
«La estrategia del victimismo pasa por convencer a la “víctima” de que no tiene que hacer nada, son los demás los que tienen que resolverle sus problemas»
Hace ya algo más de un año, el 19 de junio de 2022, en el programa “Sin Complejos” de esRadio y, en concreto, en la magnífica sección de “Lo que hay que leer” por D. Mario Noya, escuché la recomendación del libro “Black snowflakes. How the liberal victimhood narrative ruins black males” escrito por Spencer Shaw Page. El correspondiente podcast (o pódcast, como habría que escribirlo en español, aunque no está admitido por la RAE), puede encontrarse en la web fácilmente. De inmediato, compré el libro por internet; tal y como comentó D. Mario, el libro sólo está disponible en inglés y, en su opinión, duda que se traduzca, algo que, tras leerlo, también pienso que es probable que sea así, pero ojalá no y esté disponible pronto en español. Por supuesto, recomiendo también su lectura. El libro se centra en los problemas de los jóvenes negros en Estados Unidos, indicando que la narrativa de victimismo que se les inculca, de diferentes formas, está arruinando sus vidas. Al mismo tiempo, en mi opinión, el libro puede ofrecernos respuestas a otros muchos problemas y realidades diversas a lo largo del mundo, algo que, de alguna manera, me inspiró a escribir este artículo.
Creerse víctima o, lo que es peor, hacerse pasar por tal, es algo que parece estar ocurriendo cada día más. De hecho, puede que no sea algo espontáneo sino el resultado de toda una estrategia de ciertos grupos, más o menos poderosos, para aumentar su capacidad de control sobre la sociedad. Es una estrategia bien diseñada y que sabe utilizar, digamos, las pasiones más bajas del ser humano.
Básicamente, se trata de convencer a cuantas más personas mejor de que el mundo no está hecho para ellos, de que cualquier esfuerzo por su parte no les conducirá al éxito y que eso no es por culpa suya sino de la irresponsabilidad, privilegios, de la maldad que, supuestamente, tienen otros o de cualquier causa que si no existe se la inventan.
Por ejemplo, si no eres capaz de alcanzar un título educativo, no es porque no eres lo suficientemente responsable y no te esfuerzas y trabajas lo que deberías, o porque no tienes la capacidad necesaria, es porque el plan de estudios está muy mal diseñado, o porque los profesores se pasan en el nivel de exigencia, o porque son muy malos, o no saben motivarte, o por otros motivos ajenos a ti; desde luego, nunca es tu culpa. Se podrían poner otros ejemplos referidos a la posibilidad de encontrar un trabajo, al grado de valoración que se tenga en un puesto laboral, a la seguridad en el tráfico por carretera, a la mala gestión de nuestra comunidad de vecinos, etc.; pero que quede claro que la culpa es de quienes te discriminan y no te dan un trabajo, de quienes no te valoran todo lo que deberían en tu puesto de trabajo, o de los otros conductores, que conducen fatal, o finalmente, para los ejemplos comentados, del resto de los vecinos de tu comunidad; pero nunca, nunca, la culpa es tuya.
Una parte importante de esta estrategia es convencer a la “víctima” de que no tiene que hacer nada, son los demás los que tienen que resolverle sus problemas. Si se eliminaran los supuestos privilegios, irresponsabilidades, falta de compromiso y malas acciones de los otros, por arte de magia, desaparecerían todos sus problemas. De ninguna manera, el control o la capacidad de influir en corregir, mejorar, tener éxito en su vida, está dentro de él, ese control es externo a él y, por lo tanto, no puede hacer nada. Según eso, es mejor no trabajar, no esforzarse, no luchar; sólo tiene que autocompadecerse y culpar a otros de sus problemas.
Si bien este modo de pensar se intenta que cale en la mayor parte de la sociedad, en primer lugar, el objetivo se centra en los grupos sociales menos favorecidos, en los que por diversas razones, puede ser más fácil convencerlos de que no merece la pena que hagan nada y que confíen en sus “adoctrinadores” para que éstos se encarguen de resolverles la vida; sólo tendrán que estar disponibles para las acciones de movilización, protesta y cualquier otra acción que, a modo de ejército disciplinado, se les pueda pedir o exigir en un momento dado.
Pero claro, mientras tanto, esas “élites de la nada” necesitan recursos para “mantener” a sus “representados”. Es lógico, dado que si los han engañado con que “no pueden hacer nada” y que, al mismo tiempo, tienen derecho a todo, alguien tendrá que suministrar los recursos para sostener esa situación. ¿De dónde salen esos recursos? Pues es evidente que se mira al Estado como el que debe proveer. ¿Pero y si no controlan el Estado para que lo haga? Pues, de nuevo, es evidente, habrá que alcanzar un control total del Estado, da igual la forma en la que se consiga, aunque la fase de aproximación es preferible hacerla de forma “democrática”; para ello, cuántos más recursos les “quiten” a algunos para dárselos a otros, más votos podrán conseguir de estos otros. Ese grupo de “élite” que aspira al control del Estado, necesita que los más desfavorecidos sigan siéndolo para que su estrategia funcione, los necesita dependientes de él, no los quiere con recursos propios y, por tanto, con la capacidad de decidir en libertad, y para ello tendrá que actuar sobre todos los resortes sociales disponibles que le faciliten eso. En este contexto, necesita que sean muy emocionales y que su nivel de racionalidad y pragmatismo se reduzcan a un mínimo. Una vez que consiga el control buscado, ya veremos lo que hace.
Curiosamente, usando un discurso en el que les dicen que luchan por ellos, por su éxito, por sus derechos, se busca deliberadamente, a través de diversos mecanismos, su fracaso, su incapacidad de valerse por ellos mismos y que sean dependientes de un sistema clientelar en el que, perdida su libertad, ya pueden hacer muy poco para revertir esa situación.
Qué planteamientos más absurdos para el mundo real; la naturaleza nos enseña que sólo sobreviven los organismos mejor adaptados y la adaptación requiere un esfuerzo y tiempo. El recurso más importante que tenemos es el tiempo y, en especial, cuando se es joven y se pertenece a un grupo social en el que sólo si inviertes el tiempo en formarte, en prepararte de alguna manera para ser competente en algún oficio, puedes encontrar oportunidades en la vida, y la probabilidad de mejorar tu realidad aumenta mucho. El éxito que se puede alcanzar de esa manera es, en gran medida, tu éxito, tu mérito y, por lo tanto, independiente de quien incentiva el victimismo en ti e intenta convencerte de que no hay nada que puedas hacer, de que la culpa es, totalmente, de otros; te quieren dependiente de ellos y sin libertad.
El éxito no aparece de forma espontánea, es cierto que pueden intervenir diversos factores externos a uno, pero si no estás dispuesto a trabajar duro, casi seguro que pierdes y, en gran medida, será tu culpa. Muchos venden una idea de igualdad que no ha existido nunca y que es antinatural; ¿es igual un estudiante que se ha esforzado y superado exámenes razonables frente a otro que no lo ha hecho y se le ha calificado, en sus diferentes versiones, con un “progresa adecuadamente”? Puede que, de forma inmediata y temporal, ambos muestren un mismo título, pero el segundo, más pronto que tarde, pondrá de manifiesto el engaño. ¿Si ustedes acuden al médico, o encargan un proyecto arquitectónico, o buscan un ingeniero que diseñe un puente, qué titulado querrían? Sí, desgraciadamente, algunos están accediendo a títulos que no se han ganado, algo realmente injusto para los que sí se han esforzado y demostrado su capacidad de trabajo, aprendizaje y superación.
Por lo tanto, trabajar para que todo el mundo tenga las mismas oportunidades, sí, un sí rotundo y en especial para los grupos más desfavorecidos que parten de posiciones más difíciles, pero una cosa es igualdad de oportunidades y otra muy distinta vender una “igualdad total” que no pasa por un proceso de autosuperación y sí por delegar el control de sus vidas a esas “élites”. Por cierto, algunos políticos y otros grupos de esas élites, cómplices de todo este proceso, bien que aplican otros criterios totalmente diferentes para sus vidas; por ejemplo, a sus hijos les insisten en la importancia de conseguir una buena formación y para ello no se cortan en enviarlos a centros que consideran que están a salvo de las imposiciones que, ellos mismos, establecen en otros.
Claro que hay víctimas de verdad, claro que hay injusticias, claro que hay discriminaciones, claro que es necesario trabajar por los cambios que hagan posible acercarnos a que todo el mundo tenga oportunidades de éxito, pero no se debe utilizar estos hechos como medio para alcanzar el poder, un poder basado en la dependencia y en el secuestro de la libertad de las personas, y que cuando se consigue, en primer lugar sirve para enriquecer a esas “élites” y, a continuación, para controlar sin escrúpulos a la sociedad.

