
«La construcción del relato según los parámetros del actual feminismo oculta otros hechos de feo cariz»
En el calor de la noche —recordando aquella exitosa serie televisiva— tienen lugar las más diversas maquinaciones, lo secreto, lo que no soporta la claridad. Regreso de vacaciones —con fiestas incluidas—, deshago maletas, comienzo la rutina y, a petición de mi estupenda amiga Elena, me siento por fin delante del ordenador cuando todo el mundo ya lo ha dicho todo, o casi, sobre esta serpiente del verano que aún arrastra la cola por los platós y las rotativas. Siento no ser original en el título, pues hace pocos días se me adelantó José Manuel Ponte en La Opinión. Cosas de estar entregada al ocio veraniego y la vida muelle. Pero esta misma mañana me acordé de que el primer artículo que escribí para La Paseata (“Mujercitas”) manifestaba una queja, un dolor que nos atraviesa a muchas, cuando vemos el papelón al que nuestras ‘sores’ se entregan con frenesí. Este reduccionismo al que se someten algunas voluntades femeninas choca frontalmente con las histriónicas manifestaciones de un poder que reclaman para sí, convertido en poder fallido, en cohete que prometía alcanzar la luna y que se estrella. Y no, no estoy en contra de cercenar derechos de nadie, muy especialmente de las mujeres. La de hoy es una España en retroceso más que nunca, una España berlanguiana pero sin gracia, la quintaesencia de todos los vicios que impregnan la piel de toro como una maldición que se manifiesta con crueldad acompañada de una sonrisa torcida. Esa España que intenta hacer una seña de identidad, una Marca, y le sale un batiburrillo, un zoco en el que se mercadea con la integridad con tal de tener colocada a toda la parentela a sueldo del Estado (https://es-ue.org/thisistherealspain/). Así que he salido al ruedo a defender a todas las Jennis nacionales y de ultramar para decirles un par de verdades que solo se les permite a las madres y a las abuelas (aún no me toca), que dan con la tecla correcta —a veces acompañada de un taco, o de una colleja terapéutica—: ¡Daos a valer, niñas! ¡Quereos bien! (Por cierto, y sobre ese valer y quererse bien acaba de escribir Miguel Ángel Quintana Paz un excelente artículo en The Objective: El mundo no te quiere).
El peor de los fracasos —o el mayor engaño, tanto da— se revela en un continuo goteo de trampas donde irremisiblemente van cayendo nuestras jóvenes (también ellos), empujadas por gente sin escrúpulos disfrazada de benefactores. En lugar de proveer de los mecanismos necesarios para dotarlas de recursos que afiancen sus habilidades, las están convirtiendo en juguetes rotos, —ahora que está tan de moda— en Barbies a las que les falta un ojo, una mano… En definitiva, carecen de vista para adivinar el triste lugar al que se encaminan: a la irrelevancia. Nuestras Jennis —todos hemos conocido a alguna— vinieron a comerse el mundo y no quieren enterarse de que ellas son la carnaza que alimenta a las alimañas. Lo perturbador de los recientes acontecimientos ha sido comprobar la facilidad con la puede manipularse a una sociedad entera y cómo esta entra al trapo a conveniencia del poder. La construcción del relato según los parámetros del actual feminismo oculta otros hechos de feo cariz: los escándalos de corrupción en los que presuntamente aparece involucrado el personaje. Tal vez —se me ocurre como hipótesis— el ofrecimiento de una salida, de un poco airoso mutis del escenario, fuese un pacto que sirviera para minimizar otros daños derivados de esas actuaciones poco ejemplares, que evitase las inconvenientes salpicaduras alrededor o incluso un poco más arriba… No sé. Asimismo, es curiosa la desatención constante a las mismas mujeres cuando no hay rentabilidad mediática, o en los casos que se van conociendo sobre menores tuteladas, por tanto, en situación de desamparo que exigiría un cuidado mayor. Entonces, privadas de sus derechos, nadie eleva su voz por ellas ni convoca concentraciones.
En el calor de la noche algo raro ha sucedido, eso está claro. Que el olor a sentina ya es insoportable se nota en los recientes señalamientos a deportistas que no han comulgado con el relato, y a periodistas y medios que han difundido imágenes de la alegre capitana o han escrito sobre el caso derivado del piquito de marras, comenzando por Alvise Pérez, o los excelentes artículos de Javier Benegas, Así domina la política la izquierda y de Guadalupe Sánchez, Histerismo punitivo, ambos para The Objective. El primero, Benegas, reflexiona acertadamente sobre los efectos del «pánico moral» en la sociedad y en sus individuos instalados en un neopuritanismo impulsado por el Estado, que desvaloriza determinadas conductas a favor de impulsar las reacciones que le cuadran y cambiar los pensamientos que le estorban:
Cuando el pánico moral se desata, los juicios racionales desaparecen y son suplantados por juicios morales. Y quien lo desafíe, sea un particular o un político, será un malvado. (…)
El pánico moral, sea mediante la preocupación, el miedo o directamente la alarma, nos impone una asimetría insuperable porque coloca invariablemente nuestras preferencias o necesidades individuales frente a una supuesta amenaza común. Así, si queremos defender nuestros derechos, preservar nuestros hábitos y costumbres o atender nuestras aspiraciones, estaremos solos frente a una idea masiva del bien que no tolera al individuo. No podremos defender nuestros intereses porque al hacerlo atentaremos contra el prójimo.
El segundo, de Sánchez (@Proserpinasb), disecciona los hechos desde el ámbito jurídico a tenor de las declaraciones de tertulianos («Que la carga de probar el delito y su autoría recaiga en la víctima es algo intolerable») y el tamaño desproporcionado de la bola de nieve que muchos colaboracionistas interesados han contribuido a crear, en lugar de ser honestos y proporcionar con sus conocimientos una sana pedagogía apartidista:
La izquierda se ha arrogado la legitimidad para cambiar las reglas del juego a conveniencia. Donde antes había incongruencias y mentiras, ahora hay «cambios de opinión».
Su capacidad para monopolizar el debate público es fascinante, digna de estudio. Con dos tuits y un chasquido de dedos son capaces de fabricar una polémica, de propagarla en redes sociales y medios de comunicación y de capitalizarla política e institucionalmente. Es como ver a un virus mortal infectar un cuerpo enfermo, inmunodeprimido. Un espectáculo dantesco al tiempo que hipnótico.
Desde luego, todo esto no hubiera sido posible sin un ejército, un brazo armado o unos tontos útiles. Por ello, las palabras escritas por Juan Irigoyen en esta entrada de su blog, La reconversión y digitalización de la militancia, dan en el clavo de lo que se está viviendo últimamente:
La militancia pierde su estatuto de nobleza para terminar siendo una fuerza de choque en las movilizaciones instrumentadas por el poder, o como una fuerza activa productora de mensajes cortos que se moviliza, al modo de los torrentes, cuando es requerida por los contendientes que dirimen la ubicación en la cúpula del estado.
Agitada la coctelera por «manos sabias y profesionales» no hay disculpa posible que redima a ninguno de los participantes del aquelarre que va a llevarse por delante la poca decencia que aún quedaba en la reserva. Esto es el ensayo general de los dos minutos de odio mostrados en la famosa novela de Orwell. El aperitivo que se ha tomado con ansia y que precede a un más que posible Ministerio de la Verdad.
NOTAS__________
(1) Una nave espacial rusa se estrella en la Luna. https://www.latimes.com/espanol/internacional/articulo/2023-08-20/una-nave-espacial-rusa-se-estrella-en-la-luna
(2) Como puede leerse en algunos medios:
