La genética de nuestra conducta. Por José Antonio Marín Ayala

La genética de nuestra conducta

«Lo de luchar por sobrevivir en un mundo cada vez más competitivo ha sido la tónica del ser humano a lo largo de los tiempos»

Si pudiéramos pasar a alta velocidad una película con los numerosos fósiles de los seres vivientes que hemos podido recuperar hasta el momento podríamos seguir la evolución que han sufrido a lo largo de los eones. La multitud de especies que hay actualmente en la Tierra y las que poblaron en tiempos pretéritos nuestro planeta no son sino la manifestación de unas pocas que en origen se fueron transformado en otras, movidos sus integrantes por la ciega lucha por la supervivencia, especialmente cuando de evitar ser engullidos por otros más fuertes se trata. Y no piense usted, como erróneamente se creyó durante mucho tiempo, que la evolución la provoca la especie en su conjunto, como si se tratara de una suerte de comunión patriótica; no, es obra exclusiva de cada uno de los individuos que forman el grupo movidos por los genes egoístas que han diseñado y gobiernan su particular «máquina de supervivencia».

Antes de la Revolución Industrial inglesa existían unas polillas moteadas que cuando se posaban sobre las fachadas de los edificios londinenses pasaban desapercibidas para los depredadores. Cuando la quema del carbón oscureció la ciudad quedaron a la vista de los que se alimentaban de ellas y casi desaparecen. Algún ejemplar debió presentar algún cambio genético casual que hizo que su aspecto fuera más oscuro. Estas sobrevivieron y también sus descendientes, porque ahora volvían a camuflarse con el nuevo paisaje urbano. Ha sido solo hasta época reciente cuando investigadores británicos han podido encontrar el gen responsable que hizo que esta original polilla mostrara esta transformación en su aspecto condicionada por el ambiente.

Reconozco que esta expresión, la de «máquina de supervivencia», concepto acuñado en 1975 por el biólogo inglés Richard Dawkins, me impactó bastante cuando lo leí por primera vez, y mucho más cuando su autor lo explicaba y ponía numerosos ejemplos vivientes en su ya clásico tratado «El gen egoísta. Las bases biológicas de nuestra conducta». Venía a decir que los seres vivos somos máquinas de supervivencia diseñadas por los egoístas genes que llevamos dentro; y afirmaba que actúan así con el único fin de perpetuarse a lo largo del tiempo replicándose en otras máquinas de supervivencia, una idea que explicaría cosas tan comunes como el atractivo que sienten los sexos (especialmente los opuestos) y esa muchas veces irracional decisión (tal y como está de cara la vida hoy) de traer una criatura al mundo. Claro que como toda teoría científica revolucionaria no todos comparten sus postulados. Pero suponiendo que esta conjetura fuera cierta, crear y mantener durante años en buenas condiciones una máquina de supervivencia debe ser muy costoso para sus diseñadores, los genes, desde que se fecunda el óvulo hasta que el organismo se hace viejo, por lo que es de suponer que en cierto momento de su existencia no debe tener mucho sentido para ellos mantenerla viva si ya no es capaz de transmitir una copia de sus genes a otro organismo. Esto explicaría, nos guste más o menos, que todos tenemos un final. En definitiva, Dawkins venía a decir que los seres vivos tenemos fecha de caducidad, en tanto que los genes son inmortales. Claro que una argucia para alargar nuestra longevidad sería hacerles creer a esos tiranos que portamos dentro que aún somos capaces de servir a sus propósitos egoístas. Y este engaño podría materializarse manteniéndonos jóvenes, vigorosos y, sobre todo, teniendo sexo a menudo. Pero, ay, qué más querría uno; desgraciadamente todo apunta a que ocurre todo lo contrario conforme uno se va haciendo mayor.

Lo de luchar por sobrevivir en un mundo cada vez más competitivo ha sido la tónica del ser humano a lo largo de los tiempos. Allá donde no falta el sustento las personas han ganado en longevidad y en bienestar. Incluso el ser humano ha sido tan ingenioso que ha creado una «realidad imaginada» con la que establecer una suerte de respeto al prójimo. La tendencia egoísta que parece guiar a la especie humana ha sido contrarrestada a través de los siglos mediante normas éticas, morales y religiosas, muchas de las cuales rivalizan con los propósitos de los genes, y así hacer que la convivencia entre tantos seres humanos sea posible. Hay un número destacado de humanos que habita el llamado «Primer Mundo», especialmente ese 10 % de la población mundial que vive en la llamada «Sociedad del Bienestar», que ha desactivado gran parte de las alertas tempranas que pueden indicarle en un momento dado a sus genes egoístas que su vida está en un inminente peligro, haciéndoles creer que el mundo es un lugar seguro y que todos los seres humanos, puesto que gozan de la misma apariencia corporal que ellos (es decir, poseen dos orejas, sendos ojos, manos, brazos, piernas y hasta un cerebro), son iguales allá donde uno se mueva por la Tierra; y que gozan, además, de los mismos pensamientos positivos de amor y bienaventuranza hacia el resto de los mortales que los que una persona noble y con principios pueda abrigar en su ser.

Este estado irreal y antinatural de felicidad de nuestros días, inspirado por el consumismo y acurrucado en el mentado Estado del Bienestar, no es más que una tendencia que los manipuladores y egoístas de siempre, los que no han tenido el caldo de cultivo propicio para ascender al poder y convertirse en tiranos y genocidas consumados, esos que no gozan de ninguna empatía por los demás y miden su bienestar solo por el dinero que sin mesura amasan, han puesto de moda en nuestros tiempos para que su industria les genere dinero a espuertas a costa de la ingenua peña. Ahora vendría bien a colación aquello de que «el dinero es el sustituto técnico de Dios», que es lo que al fin y al cabo mueve a algunos especímenes humanos y, en particular, a esta subespecie de «sapiens depredator». Y es que el poder de mandar y ser obedecido es la seña de identidad que llevan en sus genes estos perversos seres vivos.

Se supone que no tiene cabida ya en nuestra acomodada sociedad el pesimismo, el pensamiento negativo, la melancolía y, en definitiva, el escepticismo cuando alguien nos quiere vender la moto. Pero resulta que la felicidad es un concepto puramente humano, tan abstracto y tan difícil de definir que ni siquiera está en los planes de la Naturaleza, ahora que tanto invocan los medioambientalistas su sabiduría. Es más, no estar alerta ante el peligro nos hace especialmente vulnerables. «Sola y borracha quiero volver a casa» no es solo una obscena expresión de apología al alcoholismo, impropia de un mandatario aupado hasta los órganos de poder gracias a nuestro singular sistema democrático, es también una aspiración fútil mientras delincuentes potencialmente peligrosos y reincidentes anden sueltos por las calles gracias precisamente a estúpidos gobernantes como los que afirman tales sandeces que votan en contra de una proposición de ley para ampliar el ámbito de acción de penas realmente duras como lo es la prisión permanente revisable.

Los influencers, pagados por estos tipos egoístas, a través de las redes antisociales nos trasmiten hoy el mensaje de que hay que ser feliz al precio que sea, en esta suerte de «happycracia» fomentada por los resentidos de siempre que, en definitiva, lo que pretenden con nuestra candidez es nuestro control y sumisión. Y aquí entra en este selecto grupo personajes que no practican las estupideces que les marca la «industria del pensamiento positivo» que ellos mismos abanderan, actividad que se estima genera 11000 millones de dólares al año, porque ellos son los que, con el ceño fruncido y una mala hostia que se la pisan, aspiran a controlar a los demás al precio que sea. Algunos autócratas en ciernes de nuestros días hasta lo reconocen en público escribiendo sus propios «manuales de supervivencia», para que a nadie le quepa duda alguna por dónde van sus oscuros anhelos.

Pero no vaya usted a pensar que esto es algo exclusivo de nuestro tiempo. Es tan viejo como la vida misma (recuerde el pan y circo con que los emperadores romanos agasajaban a la plebe tras un triunfo, aunque siempre hubiera uno que se encargara de susurrarles al oído durante su marcha gloriosa por la Ciudad Inmortal que era tan mortal como los demás), pero la manera metódica de cómo hacerse con el poder arranca con fuerza en el Renacimiento, en esa época en la que el ser humano se quita de un plumazo el temor a Dios (o a los dioses) y ocupa su lugar la diosa ciencia (curiosamente, la misma que por los razonamientos antes dados ha demostrado por qué no podemos ser felices). Y hubo muchos filósofos que marcaron el camino a seguir de estos cabecillas que tantas desgracias han causado a la humanidad por sus desbocadas ansias de poder. Y aunque algunos estudiosos han venido en llamar a la década de los noventa del siglo pasado con el sugestivo nombre de «El fin de la Historia», en clara alusión al final de la Guerra Fría materializada por la caída del muro de Berlín y la consiguiente desaparición de la Unión Soviética, así como la preeminencia en el mundo de las democracias liberales frente al empuje del comunismo, cuya encarnizada lucha ideológica contra el fascismo desembocó en la Segunda Guerra Mundial, lo cierto y verdad es que estos perros no mutan, aunque lleven otro collar en la actualidad, máquinas de supervivencia cuyos gentes egoístas continúan escribiendo sus páginas oscuras en la Historia. Y solo tenemos que echar un vistazo a algunos dirigentes actuales del mundo: Corea de Norte, Rusia y algunos más.

«Para que triunfe el mal basta con que los hombres de bien no hagan nada» decía Edmund Burke, filósofo y político conservador británico que floreció en el siglo XVIII. Y esto bien podría explicar las guerras y los holocaustos perpetrados por algunos de estos infames a lo largo de la Historia, bien por mirar estos sabios para otro lado ante estos peligros o bien por exhibir cierta condescendencia con estos tiranos.

Hay en el mundo bastantes individuos que no tienen el menor escrúpulo hacia sus semejantes, en consonancia con lo que cabría esperar de sus egoístas genes. Un jefe de policía, amigo mío, experimentado en cuestiones criminalísticas me decía que a pesar de todas las prevenciones que uno pueda tener durante su vida todo se resume en una cuestión de suerte (o de mala suerte, según se mire): «Si un día tienes la desdicha de que se interponga en tu camino uno de los muchos hijos de la gran puta que andan sueltos entre la gente de bien te puedes dar por jodido». Probablemente no exageraba; no tenemos más que ver las noticias con que la cajita tonta nos regala a diario para comprobar que nos acechan peligros insospechados a cada momento; y que la gente la joven, la mayor, y hasta los niños la palma a manos de otra gente, muchas veces de manera premeditada, despiadada y sin avisar.

Que en este mundo que nos ha tocado vivir hay gente empática y ecpática, con sentimientos humanos hacia los demás y sin ellos, y en definitiva, personas buenas y también malas es tan obvio que no creo descubrirle a usted nada nuevo. Siempre se ha tomado como paradigma del mal a Adolf Hitler, a tenor de las dotes de egocéntrico, ecpático, histriónico, antisocial, genocida y unos cuantos epítetos más que exhibió en vida; pero lo que acaso muchas personas desconozcan es que Stalin, su gran rival en la guerra, le superó con creces en cada uno de los renglones torcidos que tenía de una personalidad carente de humanidad. Stalin cuenta en su haber con 23 millones de asesinatos a sus espaldas, frente a los 16 del alemán (seguido muy de cerca, con 15 millones, por Leopoldo II, genocida cuyas esculturas en su honor pueden verse todavía hoy luciendo esplendorosas en las calles de Bruselas, ciudad de ese fallido estado que es Bélgica, su tierra natal), siendo los tres juntos ampliamente superados por el camarada Mao, con 78 millones de muertos en su haber. Como la historia la escriben los vencedores, la doctrina comunista, tan perniciosa o más que el fascismo, lejos de sucumbir ha llegado intacta hasta nuestros días.

Hitler tenía un sentimiento fraternal hacia algunos de sus parientes del que carecía el también asesino de masas Stalin. Mandó a la guerra a dos de los sobrinos que más adoraba, a pesar de que uno de ellos era de su medio hermano, con el que apenas cruzaba palabra. Ambos fueron apresados durante la contienda por los soviéticos, al igual que hizo el ejército alemán con Yákov, el hijo de Stalin. El perturbado bolchevique no permitió el intercambio de Yákov por ninguno de ellos. Hitler le propuso incluso canjearlo por el alemán Friedrich Paulus, el gran derrotado en la batalla de Stalingrado, a lo que Stalin contestó: «No voy a cambiar a un soldado por un mariscal de campo», sentenciado con ello a su primogénito a una muerte horrorosa en un campo de concentración alemán.

Es también una realidad que hay ocupaciones que por alguna razón ignota parecen ser nido y acomodo natural del carácter de muchas personas. La profesión de bombero, por poner un modesto ejemplo, es una de las mejor valoradas por la sociedad de hoy. Según una encuesta realizada en 2014 a casi treinta mil personas por GfK Verein, organización sin ánimo de lucro para la promoción de investigaciones de mercado, sobre la confianza que tenían en 30 diferentes profesiones relacionadas con su día a día, la de bombero ocupó el primer lugar en 15 de los 25 países consultados, concretamente en España, Bélgica, Holanda, Reino Unido, Francia, Canadá, Estados Unidos, Suiza, Brasil, Alemania, Argentina, Italia, Austria, Rusia y Polonia. En España fue la profesión más valorada por los 1020 ciudadanos encuestados, seguida de cerca por la de enfermero, farmacéutico y profesor. Alcalde, banquero y político, en cambio, en este orden descendente son las más denostadas. Y no crea usted que esta valoración fue un hecho puntual aquel año; desde hace bastantes más se mantiene esta misma proporción en la opinión de las gentes.

No en vano, los integrantes de las que ocupan los primeros puestos de este ranking suelen caracterizarse por una entrega y generosidad hacia los demás que a veces raya el sacrificio personal. Aunque son muchas las razones que arrastran a muchos jóvenes a elegir una profesión de alto riesgo para su integridad como es la de bombero, una en la que coinciden cuando se les pregunta es la especial motivación que sienten cuando hacen el bien por el prójimo.

Los que ocupan la última plaza en este listado de profesiones mejor valoradas también prestan, o deberían estar ahí para prestar, un servicio a los demás, pero lo cierto y verdad es que muchos de ellos llegan a ese estadio de poder con oscuros propósitos. Aunque no deberíamos generalizar en estos asuntos, pues hay personas también honestas, la realidad es que la corrupción parece ser más una norma en estos entornos que la excepción. El dramaturgo, novelista y poeta francés Louis Dumur decía que «la política es el arte de servirse de los hombres haciéndoles creer que se les sirve a ellos».

Fíjese usted que una actividad tan benefactora como la bombería, cuyos integrantes en el ejercicio de sus funciones parecen contravenir los designios de sus egoístas genes cuando se dan con entusiasmo a los demás, puede conducir a situaciones muy desagradables. Un 6 de febrero de 2000, un tipo inmerso en una peligrosa fuga de gas inflamable provocada por él mismo se apostaba con su escopeta de caza tras la puerta de su casa, en Valencia, y mataba a tiros a una vecina, dos policías y un bombero que habían acudido a socorrerle.

Hay también otros casos difíciles de entender si no es con la ayuda de la teoría del gen egoísta. Dawkins pone el ejemplo de una madre que se juega el tipo defendiendo su cría exponiendo su propia vida a un depredador; la explicación que da es que son sus propios genes los que la impulsan a esta actividad tan altruista; al fin y al cabo ella ha vivido lo suficiente, pero no así la máquina de supervivencia donde van los genes egoístas que depositó.

Cabría, en cambio, preguntarse qué beneficios obtiene una máquina de supervivencia que se arriesga a exterminarse sin que haya ninguna relación afectiva de por medio. Es evidente que hay algún mecanismo oculto que desencadena esta reacción, porque según la «teoría del gen egoísta» solo cabría tener en el reino animal máquinas de supervivencia que solo miraran por ellas mismas y su descendencia.

Un antiguo profesor mío decía que todo en la vida es química, y dicen los que estudian estas cosas que la actividad en extremo generosa que retrata a la gente de bien se relaciona con la vasopresina, una hormona que segrega el cuerpo en determinadas circunstancias y que proporciona una sensación tan placentera a su portador que explicaría en parte su altruismo hacia los demás.

Por contra, un comportamiento egoísta y dictatorial se relacionaría con la incapacidad del sujeto para activar esta sustancia, aunque no es menos cierto que el entorno social influye, y no poco, en que a la postre el individuo muestre una actitud filantrópica o egocéntrica. Tanto Hitler como Stalin tuvieron una desdichada infancia que debió corregir poco su ya de por sí alma proterva.

Pero, como hemos dicho, no es solo suficiente la inacción de ciertos genes para perfilar un ser humano perverso. Estos tipos necesitan las oportunas consignas para materializar su maldad. Así que si queremos rastrear las fuentes en las que muchos han bebido para amplificar sus ansias de poder deberíamos retrotraernos en el tiempo 500 años y llegar hasta uno de los pensadores más influyentes de la Historia, que floreció precisamente en el Renacimiento: Niccolò di Bernardo dei Machiavelli, más conocido en el mundo hispano por Maquiavelo.

Richard P. Ebstein (ruego al gentil leyente que no confunda este apellido con el conocido genio científico, ni tampoco con el magnate financiero y depredador sexual estadounidense que tan buenos negocios hizo en vida con el plutócrata Bill Gates), director del Centro Scheinfeld de Genética Humana para las Ciencias Sociales de la Universidad Hebrea de Jerusalén, tras un minucioso estudio que denominó «el juego del dictador», llevado a cabo con 203 estudiantes en abril de 2022, llegó a la interesante conclusión de que «es evidente que los dictadores son egoístas y puede ser que su falta de interés por los demás tenga un componente genético». Dice Ebstein que «la clave está en el gen AVRP1, que permite la actuación sobre el cerebro de la mentada vasopresina, la hormona que se vincula a la sociabilidad y afectividad de los mamíferos».

Aunque deja también claro lo que hemos dicho hasta ahora: «Para mí, el egoísmo, como el comportamiento criminal, es mitad ambiental, mitad genético».

Ebstein lo ilustra con un clarificador ejemplo: «Si Stalin hubiera vivido en California no hubiera sido un dictador. Hubiera querido amasar mucho dinero».

Eso es precisamente lo que solo cabría esperar de tipos egocéntricos como Musk, Gates, Soros, Rothschild, Zuckerberg y compañía, que bajo el eufemístico epítome de «Objetivos de Desarrollo Sostenible» mueven los resortes internacionales para hacerse mucho más ricos de lo que son mediante el control de la población mundial gracias a la Agenda 2030.

Jose Antonio Marin Ayala

Nací en Cieza (Murcia), en 1960. Escogí por profesión la bombería hace ya 37 años. Actualmente desempeño mi labor profesional como sargento jefe de bomberos en uno de los parques del Consorcio de Extinción de Incendios y Salvamento de la Región de Murcia. Cursé estudios de Química en la Universidad de Murcia, sin llegar a terminarlos. Soy autor del libro "De mayor quiero ser bombero", editado por Ediciones Rosetta. En colaboración con otros autores he escrito otros manuales, guías operativas y diversos artículos técnicos en revistas especializadas relacionadas con la seguridad y los bomberos. Participo también en actividades formativas para bomberos
como instructor.

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