
«Esto ha molestado a ciertos sectores de la prensa, especialmente a los diarios El Plural y Público, forzando al ministerio de Defensa a la suspensión del acto»
No porque Jorge Luis Borges escribiera entre 1933 y 1934 su Historia universal de la infamia tendría yo que hacer lo propio con una Historia nacional de la censura. Los motivos para tal negativa son tan abundantes y variados que darían para aburrir al lector: desde mi incapacidad e ignorancia sobre el tema hasta la pereza de quien emprende una tarea titánica e imposible de investigación vertiginosa. Además, que al hacerlo sin método y a la buena de Dios sólo serviría para coleccionar una serie de casos espigados por aquí y por allá que, encima, emplearían por completo el poco tiempo que uno tiene a otros menesteres. Y porque no me da la gana, que es algo que no falla y a lo que se recurre y que vale tanto para un roto como para un descosido.

El año 2018 fue glorioso para el socialismo aragonés. Pedro Sánchez había accedido a la presidencia del Gobierno gracias a una moción de censura presentada a Mariano Rajoy y apoyada, entre otros, por la simpática cuadrilla de Bildu. En la Diputación General de Aragón hacía y deshacía Javier Lambán y además en Zaragoza mandaba uno de esos alcaldes “del cambio”, el penalista Pedro Santisteve, activista en favor de los presos y de las presas. En ese contexto se programó una charla de la señora López Anguita en el marco de unas jornadas antifascistas. Doña Carmen fue condenada, como miembro de los GRAPO, por la autoría del sangriento atentado de la cafetería California 47. Por ello algunas asociaciones de víctimas del terrorismo montaron en cólera y pidieron formalmente la suspensión de tan interesante ponencia que se daría en el Centro Social “Luis Buñuel”. Ninguna autoridad estimó la propuesta (sin duda fuera de lugar) e incluso el regidor de la augusta ciudad llegó a decir que el Ayuntamiento “en ningún momento tiene que actuar como censor”.

Dos años más tarde el gobierno municipal había pasado a manos de Jorge Azcón, con el beneplácito de Ciudadanos. El Teatro Principal iba a ser el escenario de la presentación del libro Manual para defenderte de una feminazi, escrito por una de las fundadoras de Vox, la valenciana Cristina Seguí. Esta vez no fueron Covite ni la AVT quienes pusieron el grito en el cielo, sino la mismísima portavoz del grupo socialista Pilar Alegría. Sara Fernández, concejal de Cultura, revocó el permiso para dicha presentación y se buscó un lugar alternativo: los salones del Gran Hotel. A 24 horas del evento la dirección alegó problemas técnicos y finalmente hubo de celebrarse en el restorán Las Tres Carabelas, de tan marítimo y reaccionario nombre, donde una señora le solicitó a la autora un ejemplar dedicado para obsequiar a la furibunda vicealcaldesa, haciendo gala acaso de una cierta mordacidad maña.

Tengo que recordar estos dos episodios contrapuestos, el primero de ellos, donde salió triunfante (gracias a la izquierda) la libertad de expresión de López Anguita, que debió de enriquecer con ello el tono cultural de Zaragoza y este segundo que sirvió para demostrar la pulsión censora de la derecha (sin duda heredada del franquismo) y volver a enriquecer de nuevo, desde otra perspectiva, el tono cultural de Zaragoza. Y tengo que hacerlo obligado por el último episodio censor, que se ha producido en Madrid. La asociación Luz de Trento había anunciado su primera entrega de premios en la Residencia Militar «Alcázar». Se trataba, además, de una serie de conferencias, cuyos oradores iban a ser el célebre periodista José Javier Esparza, el profesor Alberto Bárcena y el sacerdote padre Calvo. Se cerraría el acto con un almuerzo de hermandad. Esto ha molestado por lo visto a ciertos sectores de la prensa, especialmente a los diarios El Plural (que no es muy plural) y Público (que cada vez tiene menos público), según se cuenta en Herqles, forzando al ministerio de Defensa a la suspensión del acto.
Yo creo que las cosas es que no se hacen bien. A quién se le ocurre convocar en una residencia militar de oficiales, situada en el barrio de Salamanca y que encima lleva el nombre de “Alcázar”, que evoca el irritante recuerdo de la gesta de Toledo y el periódico que allí nació durante el asedio. Otra cosa hubiera sido el encuentro en una residencia militar de suboficiales y de tropa, como la ubicada en el distrito de Tetuán, con unos comensales de macuto y alpargata y un menú al alcance del soldado. Aunque uno tiene sus dudas, porque acaso resulte también sospechoso para Margarita Robles el nombre mismo de “El Quijote”, o que el público no sea muy plural.
