
“Ahora que duelen las resacas, que cortan como una navaja. Ahora que nadie nos saluda por los bares de Malasaña. Que pido auxilio, besos y comida por teléfono. Que fumo flores y lloro a veces mientras duermo. Ahora que tiemblo, como un niño abandonado. Ahora, que viejos amigos nos han traicionado”. (“Ahora”. Ismael Serrano).
Decía Antonio Machado, al cual tuve la suerte de acercarme, intelectualmente hablando, durante un reciente viaje a Soria, ciudad donde ejerció de profesor, “hoy es siempre todavía. Toda la vida es ahora”. Como todos aquellos que tienen una capacidad especial para el lenguaje y además una mente preclara, Machado sintetizó, en solo nueve palabras toda una filosofía de vida. Más que una filosofía, si cabe, una definición.
Este año que ahora ha muerto, 2023, me ha demostrado dos cosas que ya tenía claras en su teoría, pero que finalmente, como era de esperar, he vivido en carne propia.
La primera de ellas es que la vida puede cambiarte en cualquier momento, independientemente de tu edad o posición. Nunca hay que dar nada por seguro o definitivo, pues son muchos los factores que escapan a nuestro control. Es una necedad pensar que lo tenemos todo controlado y la preocupación porque así sea es completamente vana.
La segunda y no menos importante es que el ser humano es enormemente adaptable, y aunque la vida se ponga patas arriba de un día para otro, no hay más remedio que levantarse y seguir. Que por mucho que hoy llueva, en un futuro cercano volverás a ver el sol.
“Ahora, que las tormentas son tan breves, y los duelos no se atreven, a dolernos demasiado”. (“Ahora que…”. Joaquín Sabina).
En cierto modo, y como decía Machado, toda la vida es ahora. El pasado ya se fue y el futuro es una posibilidad, pero no deja de ser una ingratitud olvidarnos del camino recorrido y centrarnos solamente en el hoy. Sobre todo si no estamos en nuestro mejor momento. Recientemente, lo he vivido con mis padres, que si bien han tenido un último año fatídico, sin embargo han vivido una vida envidiable en todos los aspectos. Pero es verdad que tendemos a centrarnos, por pura lógica, en el momento actual.
Y es quizá, lo más acertado. Cuando uno ya peina canas, levantarse a sobrevivir el día es casi una aventura que te puede llevar a sentirte bailando en el bombardeo, como yo titulé, no en vano, mi segundo libro.
“Tenemos proyectos que se marchitaron, crímenes perfectos que no cometimos, retratos de novias que nos olvidaron y un alma en oferta que nunca vendimos”. (“Mas de cien mentiras”. Joaquín Sabina).
De este modo, yo no soy partidario de mirar al pasado, sobre todo con nostalgia, pero aún menos de mirar al futuro como un horizonte lejano. Llegado un momento de tu vida, hay que ser consciente de que nada garantiza la continuidad, de que ya no puedes dejar las cosas para mañana y de que ha llegado el momento de acometer los proyectos que soñaste cuando aún tenías edad de hacer proyectos.
Yo lo he hecho o, para ser más exacto, lo estoy haciendo. Y créanme, no hay niebla tan densa que no acabe despejándose, no hay lluvia, por más violenta y salvaje que sea, que no termine escampando. Y cuando sale el sol de nuevo y te paras a respirar el aire fresco del nuevo día, con olor a yerba mojada, por un instante siquiera, puedes volver a ser inmensamente feliz.
“Ahora sí; parece que ya empiezo a entender. Las cosas importantes aquí, son las que están detrás de la piel. Y todo lo demás, empieza donde acaban mis pies. Después de mucho tiempo aprendí, que hay cosas que es mejor no aprender”. (“La casa por el tejado”. Fito y Fitipaldis).
Hoy es siempre todavía. Toda la vida es ahora.
“Ahora que tocan los ojos, que miran las bocas, que gritan los dedos”. (“Ahora que…”. Joaquín Sabina).

