La involución de las especies. Por Julio Moreno López

La involución de las especies. En la imagen, fotograma de El curioso caso de Benjamin Button

“Ahora que duelen las resacas, que cortan como una navaja. Ahora que nadie nos saluda, por los bares de Malasaña”.(“Ahora”. Ismael Serrano).

Aquí estoy, en el despacho de casa, con unos pantalones de pijama del primark y una camiseta con un dibujo de un demonio de esos mejicanos, bastante cómoda, por cierto. Sentado delante del portátil, perpetrando un nuevo artículo. Y estoy feliz. Estoy donde quiero estar, haciendo lo que quiero hacer, como un cerdo en una charca de barro.

 

Es muy sorprendente como con el paso del tiempo, tus gustos y preferencias van cambiando. No sé si a ustedes les habrá pasado, pero yo he sufrido cambios, paulatinos y silenciosos, indetectables hasta el último momento, en todas las facetas de mi vida.

 

Por ejemplo, yo he pasado de la carne al pescado, casi sin darme cuenta. Esto no quiere decir que no me guste la carne, paro ahora, cuando voy a un restaurante, cada vez menos a menudo, no vayan a pensar, se me van los ojos a los pescados y, muchas veces, acabo pidiendo un buen bacalao, o un rape, antes que un entrecot o un chuletón.

 

Lo curioso es que a mi mujer le ha pasado al revés. Antes la carne no podía ni verla y ahora, si puede, se come un steak tartar sin dudarlo.

 

No me lo había planteado, hasta ahora, pero la verdad es que, en ese sentido, en sentido evolutivo, o involutivo, vaya usted a saber, mi mujer y yo vamos al revés. Aparte de los gustos culinarios, que son lo de menos, porque en casa lo que a mi mujer no le gusta, a mi no me hace daño, porque no lo pruebo, claro, en otras muchas cosas yo diría que nos hemos transmutado.

 

Por poner otro ejemplo, no por peregrino menos importante, por el confort que ello implica, yo antes siempre tenía calor. Ahora, sin embargo, me muero de frío, y mi mujer, al revés. Esto, por supuesto, cuando hace frío. Sin embargo, cuando hace calor, yo me muero de calor y mi mujer tiene frío; por este motivo, en invierno, cuando me meto en la cama, entre mis sábanas de algodón, que para eso soy muy raro, con mi mantita y mi colcha, soy el hombre más feliz del mundo, hasta que llega mi mujer y se pone a quitar capas. La verdad es que las quita de su lado de la cama, pero yo lo noto, ya que otra de las cosas que no soporto es dormir en una cama deshecha. Además, de este modo, a nada que te muevas, y yo me muevo, es imposible evitar que la colcha acabe en el suelo.

 

Eso si, en agosto, con veinticinco grados a las tres de la mañana, si pongo el ventilador de techo, mi mujer tiene frío, con lo cual, en cuanto me duermo, se levanta y lo apaga; entonces a mi me despierta el calor, mientras que ella duerme plácidamente, por lo tanto vuelvo a encenderlo, propiciando que se despierte de nuevo y lo apague. Y así pasamos la noche, que más que un matrimonio parecemos Epi y Blas. Y encima, este verano en una de estas, lo recuerdo nítidamente, me dijo “es que eres un tío muy raro”, y se quedó tan ancha. Claro, cuando hace frío tengo frio. Cuando hace calor, tengo calor. Todo muy raro, rarísimo, diría yo.

 

Luego está lo de salir. Antes, yo estaba deseando salir de casa. Cualquier ocasión era buena para lanzarme a la calle, hiciese sol, viento, lloviese o nevase. Ahora soy feliz en pijama y zapatillas, que si me dices un sábado a las nueve de salir a tomar cervezas, por ejemplo, prefiero abrirme la cerveza en casa, con unas almendritas, en mi cómodo sofá. Sin embargo, mi mujer, que antes decía que donde mejor estaba era en casa, ahora aprovecha la más mínima ocasión para salir, que parece que todos los días hay que ir no a uno, sino a varios supermercados, al gimnasio o a donde se tercie. Así que, aquí estoy, escribiendo un artículo mientras mi mujer hace la ruta de los supermercados del barrio y va a bailar zumba, que no sé bien lo que es.

 

Sin embargo, nos llevamos bien, no se vayan a creer. Con los años hemos aprendido a respetar nuestro espacio vital, creo. Conocemos nuestras rarezas y las aceptamos, aunque vayan por caminos diferentes. Además, yo creo que yo estoy envejeciendo de forma convencional, mientras que mi mujer, como en “El curioso caso de Benjamin Button”, está rejuveneciendo. Aproximadamente desde los cuarenta años, yo he seguido hacia delante, mientras que mi mujer está volviendo a la pubertad. Inaudito, pero cierto.

 

Además, he de reconocer que tiene razón, sin que sirva de precedente. Yo soy bastante rarito, vamos, que yo estoy bien de la cabeza porque aun no le han puesto nombre a lo mío. Para que se hagan una idea, el otro día, durante una entrevista que me hicieron en la radio, para más señas en Decisión Radio, Javier Algarra, el conductor y director del programa, me preguntó que si yo me consideraba un sociópata.

 

Vaya con la preguntita, menos mal que colaboro en su programa; si no, directamente habríamos hablado de mi psicopatía; Pero la verdad es que, aunque no creo que llegue a tanto, cada vez soy más feliz en soledad, cada vez busco menos el trato, las relaciones sociales. Baste el ejemplo que, en esa ocasión le puse a Javier.

 

Como ya he dicho en muchas ocasiones, yo utilizo bastante el «tuiter», mucho, demasiado incluso. Y el otro día, alguien puso un tuit que decía “odio a la gente… (completa la frase)”, como queriendo saber a qué tipo de gente odiábamos cada uno, y yo le contesté “está completa”. Si, es cierto, cada vez me molesta más la gente, lo reconozco. Puede que la culpa sea mía, que sea yo el que va a contra dirección, pero me cuesta, me cuesta.

 

Así pues, que bien estuve en los tiempos del confinamiento. Con mi pijama, mis zapatillas, mi plancha y mi thermomix, sin tener que atender a clientes ni saludar a vecinos. Era Feliz y no lo sabía. Ahora lo sé. Tarde, como siempre, pero lo sé. Ya saben “el día que yo fui feliz, nadie tocaba el violín. Ni una maldita florecita, ni arcoíris sobre mi”. (“Ni una maldita florecita”. Cristina Rosenvinge).

 

Por ir concluyendo, yo creo que en la mayoría de los casos, el ser humano crece, envejece, pero como he dicho antes, lejos de evolucionar, involuciona. No solemos aprender gran cosa de nuestros errores y vamos por ahí con cara de perplejidad ante las consecuencias, como si nuestras cagadas fueran nuevas para nosotros.

 

Pero tampoco es tan grave; se puede vivir con ello. Solo es cuestión de aceptarlo. O también, como mi mujer, nos podemos dar la vuelta, hacia los jóvenes que fuimos y correr. Correr hacía ellos, correr, correr…

 

Sean felices.

 

 

Julio Moreno Lopez

Nací en Madrid en el año 1970. Aunque mi título universitario indica que soy ingeniero informático por la Universidad Pontificia de Salamanca, nunca ejercí como tal. Enamorado del mundo del periodismo y de la literatura, colaboro en diversos medios escritos y en alguna que otra emisora de radio. Ahora, miembro de este proyecto tan bonito de La Paseata. Además, soy autor del libro “Errores y faltas” Y del blog del mismo nombre. En Twitter @elvillano1970.

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