
«Por cierto, Su Majestad el Rey don Felipe VI sepa que le da a Ud., Señor, sopas con honda en servicios prestados a España y a su reino»
(a)
¡Y qué bien habla, del Rey emérito,
que partidos traidores a nuestra patria
tachen de «indecencia» y de «descrédito»
el que tenga a bien viajar a Sangenjo
como ya lo hiciera la última vez que vino a España!
(b)
«Desafortunado» llaman, ellos, a un viaje
que millones de españoles a don Juan Carlos agradecemos;
pues, gracias al mismo, nuevamente vemos
retratados a los más viles, más taimados y mendaces.
«Nunca respondió de sus fechorías», sentencia un Rufián,
(c)
cuyos golpistas de su partido indultó… un felón:
Aquellos que ayudan al sanchismo a España quebrar,
a quien tanto hizo por UNIRLA pretenden dar ahora una lección.
Y es así que, siendo el Rey Juan Carlos
el primero de los españoles y acaso el mejor,
(d)
los enemigos de la patria quieren darle de palos
y cualquier excusa barata consideran un primor.
Nadie es perfecto, como bien dice el clásico;
pero esos ruines indocumentados, a su lado,
no llegan ni al gargajo… que un cerdo escupió!
(e)
Por cierto, Su Majestad el Rey don Felipe VI,
a quien las visitas de su regio padre tanto incomodan:
sepa que le da a Ud., Señor, sopas con honda
en servicios prestados a España y a su reino:
(f)
Muy lejos deberá, Su Majestad, llevar su esfuerzo
si quiere igualarle en ‘las bondades de la Corona’
antes de que la patria -si me permite- se nos rompa!
Y, mientras tanto, puede que un pelín más de humildad,
comprensión y amor filial no sean malos consejeros;

Comprensión y amor filial no son malos consejeros
(g)
que hizo reina consorte a quien le plugo, Su Majestad,
y a muy pocos, ante sus principescos antojos,
les dio por criticar malévolamente o por torcer el gesto.
Si tiene a bien ‘apelar al pueblo llano’ en ‘asuntos reales’,
a él apele también, Señor, en el sentimiento de respeto
(h)
y de agradecimiento que sigue teniendo, el pueblo, para con su padre.
Al cabo, no esperamos de Ud., Señor, más perfección
que la que en Su Majestad el Rey emérito en su día hallamos;
de otra suerte, acaso fuera, Majestad, su propia perdición.
