Se detectan trazas de pesimismo. Por Amando de Miguel

Se detectan trazas de pesimismo.

«Por cualquier lado que se mire, la sociedad actual asiste a una notable degradación de las virtudes cívicas tradicionales»

En el mundo actual, sea cual fuere la latitud, y, aplicando el microscopio, se detectan algunas trazas de pesimismo recalcitrante. Si algo parece tan general, es porque cumple alguna función útil. Es un resultado de la milenaria evolución de la frágil criatura humana. Lo contrario del pesimismo generalizado no es el optimismo, sino la inconsciencia.

Aciago se presentaba el reinado de Witiza”, constató el cronista medieval. Bien es verdad que el pesimismo nacional no se remonta tan lejos. Puestos a buscar sus raíces intelectuales, habrá que localizarlas en la “generación del 98”, que fue, más bien, de la primera década del siglo XX. Resultó ser una centuria convulsiva.

Por cualquier lado que se mire, la sociedad actual asiste a una notable degradación de las virtudes cívicas tradicionales. No hay más que ver, en España, el rimero de degradantes proyectos de ley que envía el Gobierno a las Cortes. Después de tal somero examen, será fácil concluir que corren malos tiempos para los españoles juiciosos. Quizá, sea Europa entera la que ha entrado en un definitivo declive. Holanda podrá ser un atractivo para la sede de grandes empresas, pero acaba de decidir que la mal llamada “eutanasia” (buena muerte) se va a aplicar, también, a los niños. Es una última ilustración de cómo convive, en nuestro mundo, lo repulsivo y lo progresista.

Reconozco que la sensibilidad pesimista (la mía y la de mis amigos) se agudiza con la entrada en el estrato octogenario y las consiguientes peplas. Ante lo cual, no cabe más que resignarse.

Un motivo de satisfacción universal es que, después de tres largos años, concluyó la pandemia del virus chino. (Que conste mi anticipación. A comienzos de 2020, escribí yo que la extraña enfermedad iba a durar tres años). Tampoco es para voltear las campanas. El maldito virus se ha cobrado varios millones de vidas humanas en todo el mundo. Lo grave es, además, que ignoramos cómo se originó; tampoco, sabemos curar la fatal malatía hodierna. No hay cosa que lleve a más desaliento que no llegar a la averiguación de lo que se debería saber.

Bien es verdad que el pesimismo no se nutre, solo, de la falta de conocimiento o de información. Por ejemplo, sabemos que los alimentos procesados no son lo mejor para proteger la salud. Pero, el hecho es que la mayor parte de los lineales de los supermercados rebosan de ese tipo de productos; luego, se consumen en gran escala.

El pesimista, digamos, metódico o sistemático se encuentra más preparado para resistir los embates de la propaganda gubernamental, que es la forma más mendaz de nuestro tiempo.

No es fácil salir del atolladero. El trabajo de muchos profesionales respetados (médicos, abogados, dirigentes empresariales o políticos) consiste en prevenir diversos males para sus clientes. Son admirados por ello. Incluso, los científicos suelen ser grandes pesimistas. La prueba es que no se empeñan en llegar a la verdad, sino en descartar lo que se sabe y puede contener errores. Es lo que se llama “hipótesis nula”.

Es difícil emprender una nueva iniciativa benefactora sin que nadie resulte perjudicado o dolido. Para un juez, tiene que ser frustrante que, al menos, una de las dos partes del litigio vaya a quedar resentida. Por eso dictaminó Cicerón: summun ius, summa iniuria.

Por lo mismo, cualquier dirigente político sabe de antemano que sus propuestas no van a ser entendidas como realizaciones del bien común o del Estado de bienestar. En el mejor de los supuestos, lograrán la satisfacción de sus partidarios. Queda, así, descartada la conveniencia de un partido único, porque nunca podrá agradar a todo el mundo.

Lo malo es que poco se puede aprender de las experiencias ajenas. Solo, se escarmienta en cabeza propia, y no siempre. Hay una potísima razón para ello: nosotros no somos los mismos en todas las ocasiones, aunque, la traicionera memoria pretenda demostrar lo contrario.

Amando de Miguel para la Gaceta de la Iberosfera.

Amando de Miguel

Este que ves aquí, tan circunspecto, es Amando de Miguel, español, octogenario, sociólogo y escritor, aproximadamente en ese orden. He publicado más de un centenar de libros y miles de artículos. He dado cientos de conferencias. He profesado en varias universidades españolas y norteamericanas. He colaborado en todo tipo de medios de comunicación. Y me considero ideológicamente independiente, y así me va. Mis gustos: escribir y leer, música clásica, chocolate con churros. Mis rechazos: la ideología de género, los grafitis, los nacionalismos, la música como ruidos y gritos (hoy prevalente).

Artículos recomendados

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: