Gozos y flaquezas de la lengua castellana. Por Amando de Miguel

Gozos y flaquezas de la lengua castellana.

«Frente a la gran riqueza de adjetivos y adverbios, la lengua castellana es parca en recurrir a los abstractos, lo típico de la ciencia o la filosofía»

La lengua castellana presenta muchas facilidades. Una, intrínseca, es que “se escribe como se habla”, fuera de alguna excepción, como la hache muda o la equivalencia práctica entre la be y la uve. Pero, la ventaja sin igual es que se trata del idioma común en una veintena de países. Las variaciones léxicas entre ellos son mínimas; desde luego, mucho menores que en el caso del inglés, extendido, también, en muchos países. Precisamente, a la hora de doblar al castellano algunas películas estadounidenses, distinguen la versión “castellano de España” de la de “castellano latino”. Es una consideración racista y, por tanto, descabellada. Hispania fue romanizada o latinizada durante siglos. La influencia de Roma, solo, llegó mucho después al continente americano a través de España. La distinción idiomática apuntada no se sostiene, pues, repito, las variaciones léxicas entre los españoles y los hispanoamericanos son mínimas; además, resultan enriquecedoras. Se podría hablar, también, de un castellano gallego, andaluz, canario, etc., lo que sería ahondar en el racismo y en la petulancia.

Un ejemplo de la expresiva riqueza del castellano americano (y, específicamente, mexicano) lo tenemos en el adverbio “ahorita”, que es una especie de destilado de “ahora”. Vaya por delante que el adverbio es una parte sutilísima de la oración, al precisar circunstancias de tiempo, lugar y otras. Si bien se mira, un adverbio es, ya, una frase implícita en sí misma. Por eso, lo introduzco entre comas, cosa que pocas veces respetan los correctores de las empresas editoras.

Hay que reconocer la influencia destacada del inglés ubicuo en el castellano actual; por ejemplo, al retorcer algunos significados auténticos, como “plausible”, que abandona su sentido original de “aplaudible” para incorporar el injustificado anglicano de “probable”.

La misma influencia del inglés, tan dubitativo o tímido, se traduce en el abuso de ciertos adverbios poco justificados: “básicamente, obviamente, exactamente”. Proliferan como setas después de las lluvias de otoño y llegan a ser cansinos. Otra reiteración de los castellanohablantes pretenciosos es el abuso de la calificación de “muy importante”, que se atribuye a cualquier sinsorgada. Es, simplemente, una forma de llamar la atención de los interlocutores. A veces, se instala la actitud opuesta, asimismo, importada del inglés culto, cuando ejercita una especie de cautelosa cortesía con la cláusula de “a mi juicio” o “en mi opinión”. Como compensación, en castellano, podemos recurrir a un adjetivo, maravillosamente, ambiguo: “tremendo”. Su gracia está en que no indica si es bueno o malo. Lo que califica, en buena lógica, sería lo que causa temor, pero, acaba indicando algo extraordinario o llamativo. Equivale al unbelievable inglés en la misma línea ambivalente.

No, siempre, hablamos para precisar nuestros pensamientos. Hay veces en que se necesita emitir voces hueras, aunque, solo, sea para ganar tiempo en el discurso. Es el caso de “este, pues, ¿no?, ¿no es cierto?, ¿verdad?”, etc. También, está el fenómeno contrario: el exceso de palabras. El idioma castellano suele ser contundente, expresivo. El hispanoparlante no es, solo, un derrochador de gestos, sino que se atreve a anunciar que “va a echar la casa por la ventana”. No le importa recalcar la orden de “quieto parado”, la de “subir arriba” o la de reiterar el “pero sin embargo” o el “luego después”.

Se sabe que, frente a la gran riqueza de adjetivos y adverbios, el idioma castellano es parco en recurrir a los abstractos, lo típico de la ciencia o la filosofía. Con todo, hay excepciones, como esa de la “intelectualidad”, que ni siquiera se admite en otras lenguas vecinas. El “ego” parece cosa concretísima al lado de esa maravillosa generalización de la “mismidad”.

Amando de Miguel para Actualidad Almanzora.

Amando de Miguel

Este que ves aquí, tan circunspecto, es Amando de Miguel, español, octogenario, sociólogo y escritor, aproximadamente en ese orden. He publicado más de un centenar de libros y miles de artículos. He dado cientos de conferencias. He profesado en varias universidades españolas y norteamericanas. He colaborado en todo tipo de medios de comunicación. Y me considero ideológicamente independiente, y así me va. Mis gustos: escribir y leer, música clásica, chocolate con churros. Mis rechazos: la ideología de género, los grafitis, los nacionalismos, la música como ruidos y gritos (hoy prevalente).

Artículos recomendados

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: