Hasta que la muerte nos separe. Por Julio Moreno López

Hasta que la muerte nos separe

 La gente tiene más temor a la muerte que al dolor. Es extraño que teman a la muerte. La vida duele mucho más que la muerte. Cuando la muerte llega, el dolor termina”. (Jim Morrison). 

 Siempre he creído, como en realidad ha ocurrido, que podría soportar mejor la muerte de los cercanos que su dolor, como enunciaba Jim Morrison, vocalista de The Doors, en esta cita. No deja de ser contundente, en una persona que, además, la llevó al extremo, quitándose la vida a los veintiocho años, con toda probabilidad huyendo de un dolor que no fue capaz de soportar. 

 

Es cierto que estas apreciaciones, estas impresiones, no siempre se confirman cuando la realidad se impone con toda su crudeza. La muerte es contundente, en la misma medida en que es definitiva. La manida frase de “mientas hay vida hay esperanza”, no se entiende hasta que llega la muerte. La muerte nos certifica una realidad que conocemos desde que tenemos uso de razón, pero que tenemos la esperanza de esquivar el mayor tiempo posible. No en vano, como tan bien expresó Antonio Machadohoy es siempre todavía. Toda la vida es ahora”. Hasta que, de manera inapelable, la muerte pone fin a todo atisbo de mejora. 

 

Los que, como yo, hemos tenido la experiencia de ver como un ser querido, en mi caso mi madre, se va apagando hasta el punto de no saber si sigue con nosotros, aun estando con vida físicamente hablando, sin embargo, afrontamos el final con un sentimiento encontrado. Hay vidas que no son vida, sino supervivencia, en unas condiciones tan precarias que hacen desear que llegue el final, probablemente por parte del afectado y con toda seguridad por parte de los allegados. Hay vidas que no terminan con la muerte, que terminaron antes o mucho antes, cuando la persona amada se convirtió en la mera carcasa de lo que había sido. 

 

Y es mucho más cruel, mucho más doloroso, en la medida en que la vas perdiendo de una forma paulatina, sin darte cuenta siquiera de que está ocurriendo, hasta el día en el que se hace evidente que ya no están contigo; hasta el día en el que ya no puedes llamarles, preguntarles como están, ver la alegría en su rostro cuando te ven llegar. Ese día, y no el día en que finalmente trascienden a otro estado, es el día en el que los has perdido para siempre. 

 

Entiendo perfectamente, desde la comprensión y el respeto, que cada uno afronta estas cosas como le sale del corazón. He comprendido ahora, con la muerte de mi madre, que incluso uno mismo puede sorprenderse del modo en el que te afecta algo tan dramático. A mí, particularmente, si me permiten la personalización de la que suelo huir, la muerte de mi madre me ha dejado mucha paz. Sé que puede sonar incomprensible, pero cuando miro al horizonte, al que tantas veces miramos juntos, solo puedo estar agradecido. Cuando la vida de alguien ha sido un homenaje a la vida, cuando has vivido entregando amor pero teniendo la fortuna de recibirlo de vuelta, cuando has apurado en la medida de tus posibilidades, todo aquello que la vida ha puesto a tu alcance, la muerte no es sino el final lógico a toda esa felicidad, a toda esa grandeza majestuosa que puede ser una vida. 

 

Y es increíble cómo, en unos pocos días, tu mente puede borrar la agonía final, el deterioro y el óbito, para dejar paso en la mente y el corazón a los recuerdos felices. Un mal final no empaña una buena vida. Y, por tanto, no podemos dejar que nos venza el dolor del deterioro, por otra parte normal, antes del fin. Debemos hacer honor a la verdad, y dar gracias a Dios, los que profesamos la fe en él, o a la vida los que no, por habernos regalado su presencia, por habernos permitido disfrutar de nuestros seres queridos, durante tanto tiempo. 

 

Nunca he creído en los lugares comunes; nunca he sido de dar consejos, huyo de pontificar, pero en este caso, desde la legitimidad que me proporciona la propia y cercana experiencia, doy las gracias por mi madre. Y no siento ira, no siento dolor, no siento pena. Solo tengo agradecimiento en mi corazón. 

 

Es cierto que, empíricamente, la vida continúa para el resto. Para algunos más que para otros. Para aquel que ya era un todo con ella, para mi padre, la vida tal y como la conocía, ha cambiado radicalmente, se ha acabado en algún modo. Es ahí donde queda el dolor, de no tenerla a su lado, de no cogerle la mano o de no poder cantarle, cada mañana, lo linda que era, en palabras de Machín. Ahí es donde queda el dolor de quien, a pesar de todo, prefería tener su mano, ya yerta, aunque esta no le devolviese sino su ausencia. Ahí es donde cobran sentido el dolor y la añoranza, ganándole la partida a la serenidad. 

 

Así pues, como decía Gabriel García Márquez, “la muerte no llega con la vejez, sino con el olvido”. Mi madre vivirá, como tantos otros, hasta que el último corazón de aquellos que la conocieron, que la conocimos, deje de latir. Doy gracias a Dios por acordarme de ella cada minuto del día con amor, pues si fuera con dolor, sería insoportable. 

 

Te quiero, más que nunca. 

 

Aquí estoy para vivir mientras el alma me suene, y aquí estoy para morir, cuando la hora me llegue, en los veneros del pueblo desde ahora y desde siempre. Varios tragos es la vida y un solo trago es la muerte”. (Miguel Hernández). 

 

@elvillano1970 

 

 

Julio Moreno Lopez

Nací en Madrid en el año 1970. Aunque mi título universitario indica que soy ingeniero informático por la Universidad Pontificia de Salamanca, nunca ejercí como tal. Enamorado del mundo del periodismo y de la literatura, colaboro en diversos medios escritos y en alguna que otra emisora de radio. Ahora, miembro de este proyecto tan bonito de La Paseata. Además, soy autor del libro “Errores y faltas” Y del blog del mismo nombre. En Twitter @elvillano1970.

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