
«¿Estamos en manos de alguien con un criterio muy particular de lo que es una democracia o lo estamos en manos de alguien que podría ser peligroso para su país?»
Estaba yo viendo si llovía, pero no, todo estaba en calma. El cielo presentaba un color azul claro, apabullante, un verdadero ejemplo de color cian. Pero… ¿por qué tenía esa sensación? ¿Estábamos abandonados de la mano del Altísimo? ¿Del altísimo gobernante que tenemos por estos lares y parroquias? Pues la verdad es que no lo sé. Nunca he creído en dioses y menos en endiosados. Los dioses sí están por aquí, como elementos incorpóreos. Se integran social y culturalmente en las sociedades; se aceptan y respetan. Esto es lo mínimo que un ser humano, por muy ateo que pueda ser, debe comprender y aceptar.
No podemos creer a pies juntillas todo, pero sí se puede creer que hay personas cuyas creencias son para ellos indiscutibles. Pero, sobre todo, esas verdades íntimas hay que respetarlas, siempre que no traten de imponerlas a todos. De hecho, es bastante absurdo presentar peros al pensamiento de cada persona. Se pueden poner peros a las teorías científicas, incluso sociales, pero no se le pueden poner a la intimidad neuronal religiosa de los seres vivos pensantes. Los pensamientos religiosos pueden ser tan variados como variados son los esquemas neuronales de cada uno de nosotros.
Si ya es difícil encontrar a dos personas fenotípicamente idénticas, más aún lo sería que fueran intelectualmente iguales. Pero eso sí, los gobernantes, que representan a grandes grupos de individuos, sí están obligados a pensar para el bien común, independientemente de los individuos que los hayan votado, aunque sea renunciando a sus propios deseos. Deben mantenerse en los postulados generales del pueblo, máxime si estos están expuestos en una Constitución votada por todos.
Lo que no pueden hacer los dirigentes de un país es acomodar esa Constitución a sus intereses particulares, sobre todo si estos persiguen adquirir fama y prestigio frente a pares suyos en otros países. Este debería ser el comportamiento prudente para no perder la credibilidad frente a otras naciones. Todo lo que un presidente pueda querer para su país no tiene por qué coincidir con toda la población para la que gobierna, pero sí debe mantener los postulados acordados en el parlamento nacional. Es mejor tomar decisiones que afectan a todo el país con el acuerdo de todos los grupos políticos, pues se evitarán problemas y distensiones posteriores. No parece tener esto claro el actual presidente del gobierno, que a todas luces parece ir por libre, incluso de su propio partido.
De hecho, desde el día en que agarró un volante de automóvil y se puso a recorrer como un poseso todas las sedes regionales de su partido para conseguir ser alzado a la presidencia del mismo y candidato a la jefatura del gobierno, no ha parado. Y es por todo esto por lo que alguien debería dilucidar si estamos en manos de alguien con un criterio muy particular de lo que es una democracia o lo estamos en manos de alguien que podría ser peligroso a la larga para su país. Yo no lo sé, pero tal vez ustedes sí lo sepan.
Y es por todo esto que he expuesto por lo que empezaba diciendo que: Estaba yo viendo si llovía, pero no, todo estaba en calma. El cielo presentaba un color azul claro, apabullante, un verdadero ejemplo de color cian. Pero… ¿por qué tenía esa sensación? ¿Estábamos abandonados de la mano del Altísimo? ¿Del altísimo gobernante que tenemos por estos lares y parroquias? Pues la verdad es que no lo sé. Nunca he creído en dioses y menos en endiosados. Los dioses sí están por aquí, como elementos incorpóreos. Se integran social y culturalmente en las sociedades; se aceptan y respetan. Esto es lo mínimo que un ser humano, por muy ateo que pueda ser, debe comprender y aceptar. Salvo que los dioses sean como los dictadores que hacen de su capa un sayo, como por ejemplo Putin.

