
(Merecimientos)
«Que descanse en paz esta estrafalaria “deidad” política, aunque lo cierto es que seremos el resto los que más lo hagamos»
Reconozco que hasta este momento no había escrito el obituario de nadie, y mucho menos el de un político, pero para todo hay siempre una primera vez. Los obituarios los escribe generalmente un amigo o conocido del finado, o aquel que sin ser nada de lo anterior quiera glosar lo que de bueno hubo en la vida del que se ha ido para siempre: sus obras, si es que escribió algo, sus acciones, si las hubo, y hasta sus hazañas, si es que participó en algo que merezca la pena ser recordado como tal.
En este caso no hubo obras, que sepamos nunca escribió nada digno de ser leído, siempre le escribieron. Acciones hubo muchas, generalmente malas o mediocres, en mi opinión zarrapastrosas, y las hazañas que protagonizó nunca pasaron de ser escaramuzas donde el sectarismo y el embuste fueron el común denominador de su depauperada indigencia cultural.
El que vino a regenerar, acabó corrompiendo todo lo que manoseó. El que vino a dignificar el cargo, lo arrastró por la mierda del camino. El que alardeó de ética democrática, la prostituyó hasta el paroxismo desde el minuto uno, portándose con ella como un déspota bolivariano. El que vino a servir, se sirvió y de qué forma, utilizando su alta magistratura para tratar de sojuzgarnos a todos los que no bailábamos su ridícula danza. En lo único que no mintió fue en el valor de su palabra: simplemente nunca la tuvo.
Largo muy largo se nos ha hecho este tortuoso camino, cinco años de condena, cinco años de tortura, de mentiras, patrañas, embustes y monsergas. El personaje fue un cúmulo de despropósitos, traiciones y astracanadas. Valiente con los débiles, cruel con los indefensos, diabólico con los adversarios, melifluo y cobardón con sus socios de legislatura: ladrones, golpistas, malversadores, comunistas, etarras y demás adosados a su más que desportillado gobierno.
Permitió a sabiendas el 8-M, cuando antes de esa fecha ya manejaba información de lo que se nos venía encima. Permitió que su vicepresidente se pusiera al frente de las residencias de ancianos, está grabado, con el resultado que todos conocemos. Encerró a la ciudadanía ilegalmente, siendo condenado hasta dos veces por ello, según sentencia del TC. Clausuró el Parlamento, sede de la soberanía nacional, gobernando a golpe de decreto ley, sin contestación, ni control parlamentario por parte de la oposición, justo lo contrario de lo que había condenado cuando aun era un don nadie.
Cercenó las compras de material sanitario de las diferentes autonomías, sobre todo las que no controlaba, permitiendo que gente próxima a su partido hiciera caja con las necesidades urgentes de la población, con el resultado que todos padecimos. No tuvo ni una sola palabra de consuelo para las víctimas y sus familias, prohibiendo entierros y despedidas a sus muertos que, por cierto, alguna vez habrá que contar como se hicieron las cremaciones. El desprecio que por entonces ya sentía por la ciudadanía quedó patente, le estaban estropeando su ópera bufa, donde él se comportaba como el tenor principal, no para cantar, sino para dar el cante.
Exhumó muertos, demostrando “arrojo y temeridad” ante un puñado de huesos. En el uso que hizo de la Guerra Civil demostró su carácter, su sectarismo y su más que acendrado guerra civilismo, abrazando la causa de reconocidos indeseables, como lo fueron sus ancestros políticos. Se vanaglorió públicamente de seguir la doctrina del máximo responsable de la Guerra Civil, Largo Caballero, con toda la criminal carga política que ello significaba. Esto último no es opinión, reconocidos historiadores lo vienen escribiendo y publicando desde hace años, lecturas que hoy día quieren censurar.
Con autócratas como este en el poder, la reconciliación entre hermanos será imposible, ¡maldito sinvergüenza! el que use aquel drama para sacar rédito político. Eso lo hace un malvado, un rufián, un descerebrado, un sátrapa, que anhela volver a las andadas, donde la muerte de muchos te garantiza el salvoconducto para convertirte en imprescindible.
Protegió tanto y tan bien a las mujeres que incluso excarceló a sus violadores, miró tanto por los niños, que rebajó las penas a pederastas y pedófilos. Firmó una ley de la que llegó a decir que sería pionera mundial en derechos a las mujeres, repudiándola después cuando comprobó su repugnante estupidez al firmarla. Rodearse de inútiles tiene un precio, pero qué más le daba cuando dicho precio lo pagaba la ciudadanía. “Aquel que no conoce el dolor, no dudará en provocarlo, sabedor de que, al producirlo, siempre tendrá la desfachatez de alardear de querer sofocado”.
Pactó y protegió el supremacismo fascista catalán, permitiendo que el español fuese proscrito, y los españoles residentes en Cataluña fuesen tratados como ciudadanos de tercera en su propia tierra. Pactó y apoyó su poder con el partido del terrorismo criminal vascongado, acercando a los asesinos a sus casas, dejando que fuera otro, el lendakari de turno, el encargado de liberarles. En este caso ser taimado no te exime de ser un cobarde.
Se arrodilló ante el moro, permitiéndole atropellos invasiones y amenazas, cediendo soberanía, fotografiándose con su homólogo el sátrapa marroquí, permitiendo que nuestra Bandera fuese colocada en posición de rendición. Aun hoy desconocemos el motivo por el que su socio marroquí le ha venido chantajeando, aunque los rumores inducen a que el motivo es muy muy sucio. Nada que otro escándalo no pudiera tapar, la vieja táctica socialista, un mal titular tapará otro, y así hasta la saciedad.
Desde el principio abusó de los medios públicos, usándolos para eventos particulares o partidistas, el que aspiraba a gobernar como un déspota, no fue de extrañar que se convirtiese en tal.
Utilizó bulos, engañifas y patrañas, acusando a la oposición de lo que sólo una mente enferma, la suya, era capaz de fabular. Balas, sables, bulos del culo y demás zarandajas, más propias de un imbécil mermado, que de un político capaz. Y si estas maniobras fueron idea de otro mamarracho, él, como presidente, las consintió.
Cinco años dan para mucho, desde el principio mostró su aversión a los medios libres, refugiándose en los que previamente había subvencionado. Adicto a masajes con cuestionario previo ante pajarracos amaestrados, con el consabido final feliz, y un puñado de aplausos enlatados. El sueño húmedo de un impotente, al que había que administrarle viagra ideológica, aunque el ridículo posterior fuera inenarrable.
Maniató el Portal de Transparencia, negando información al que legalmente la solicitaba. Transgredió leyes, modificó el Código Penal, beneficiando al lumpen carcelario en el que se apoyaba. Tacharle de tirano fue lo de menos, soportarle hasta el final, ha sido insoportable. Nadie que no sea un dictador en potencia, puede aspirar a imponer sus caprichos, sin esperar el desprecio de los gobernados.
Gastó como un nuevo rico, lo que vía impuestos nos esquilmaba. Regaló y subvencionó como un poseso, creyendo que con ello ganaba adhesiones inquebrantables. ¡Pobre iluso! Nunca se dio cuenta de que, aun siendo un tiburón, eran sus rémoras las que salían ganando. No hubo evento público en el que los españoles no le afeasen sus actos, desde silbidos hasta insultos personales, si el pueblo siempre tiene razón, en este caso las razones fueron aplastantes.
Que descanse en paz esta estrafalaria “deidad” política, aunque lo cierto es que seremos el resto los que más lo hagamos. El que vivió a caballo entre falsedades y mentiras, ha fallecido políticamente presa de su proverbial estupidez. Su patética agonía ha sido espantosamente hilarante para todos los que le hemos sufrido, viéndole encorvado y sudoroso, ha hecho que volvamos a creer en el boomerang del destino. El que vino a redimirnos, lo único que ha logrado es que el desprecio hacia su descompuesta figura, sus métodos y sus modelos haya arraigado, y de qué forma, en nuestras mentes.
Que descanse en paz, que nadie hable en voz alta, no molesten su descanso, déjenle tendido, tal y como está. Que nadie le recuerde, si no es para maldecir su obra. El que tanto alardeó de todo, se quedó en menos que nada, ni siquiera escribiré su nombre, no por ahorrar tinta, más bien por que no me da la gana.
