«La química que Fred Astaire y Gingers Rogers desarrollaban en “Sombrero de Copa” al bailar el «Cheek to cheek» es algo fuera de lo común»
Seguro que habéis oído hablar de la pirámide de necesidades creada por el psicólogo Abraham Maslow, en ella veíamos que en la base de la pirámide está la jerarquía básica de las necesidades fisiológicas (respiración, bebida, comida, sexo, dormir). Más arriba las necesidades de seguridad, las necesidades de afiliación (sociales y afectivas), las de reconocimiento (éxito, reconocimiento) y en la cúspide la necesidad de autorrealización, de satisfacción. En los países occidentales, nos encontramos con una generación que ha crecido sin pasar hambre, ni ha sufrido inseguridad, y sus padres tampoco.
El cine de hoy en día está en la cúspide de la pirámide: todo en él tiene que pasar un riguroso examen moral. Pero yo echo de menos las películas hechas para todo lo contrario: no para juzgar, no para analizar, sino para olvidar. Como es el caso de la película que voy a comentaros: “Sombrero de Copa” (Top Hat).
Una película Una película de 1935 en plena época de la depresión americana, creada para la evasión de los espectadores de la dura realidad cotidiana, que les permitiera salir del cine con un poco más de esperanza. Creo que después de lo acontecido, en la sede de la soberanía nacional, es oportuno traerla. En aquel entonces, no había redes sociales y el egocentrismo del ciudadano medio no llegaba a los límites psiquiátricos de la actualidad.
“Sombrero de copa” (Top Hat), como tantas películas de aquellos años es como una función en la plaza del pueblo. Uno la ve sabiendo que es todo un artificio y que precisamente en ello reside su encanto. Ya no se estrenan películas así y cuando las hay, vienen con su consabido mensajito profundo, no sea que la gente vaya a salir completamente feliz de la sala de proyección.
Sombrero de copa es todo un clásico entre los musicales americanos, protagonizada por Fred Astaire y Ginger Rogers, su argumento sigue la fórmula básica, chico encuentra chica y Happy end. Todo un cuento de fantasía que nos descubrió a la mejor pareja de baile de la historia del cine, arropados por un reparto excepcional especializado en la farsa, Edward Everett Horton y Helen Broderick , decorados imposibles de una irreal Venecia blanca, limpia y estilosa que rinde pleitesía al «Art Déco».
Pero además de un musical, es una comedia de equívocos y de enredos con un guion ingenuo, pero con brillantes diálogos con doble sentido. Otro tipo de cine en donde el director Mark Sandrich que llegó al cine por casualidad, ya que era ingeniero, no quería lucirse, sino que se lucieran sus estrellas, a las que ya había dirigido en “La Alegre divorciada”.
Es curioso que en nuestro mundo actual haya hombres o mujeres que viniendo del mundo de la ciencia o de la tecnología, puedan firmar grandes obras culturales, pero muy difícil por no decir imposible que hombres o mujeres del mundo de la “cultura”, puedan firmar grandes proyectos tecnológicos o científicos. Pues bien, este ingeniero entendió perfectamente como rodar un musical de Fred Astaire, con sencillez y economía de la narración, una forma de narrar que tanto me gusta, como ya he comentado en varias ocasiones.
La química que Fred Astaire y Gingers Rogers desarrollaban en pantalla era algo fuera de lo común, no solamente durante sus hipnóticos números de danza, sino también en las secuencias narrativas. El melodrama está ausente y el humor predomina de manera hegemónica, pero nada de eso importa cuando vemos la extraordinaria secuencia de baile, envuelta por una de las mejores canciones que se hayan escrito, «Cheek to cheek» del gran Irving Berlin.
Enamorado de la vida, reivindico mi infancia, mi verdadera patria, tres pilares, El Capitán Trueno, The Beatles y Joan Manuel Serrat, me fascina la ópera, me encanta bailar bachata y considero que decir cine americano es una redundancia. TVE no vio en mí ningún talento tras más de treinta años de servicios, Talento que me concedió la Academia de las Artes y las Ciencias de la Televisión en reconocimiento a mi trayectoria profesional. Nunca he estado afiliado a ningún sindicato y jamás he militado en ningún partido. Mi cita de bandera es una frase de José Ortega y Gasset: "Ser de la izquierda es, como ser la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la hemiplejía moral".
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