
«Puede que el oráculo, en este momento, no se atreva ir más allá en sus augurios en que la luz de la esperanza, nos va a salir también bastante cara»
Quien sabe, lo mismo esto, lo que ocurre y concurre, no es más que un mal pasajero, coyuntural o cíclico para dar valor de certeza a aquello de “cada cierto tiempo el mal acude entre los vivos”. O igual no, sino que es más producto de causalidades mal dadas que llegaron para quedarse y cambiar nuestra manera de vivir.
El caso sea, si un oráculo se nos pusiera a disposición para poder preguntarle por el porvenir, es dudoso que hubiese un momento más propicio para lo imprevisible. Ya se habla, a voz en alto, de una posible “crisis sistémica”, esa que hiere y rebaja, aún más, la consistencia de los más débiles; esa que no tiene compasión alguna con los jóvenes que una vez formados hasta el hastío, ven como las oportunidades de un futuro digno se van por el desagüe de la esperanza.
Esta incertidumbre, a la que nadie con responsabilidad política de gobierno se atreve realmente a llamar por su nombre, amaga con ahondar en el estuario de la pobreza y, aunque desborda a cualquiera, se tiende a relativizar e incluso a minimizar. Se vive a declaración oportuna, de vida corta y desmentida tantas veces por la realidad y bajo las circunstancias políticas del momento.
Una constelación de argumentarios cocinados de partido sale continuamente de la fábrica, ya preelectoral, que no para, continua y que echa humo a medida que los acontecimientos, tan cambiantes carburan. Porque si las diferentes calamidades que hoy pinzan nuestro devenir, no tuvieran por si solas significado, se ciñen en un año previo a citas con las urnas.
Si las elecciones, a diferentes “reinos”, son objeto de las definiciones más poéticas, como “la fiesta de la democracia”, los preparativos de la misma son el corazón del reparto de la felicidad posterior para las diferentes formaciones políticas. Menos ponerse “todos a una”, indistinto el color, para hacer frente común a este duro presente e incierto futuro, cada cual intenta minimizar el zarpazo de la calamidad a sus expectativas electorales y que están por llegar, también.
Durante los meses que estamos, y los que vendrán, reuniones congresuales de partido y la posterior confección de listas para postularse al mando, ambientarán aún más con sus descartes, inclusiones, codazos y coces el panorama actual y el venidero y la pregunta sobre «¿qué tiene que pasar para qué la unidad nos ampare» seguirá en el aire de las cuestiones sin respuesta.
Incertidumbre, confusión y egoísmo, todo junto, es la fuente preferida en la que puede beber el dislate que nos ronda y que, ya, en algunas circunstancias, nos asola. Se comprende la competencia y rivalidad de las diferentes agrupaciones políticas -forma parte de la identidad de sociedad democrática-, pero cuando la vida entra en algún estado excepcional, las necesidades son otras y las responsabilidades se elevan.
Puede que el oráculo, en este momento, no se atreva ir más allá en sus augurios en que la luz, no la eléctrica de por si en las nubes, sino la de la esperanza, nos va a salir bastante cara.

