“Mujercitas”. Por Teresita Ávila

Mujercitas

«El relevo no era el generacional sino el de la demolición del edificio de lo femenino que fue construido por tantas mujeres genuinas e inimitables»

Tan pronto como la tía March se echaba a dormir la siesta, Jo se dirigía corriendo a su refugio y, sentada en la butaca grande, devoraba poesía, novela, historia, viajes y cuadros como un ratón de biblioteca. Pero como no hay felicidad duradera en este mundo, en el preciso momento en que llegaba al corazón de la historia, al verso más dulce del poema o a la aventura más peligrosa de un explorador, una voz chillona gritaba: “ ¡Jo! ¡Jo! “ y tenía que dejar su paraíso para devanar hilo, lavar el perro o leer las obras de Belsham durante horas. 

La ambición de Jo era hacer algo magnífico; qué fuera, ella no lo sabía, pero dejaba al tiempo el descubrírselo, y entretanto su aflicción más grande era no poder leer, correr y montar a caballo tanto como quisiera. Siendo viva como una pimienta, teniendo una lengua aguda y un espíritu inquieto, su vida estaba llena de altibajos, cómicos y patéticos a la vez. Pero la disciplina que encontró en casa de la tía March era precisamente la que necesitaba; el pensamiento de que trabajaba para ganarse su vida, aunque ganara poco, la hacía feliz a pesar de los continuos “¡Jo!”. 

Louisa May Alcott, Mujercitas

Acaba de finalizar marzo, el mes de la mujer, y el espectáculo ofrecido por diversas señoras dista mucho del ideal que una se ha construido desde que tuvo uso de razón. Como el panem et circenses no escasea precisamente, no voy a ser yo quien inunde el patio sobre lo que ya ha llovido o lloverá. Mi reflexión, mi manera de sentir (con regalo incorporado, del gran Ray Heredia) va por otro lado de esta ribera.

Enzarzadas en vistosas contiendas, hunas y hotras se despellejan en vivo y en directo provocando un no disimulado regodeo entre oponentes, correligionarios y espectadores. Ahí está, ahí está, se la llevó el tiburón, el tiburón -tan actual en algunas fiestas de partido-. Para lo que estamos quedando. ¿Para convertirnos en el nuevo o el viejo -el de siempre- Cata-catapum. Como los muñecos en el pim, pam, pum?… Menudo avance. Directos y directas a la escollera. Por si no fuera poca la desgracia, no hay macho -usaré varón (con o sin dandy)- que no haga leña del árbol caído cuando se le pone a huevo la dama de turno. Algunos hasta mandan pasar la aspiradora por si se ha caído algún pelo en la moqueta del plató. Independientemente de cómo nos caigan ambos personajes, el gesto es un signo inequívoco de desprecio cuya ejecución no se hubiera permitido en caso contrario, de ser Él en lugar de Ella.

Episodios como estos sirven para agitar la coctelera de los bartender y las barwoman televisivos, que hay que comer (y no bichos), señoras y señores. La diversión por encima de todo, el show must go on que cantaban los Queen y comenzaba con una oración tan reveladora como esta: Empty spaces, what are we living for? (Espacios vacíos, ¿para qué vivimos?). Pues eso -como dice Antonio.

Echo de menos aquellas conversaciones interminables con mi culta y singularísima amiga Charlie -la mujer más libre que he conocido hasta hoy y a la que nunca se me ocurriría juzgar, porque tampoco me lo permitiría- cuando me decía que poco ha cambiado bajo el sol. Me decía: “Teresa, si quieres triunfar, no se te ocurra firmar con tu nombre”. Pero una -que confunde a veces la cabezonería con la tenacidad- erre que erre. Y ahí sigo, de machaca, como dicen en México.

Resulta que el relevo no era el generacional, el natural y lógico, sino el de la demolición del edificio de lo femenino y auténtico que fue construido por tantas mujeres genuinas e inimitables, que pusieron el listón tan alto, tan alto, que si miramos hacia abajo solo vemos enanos. Me refiero a santa Teresa de Jesús y a sor Juana Inés de la Cruz, religiosas, monjas que hicieron de su hábito un sayo y dejaron constancia de su enormidad frente a los mandamases de sus tiempos. La altura intelectual no se mira, afortunadamente, ni tiene que ver con la talla del sujetador. El cerebro puede ser B, C, DE o F. La cantidad y la calidad dependen del empeño y del respeto que se tenga una misma, sin someterse a dictados ni a siglas, que hay que ver cómo está el servicio, señorito. Y sigo en lo que apuntaba al comienzo de este párrafo: resulta que el relevo consiste en relevarnos. Y -con prístina claridad- relegarnos a la última fila, o sumergirnos en las tinieblas. Las sustitutas no son tales. Son usurpadoras disfrazadas de nosotras. Y aquí, señoras, ¿Quiénes les bailan el agua y lo consienten?

Curioseando en Twitter, me topé con un artículo que difundía Alexander Soros, escrito por Banchiamlack Dessalegn (directora africana de MSI Reproductive Choices, que lidera la prestación de servicios de aborto seguro, atención postaborto y anticoncepción para millones de mujeres y niñas en todo el continente africano).[1] En él, La igualdad de género no es posible sin el aborto y la anticoncepción, defiende la tesis de que mujer, educación e igualdad no existen sin pasar necesariamente por la llamada “salud reproductiva” -anticoncepción y aborto- y, para sostenerla, ofrece cifras y ejemplos que escandalizan por su dureza, sin duda. Pero me pregunto si el remedio sigue tomando el rábano por las hojas en lugar de sumergirse en la raíz del asunto. Y también si los intereses del asunto son nuestros intereses o los intereses de ellos. Y si todo el interés, al final, es lo que decía hace un momento, más arriba: “demoler el edificio de lo femenino y auténtico que fue construido por tantas mujeres genuinas e inimitables”.

Quo vadis, mulier?

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Notas 

[1] https://www.aljazeera.com/author/banchiamlack-dessalegn

Teresita A.

Mi nombre tiene una historia detrás. La culpa no fue del cha-cha-chá -como cantaba Jaime Urrutia- sino de un "accidente burocrático". Nací en Logroño y pasé mi adolescencia en un lugar de cuyo nombre siempre me acordaré. Mis banderas son el humor cervantino y la retranca de Miguel Delibes -a quien tuve el honor de conocer, ya que soy autora de un libro cuya fuente exclusiva es su obra: Fórmulas de tratamiento en la narrativa de Miguel Delibes-. Las vocaciones -al contrario que las casualidades- existen y se persiguen, como los sueños. Y los míos siempre tuvieron en el foco darle a la tecla y escribir. Además, ejerzo como profesora en un instituto vallisoletano.

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