Hoy es día para hablar de héroes. Por Francisco Gómez Valencia

Hoy es día para hablar de héroes: Martín Rosa Valera. Asesinado por ETA. DEP 1995

 

“Hoy es día para hablar de héroes. A la memoria de Martín Rosa Valera, asesinado por ETA en 1995. Descanse En Paz”

Tenía claro de lo que no quería hablar este domingo en La Paseata, sencillamente porque aborrezco el tema, me duele y me afecta personalmente, especialmente el día de autos, pero al ver diferentes titulares de la prensa llamando antifascistas a los etarras, bilduetarras y demás hijos de puta me he calentado. Gracias a Dios no he sufrido la pérdida de nadie de mi familia pero si perdí a un amigo marcándome de por vida, un año después de realizar el servicio militar como conductor de un Almirante de la Armada y de dos Coroneles de Infantería de Marina (Dios los tenga en su gloria a los tres, pues ya eran de edad avanzada). La terna disfrutaba de los laureles en el CESEDEN -al lado de la plaza de San Juan de la Cruz, en plena Castellana-. El primero y de mayor rango era vecino de uno de los coroneles y se subía por error o no, a mi coche; yo creo que a mala leche y me ordenaba dejarlo tirado en el portal a la par que se reía de él porque iba cojo por una lesión en la cadera, la cual le suponía retrasarse en el rellano del portal. Mi pobre comandante se quedaba esperando a que regresara a por él al rato mientras lo llamaba educadamente de todo menos bonito, teniendo en cuenta además que el conductor del Almirante ni corto ni perezoso se largaba ya que tenía orden de seguirme de vacío mientras por el retrovisor lo veía como se iba partiendo de la risa. Suerte que estos dos vivían a diez minutos y que la Policía Militar rondaba la calle Infanta Cristina esquina con la Calle Orense y conocía de las bromas del Almirante gracias a que otros remplazos anteriores ya los habían avisado.

Un año después de mis andanzas como marinero de remplazo en Madrid, en 1995 a las 15:00h. sucedió el atentado de Puente de Vallecas donde ETA reventó una furgoneta en la que volvían a casa algunos conductores civiles de la Armada. Conocía a todos personalmente gracias a que uno de ellos –mi mentor en mi destino- me los presentó. Eran: Manuel, José Ramón, Florentino, Santiago y Félix. Supe del atentado al poco tiempo de que se produjera y aunque desconocía los detalles del acto terrorista si llegue a enterarme del cuerpo del ejército al que pertenecían los asesinados. Reconozco que estuve de mal cuerpo durante todo el resto del día, aunque por circunstancias que no recuerdo me fue imposible confirmar al detalle lo sucedido. Recuerdo que estaba viendo el telediario por la noche muy nervioso, como temiendo lo peor aunque supe mantener mi congoja en silencio al lado de mi padre con quien veía las noticias. En ese momento fatídico recuerdo a Martín -mi amigo y sexto de los conductores asesinados- absolutamente destrozado, con la cara ensangrentada, la ropa quemada y todavía en pie, demostrando hasta donde llegaba la gallardía de ese hombre nacido en Jaén al que le faltaba poco para jubilarse, padre de tres hijos y de profesión conductor mecánico –civil- de la Armada.

En el parte de la noche y pese a que yo lo vi con mis propio ojos dando sus últimos pasos a duras penas por las heridas sufridas, confirmaron que poco después había fallecido. Sin más me levanté del sofá donde estaba sentado y me escondí en el salón que estaba en la habitación colindante y a oscuras rompí a llorar. Al poco tiempo mi madre nos llamó a todos para cenar, recuerdo que esa noche hizo croquetas de jamón, las cuales siempre devoraba aplastándolas en el plato provocando el cabreo de la cocinera al no entender porque destruía su gran obra -aun lo sigo haciendo-, pero esa noche no estaba para bromas y apenas cene, aunque me rehíce para que no me lo notaran. Marché pronto a la cama aunque no pude pegar ojo por lo sucedido mientras me venían a la mente tantos y tantos recuerdos que me dejaron marcado por siempre.

Supongo que si Martín no hubiera fallecido ese fatídico día el disgusto por los demás aunque importante se hubiera pasado relativamente pronto al no tener un contacto tan directo con ellos, pero es que yo fui el Lazarillo de Martín durante los ocho meses que me chupe conduciendo ese ridículo Citroën Visa de color azul turquesa, en el cual me quedaba dormido irresponsablemente cada día cuando hacía guardia esperando a mis mandos en la salida de la Castellana a las 14:30h. Martín me enseño a calar a los diferentes mandos por su carácter cuando pasaban delante del viejo mostrador de madera de roble frente al despacho del grandísimo Jefe del centro, donde se quedaban arremolinados los conductores civiles cuchicheando en voz baja cerca de la salida trasera del edificio al parking de vehículos con entrada por la calle Zurbano. Martín fue el que convenció al mamón del Teniente de tierra que era responsable del parque móvil del CESEDEN para que yo, que era militar de remplazo pudiera estar con ellos en vez de con el resto de la tropa haciendo todo tipo de servicios que no me correspondían, ya que yo pertenecía al parque de automóviles de la Armada de Manuel Becerra y solo prestaba servicios para mis jefes. Martín fue el que me enseño a distinguir los galones de tierra y aire, y gracias a él me salve de algún arresto por no saludar cuando pasaba algún gerifalte. Él me sujetaba con su mano para que no me cuadrara cada vez que pasaban, y además me defendía para que no hiciera guardias como castigo cuando algún suboficial chusquero se mosqueaba con el grupo por hacer demasiado ruido.

Siempre supe que mis comandantes me apreciaban porque hablábamos de política en general y de la ETA en particular -pues conocían mis estudios- y cambiábamos de itinerario varias veces a la semana lo cual me preocupaba especialmente. Incluso algunos días nos llevábamos algún susto cuando sin avisar nos seguía algún “Z” de La Guardia Civil camuflado, y nos saltábamos los semáforos cambiando de calles impulsivamente mientras veía por el retrovisor como preparaban con disimulo la “Star” 9mm, sacándola del maletín donde la llevaban siempre. Ellos sabían que en caso de conflicto rendiría el coche y saldría huyendo como una rata pero me tranquilizaba saber que esos tres ancianos los tenían bien puestos. Por eso recuerdo gratamente que tratábamos asuntos de los que en condiciones normales jamás pensé que compartirían conmigo, y eso me llenaba de orgullo más aun en tiempos de la primera guerra del Golfo Pérsico. Les oía hablar sobre si era correcto que esta fragata o aquella otra estuvieran navegando correctamente por aquí o por allí, antes de ir al Estado Mayor que está en frente, para reunirse con “la GEMA” -que es como llamaban al JEMAD-. Aún conservo con orgullo los gemelos de mi Almirante y los pisacorbatas de mis dos Coroneles, uno del mismo Centro de Estudios Superiores de la Defensa Nacional y otro del buque Marques de la Ensenada, un petrolero donde debió prestar servicio (que honor más grande). Aun así llegue a pensarme muy seriamente reengancharme para seguir con ellos ya que me lo pidieron pero les dije que “tururú” y me largue sin pena ni gloria pues la paga era infame y había en ese momento mejores cosas que hacer… Sin embargo Martín era mi compañero, fue con el que primero hablé, y por supuesto con el único que me fundí en un abrazo el último día que serví a mí Patria como militar de remplazo.

Desconozco si lo asesinó el desgraciado al que ayer se homenajeo por todas las localidades de las Vascongadas con gran odio y resentimiento, jamás lo investigué y de hecho ni lo sé ni me importa, le deseo todo lo peor porque al menos yo, ni olvido ni perdono. Cualquier gobierno debería llevar en su ideario político como exigencia primaria, acabar radicalmente con esta lacra y otras similares que nos destroza la vida como país. España no es solo su Constitución. España como país es anterior a ella. La Patria es la Historia común de todos incluidos estos asesinos. La Constitución Española no debe ser una excusa para encubrirlos y/o blanquearlos. Todos lo han hecho. Todos son culpables. Debieran estar ilegalizados y muchos políticos encarcelados por no haberlo hecho.

A la memoria de Martín Rosa Valera.

 

Martín Rosa Valera

Francisco G. Valencia

Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid en 1994 por lo tanto, Politólogo de profesión. Colaboro como Analista Político en medios radiofónicos y como Articulista de Opinión Política en diversos medios de prensa digital. De ideología caótica aunque siempre inclinado a la diestra con tintes de católico cultural poco comprometido, siento especialmente como España se descompone ante mis ojos sin poder hacer nada y me rebelo ante mí mismo y me arranco a escribir y a hablar donde puedo y me dejan tratando de explicar de una forma fácil y pragmática porque suceden las cosas y como deberíamos cambiar, para frenar el desastre según lo aprendido históricamente gracias a la Ciencia Política... Aspirante a disidente profesional, incluso displicente y apático a veces ante la perfección demostrada por los demás. Ausente de empatía con la mala educación y la incultura mediática premeditada como forma de ejercer el poder, ante la cual práctico la pedagogía inductiva, en vez de el convencimiento deductivo para llegar al meollo del asunto, que es simple y llanamente hacer que no nos demos cuenta de nuestra absoluta idiotez, mientras que la aceptamos con resignación.

Artículos recomendados

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: