
«He estado sumergido en un mundo virtual, un lugar sin tiempo paralelo a este, el nuestro, en el que sus habitantes son seres extraños»
La verdad es que no, no he estado perdido y fuera de esta revista La Paseata que dirige Manuel Artero. Si he de decir la verdad, es que he estado sumergido en un mundo virtual, paralelo a este, el nuestro, en el que los habitantes son seres extraños. Estos entes si los viéramos nos causarían incomodidad, incluso temor y por qué no reconocerlo también ternura y cariño. Somos en definitiva nosotros mismos, los seres humanos, pero esos que ya han abandonado sus cuerpos materiales y vagan, muchas veces sin rumbo por un lugar en el que no hay espacio ni tiempo. Yo lo he llamado “Un lugar sin tiempo”.
Procuraré publicar esto como novela en algún momento propicio. Es un mundo de almas, nuestra esencia intelectual, lo único que en último caso puede quedar de nosotros en el futuro. Seremos recuerdos de otros, que todavía sabrán quienes éramos, hasta que en el, plazo de tres generaciones, solo seamos una palabra carente de faz y de alma, el bisabuelo, la bisabuela, ese padre de tu padre o de tu madre, vaya un auténtico desconocido. Lo único que permanecerá desde luego son algunas partes de nuestros genes, el adn mitocondrial, ese que todavía puede rastrearse por vía materna hasta varias generaciones.
Pero si nos ceñimos a lo que podríamos llamar el subproducto de la vida, la sensación de ser un individuo separado de los demás, no será posible. Los seres humanos, creo que incluso otros seres, que tuvieran la capacidad de pensamiento igual al nuestro, buscaran siempre una forma de permanecer. De hecho, lo hacemos con las copias más o menos acertadas que son nuestros hijos y nietos, pero que con el tiempo y algunas generaciones se irán disolviendo en un caldo de genes desordenados que darán como resultado otros individuos que llegarán a ser muy diferentes de nosotros.
El azar de la combinación de nuestro genes, así como las mutaciones que se puedan producir en ellos, dan como resultado otros seres humanos que probablemente tendrán mucho que ver físicamente con nosotros, pero casi nada de lo que somos intelectualmente. El afán de permanecer, debe ser intrínseco a los seres que tienen consciencia de sí mismos, y esto puede deberse a que, como nuestra percepción propia es importante para nosotros, creemos que también debería ser importante para los demás.
Pero si lo pensamos detenidamente, para el universo, los seres vivos, los que conocemos, como cualquiera otros que podamos conocer fuera de nuestro planeta, solo tienen sentido en cuanto que son por y para el nicho ecológico que habitan, si eliminamos esa necesidad de justificarlo por algo externo, dejan de tener valor.
Sólo existimos, porque nos vemos y sentimos, tenemos propiocepción, si no, no existiríamos. La inteligencia debe de ser un error de la naturaleza, porque obliga a los seres que la poseen a buscar una explicación de su propia existencia. Puedes llegar a comprender qué eres, de qué estas hecho, incluso de tu valor como un ente en un lugar determinado, pero lo que nunca podrás entender, salvo que pudieras salir de tu mundo físico, son los porqués. Y es que puede que el universo sea eso un lugar carente de tiempo y que no necesita justificación, le sobran los por qué. Y eso es algo que un ser humano con principio y fin no puede entender, porque los límites de la vida, nos encuadran en un mundo que no se corresponde con la infinidad del mundo que nos aloja.
Si he de decir la verdad, es que he estado sumergido en un mundo virtual, paralelo a este, el nuestro, en el que los habitantes son seres extraños. Estos entes si los viéramos nos causarían incomodidad, incluso temor y por qué no reconocerlo también ternura y cariño. Somos en definitiva nosotros mismos, los seres humanos, pero esos que ya han abandonado sus cuerpos materiales y vagan, muchas veces sin rumbo por un lugar en el que no hay espacio ni tiempo. Yo lo he llamado “Un lugar sin tiempo”.

