Capítulo IX
Ésta que veis con las cejas arrogantemente erguidas es el Amor Propio. Allí está la Adulación, con ojos risueños y manos aplaudidoras. Ésta que veis en duermevela y que parece soñolienta, es el Olvido, Ésta, apoyada en los codos y cruzada de manos, se llama Pereza. Ésta, coronada de rosas y ungida de perfumes de pies a cabeza, es la Voluptuosidad. Ésta de ojos torpes y extraviados de un lado para otro, es la Demencia. Ésta otra de nítido cutis y cuerpo bellamente modelado, es la Molicie. Veis también dos dioses, mezclados con esas doncellas, de los cuales a uno llaman Como y al otro «Sublime modorra». Con los fieles auxilios de esta familia, todas las cosas permanecen bajo mi potestad y ejerzo autoridad incluso sobre las autoridades.
Erasmo de Rotterdam, Elogio de la locura

Abordar la realidad con perspectiva, dicho sin asomo de ironía, requiere instrumental de primerísimo nivel —acaso no bastara el mismo James Webb, el padre de todos los telescopios espaciales que deja en pañales al Hubble—. De su carácter escurridizo ya sabemos desde antiguo. Por eso, la actualidad la ha disuelto o reducido a un estado líquido, en el que fluye y cambia a conveniencia —no a la nuestra, obviamente—, como bien se ha ocupado de señalar el filósofo y ensayista Zygmunt Bauman en su extensa obra.
La desbordante capacidad para sorprender con el juego de realidades cambiantes parece proceder de un manantial inagotable. Se nutre de una fantasía delirante y sin gracia que consigue despertar un profundo desasosiego en las mentes no permeables a las modas o a los discursos oportunistas. Mostrar abiertamente sus intenciones —pues disparan en todas las direcciones igual que el material pirotécnico averiado— tal vez sea un rasgo significativo de la seguridad con la que abordan cada iniciativa. Saber que hacen comulgar con ruedas de molino a una multitud les provoca una euforia indisimulada, y un regodeo exhibicionista en todo cuanto pueda usarse como medio de difusión. Y más todavía: saber que cuentan con un ejército apabullante al que están dispuesto a alistarse los arribistas bisoños —conseguidores, intelectualoides, propagandistas y ridículos payasos mediáticos— les proporciona un aplomo extra que alienta la siguiente tropelía.
Escribe Cintia Barreno Jardí en Zygmunt Bauman y la sociedad líquida:
El nuevo modelo de héroe es el triunfador que aspira a la fama, al poder y al dinero…, por encima de todo, sin importarle a quién se lleva por delante.
Esto coincide con la definición de “hombre light” de Enrique Rojas, definido con cuatro características: hedonismo, entronización del placer; consumismo, acumulación de bienes: se es por lo que se tiene y no por lo que se es; permisividad, todo vale; y, por último, relativismo, donde nada es bueno ni malo y en última instancia todo depende del pensamiento de cada uno.
Del todo vale al no vale todo —si no estás conforme con lo primero— hay un pequeño trecho muy visible expresado en décadas. De la cuerda extensible a la recogida de cable todos tenemos nuestra memoria particular, que bien puede refrescarse sin demasiada exigencia. El pensamiento desposeído de su función, rebajado a ‘posibilismo’, ha facilitado inmensamente la «fuga de cerebros» hacia un destino incierto o destructivo. El relativismo no importa, no se penaliza. Al contrario, la capacidad de ‘adaptación’ o de cambio de postura interesada se defiende sin sonrojo o se aplaude (Zapatero), sirvan como ejemplo las recientes palabras de Sánchez:
De lo que define al hombre a la abolición del humano —en menos que canta un gallo—. Si el materialismo ha confeccionado una red que atrapa la voluntad, la consecuencia más obvia es destruir la parte donde anida esa impronta que lo alce hacia su origen más elevado. Ser objeto de deseo, dejar de Ser, convertirse en cosa, fluir, animalizarse, están en boga y constituyen un modelo imitable. Todo parece apuntar en una dirección sombría a cuyo confuso rumbo nos llevase una brújula enloquecida. Mucho de esto se encuentra en la excelente Years & Years.
Ahora, las niñas ya no quieren ser princesas —como escribió Sabina— sino avatares o muñecas irreales. Y el paraíso es un dibujo en el Metaverso, ese hermano impostor del mundo verdadero. La angustia no disminuye con nada, y crece de una forma preocupante el número de adictos a drogas como el fentanilo (EFE: Expertos en adicciones alertan del abuso mortal del fentanilo, que ya es una epidemia en EEUU). La insatisfacción por el desajuste entre lo que uno es y lo que pretende ser ha allanado el camino para convertirse, tal vez, en un hombre de paja.
La locura elogiada por Erasmo bien merece una visita y una lectura atenta en la que hallaremos respuesta a cuestiones que parecen escritas para los contemporáneos, donde advertimos —una vez más— la necesidad de conocer y profundizar en las lecturas que conforman nuestro mapamundi, como el capítulo XIV, en el que exalta la estulticia —que rejuvenece— frente a la sabiduría —que amarga y envejece por culpa de las preocupaciones—. O la constatación —en el capítulo XXIII— de que en las guerras son más útiles y arriesgados los más brutos, los que no tienen moral, los criminales, que los sabios y prudentes. Y hablando del arrojo y la prudencia en el capítulo XXIX, esta deviene en obstáculo frente a aquel porque quienes ignoran el temor y el peligro están llamados a realizar grandes hazañas, ya que carecen del freno de la vergüenza. Para hallar, un poco más adelante en el mismo capítulo, una interesantísima y acertada reflexión:
Ahora bien: ¿Qué es toda la vida mortal sino una especie de comedia donde unos aparecen en escena con las máscaras de los otros y representan su papel hasta que el director del coro les hace salir de las tablas? Éste ordena frecuentemente a la misma persona que dé vida a diversos papeles, de suerte que quien acababa de salir como rey con su púrpura, interpreta luego a un triste esclavo andrajoso. Todo el mecanismo permanece oculto en la sombra, pero esta comedia no se representa de otro modo.
Así, detrás de la máscara, de los velos que cubren la realidad, se permiten todas las vulneraciones, las ofensas, los ataques más hostiles y perversos. El público asiste a la mise-en-scène de la obra sin conciencia de su propia utilidad, cediendo su protagonismo, aplaudiendo embobado la ópera bufa o la astracanada, creyéndose importante. Idiotizado espectador de un drama en el que la víctima siempre será él, como un hombre de papel cualquiera. Jamás la fragilidad ha sido tan evidente. Un papel mojado. Uno roto. Otro, reducido a ceniza.

