
«En el silencio que envuelve el Sábado Santo, embargados por el amor ilimitado de Dios, vivimos en la espera del alba del tercer día»
Jesucristo yace hoy en el sepulcro. Manos amigas lo han colocado con cariño en aquel lugar, propiedad de José de Arimatea, cercano al Calvario. ¿Dónde están los apóstoles? Nada nos dicen los evangelios, pero tal vez al atardecer de aquel sábado fueron llegando uno a uno hasta el Cenáculo, donde días atrás se habían congregado con el Maestro.
¡Cuánto desánimo en sus conversaciones! Habían traicionado a Jesús. Hasta tal punto debió de llegar el desaliento que no faltó tal vez la idea de abandonarlo todo y volver a las cosas de antes, como si los últimos tres años hubieran sido tan solo un sueño. Sin embargo, «en el silencio que envuelve el Sábado Santo, embargados por el amor ilimitado de Dios, vivimos en la espera del alba del tercer día, el alba del triunfo del amor de Dios, el alba de la luz que permite a los ojos del corazón ver de modo nuevo la vida, las dificultades, el sufrimiento. La esperanza ilumina nuestros fracasos, nuestras desilusiones, nuestras amarguras, que parecen marcar el desplome de todo»

