
«Seguramente conocen su música, si no es así es un buen momento para que se den una vuelta por el legado melódico de Marvin Gaye»
No era la primera vez que los artistas negros trataban temas sociales en sus canciones – Otis Redding, James Brown, Chi-Lites, Sam Cooke, Los Impressions de Curtis Mayfield o Sly Stone ya lo habían hecho previamente–, pero nunca desde un punto de vista conceptual.
Berry Gordy el patrón de la Motown cuñado de nuestro protagonista de hoy, estaba que se subía por las paredes por el undécimo trabajo en 1971 de este músico, productor y cantante estadounidense, sólo quería que siguiera cantando con esa voz de terciopelo, que se moviera en el escenario como él sabía, que volviera loca a la audiencia femenina. Que vendiera discos fáciles de escuchar, sin mácula, sin historias. Pero Marvin Gaye sabía que él era algo más y el polémico trabajo le abrió todas las puertas, la libertad creativa, el respeto, la fama y la fortuna. Un disco que era mucho más que un gran disco de soul, era un género en sí mismo del que han bebido otros estilos como el hip hop y R&B moderno.
Pero Marvin Gaye no pudo abandonar su alma torturada, su vida no fue fácil, su temperamento se volvió más errático y violento a medida que consumía cocaína regularmente, se volvió cada vez más paranoico e incluso suicida. Hubo divorcios, bancarrotas y una situación continuamente tormentosa con sus padres, la amarga ironía de la vida, estamos hablando de un disco sublime que alzaba la voz contra el sinsentido de la violencia y un día antes de cumplir 45 años, su padre de 70 años lo mató de tres tiros en el pecho. Seguramente conocen su música, si no es así es un buen momento para que se den una vuelta por el legado melódico que dejó Marvin Gaye.

