalén en 63 a. C. y acabó su vida asesinado; como Sisebuto, que obligó a los judíos a convertirse y murió envenenado. Véase el fin que tuvieron. Ella, la reina, Isabel la maldita, padeció hastío de su vida y, devorada la mitad de su cuerpo por una llaga perniciosa y fija que se llama cáncer, murió». (Reconozco que para algunos individuos resulte un consuelo en vida relamerse de gusto sobre la forma más o menos traumática con la que sus adversarios, sus enemigos, o simplemente aquellos que no comulgan con su ideología o religión dejan este mundo, pero aunque invoquen para ello a una supuesta deidad buena y misericordiosa, no deja de ser una diabólica forma de pensar, más propia de Satanás que del Altísimo).

En el siglo XIX floreció la llamada «Haskalá o Ilustración judía», un movimiento que pretendía la integración de los judíos en las sociedades en las que vivían y su abierta participación en ellas. La idea fundamental era una suerte de aperturismo cuya finalidad, como dice Barea, era «salir del gueto, no solo física sino también mentalmente. Supuso también un renacimiento de la cultura secular judía y un compromiso claro de los judíos con la vida política de los países en los que residían». Para facilitar su integración en Inglaterra prestaron la munición hispanófoba que los anglosajones demandaban de ellos. Haskalá es responsable también del desarrollo del sionismo, un movimiento político que nació con la idea de hacer un Israel independiente en la zona donde antaño fueron expulsados. (La creación, en 1948, del estado de Israel a cuenta de una parte de los territorios de la Palestina árabe ha estado, y aún lo está, plagada de enfrentamientos bélicos entre los dos países, de los que no se atisba un pronto final).

Nuestros decimonónicos intelectuales hispanobobos, influenciados por la propaganda de nuestros enemigos, se apresuraron a cargar las tintas en esta única causa, la de la expulsión de los judíos de 1492, para justificar el declive que sufría en esos momentos el Imperio Español, aun cuando para ello tuvieran que retrotraerse tres siglos atrás en las coordenadas espacio-temporales (pero mira que hay que tener los güevos gordos). Roca Barea lo define magistralmente:

«Es difícil imaginar un planteamiento más conveniente para las atormentadas generaciones del siglo XIX: las razones del ocaso están allí y no aquí». A eso se le llama mirar para otro lado o, futbolísticamente hablando, echar balones fuera y eludir cualquiera de sus responsabilidades.

Y no solo los intelectuales decimonónicos eran de esta opinión, los de ahora se suman también alegremente a este punto de vista, de manera maliciosa, perversa y borde como solo unos tipos retorcidos y amargados saben hacerlo, lanzando por sus sucias bocas toda esta mierda de mentiras, poniéndonos a la misma altura que la de sus más horripilantes criminales. Como dice Roca Barea, sostienen el argumento «según el cual la historia de España está condenada desde sus inicios por la expulsión de los judíos en 1492, lo que la privó de la única gente con talento para las ciencias y para los dineros (…) En este proceso previsto por Jehová terminarán igualándose la expulsión y el Holocausto tras la Segunda Guerra Mundial, idea frecuente en la historiografía anglosajona hasta hoy».

Barea considera que «la lógica consecuencia es una inmensa literatura histórica que trata de las “causas” de esta expulsión frente al hecho palmario de que ha habido expulsiones y persecuciones de judíos en Europa Occidental y Oriental por docenas y no se buscan esas causas con tanto empeño». Como comentamos en un capítulo anterior, Eduardo I había expulsado a los judíos de Inglaterra en 1290; y Francia hizo lo propio en 1306. Y además, como también apuntamos, sin que se diera a los hebreos la más mínima posibilidad de convertirse, ni de enajenar sus bienes, como sí lo hizo España con ellos.

Sin embargo, como bien dice Roca Barea, «tenemos entonces que un mismo hecho, el antisemitismo universal y su rosario de expulsiones y persecuciones, se transforma en el caso particular de la historia del Imperio Español en una circunstancia única, de consecuencias extraordinarias e irrepetibles, una catástrofe anunciada que, como las profecías, condena a aquel imperio desde el principio a la barbarie y la decadencia. Que la relación causa-consecuencia esté completamente desquiciada no importa porque la conexión judía es un aliviadero colosal para unas élites que se niegan a asumir su responsabilidad».

Hasta fechas tan recientes como 2009, Basilio Baltasar, director de la Fundación Santillana, afirmaba que nuestra incapacidad actual como nación tiene su origen en aquella expulsión de 1492. Ahí es nada.

Desde el ataque del 24 de mayo de 2014 contra el Museo Judío de Bélgica, en Bruselas, en el cual un hombre armado abrió fuego matando a cuatro judíos, la comunidad judía ha sufrido numerosos atentados y ha ido abandonando paulatinamente la vieja Europa, volviendo muchos de ellos a Canaán, la actual Israel, la tierra prometida de la que fueron expulsados hace casi tres milenios. El antisemitismo no descansa, ni aun con el paso de los siglos, pero solo espero que ahora nadie culpe de ello… a Sefarad.

Jose Antonio Marin Ayala

Nací en Cieza (Murcia), en 1960. Escogí por profesión la bombería hace ya 37 años. Actualmente desempeño mi labor profesional como sargento jefe de bomberos en uno de los parques del Consorcio de Extinción de Incendios y Salvamento de la Región de Murcia. Cursé estudios de Química en la Universidad de Murcia, sin llegar a terminarlos. Soy autor del libro "De mayor quiero ser bombero", editado por Ediciones Rosetta. En colaboración con otros autores he escrito otros manuales, guías operativas y diversos artículos técnicos en revistas especializadas relacionadas con la seguridad y los bomberos. Participo también en actividades formativas para bomberos
como instructor.

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