Del top lencero al chandayuso. Por Diego Pardos 

Del top lencero al chandayuso

 «Aquí tienen ustedes una pequeña muestra de este ramo de flores que forman nuestras mujeres políticas más a la moda»

He de confesar que llevo años estudiando la indumentaria de las políticas. Quiero decir de aquellas mujeres que ejercen el noble oficio de la política. A los hombres los tengo menos observados. Desde que en aquellos tiempos pretéritos del presidente Zapatero su ministro Miguel Sebastián iniciara el sincorbatismo, perdí todo interés por la posterior degeneración textil masculina. Para mostrarles a ustedes esta faceta en la que me he especializado (digna de la prensa del corazón) he tenido que repasar unas notas, unos artículos, unas cartas… que en buena parte no vieron la luz pública y que ahora me sirven para, dentro del respeto más absoluto a las señoras que mencionaré, hacer un sencillo repaso de la moda parlamentaria. 

Así, diré que a la joven portavoz de Vox en el Congreso doña María José Rodríguez de Millán le gusta ir de negro o con tonos sobrios, como si en una continua Semana Santa andaluza viviéramos; o en una pintura de Zuloaga o Romero de Torres; o como si de una María José Alfonso se tratara en la película de Manuel Summers La niña de luto. Espero que no se ofenda por esta cuarteta que compuse y que así decía: 

 

Pepa Rodríguez Millán 

es una chica muy fina. 

Yo que parezco un patán 

la llamaré Josefina. 

 

Sin embargo, doña Isabel Rodríguez, la risueña ministra de Vivienda, usa una amplia gama de colores y se la ha visto hace poco por Galicia en vaqueros (¿serán de la marca Lois?), con suéter y zapatillas, como una profesora de Literatura que tuve en el instituto. Y suele ser, salvo alguna metedura de pata, mujer alegre y elegante. 

Hace unos veranos doña Macarena Olona nos sorprendía fotografiándose en paños menores en el momento en que una enfermera se dedicaba a inyectarle una vacuna. Además del gesto de dolor, la entonces diputada de Vox mostraba un top lencero entre morado y violeta pálido (con puntillas) y un brazo desnudo. Seguramente, viendo que la polémica de la ropa íntima atraía la erótica del poder, otra ministra (esta  vez  de Unidas-Podemos), que ostentaba la bonita cartera de Derechos Sociales y Agenda 2030, la navarra Jone Belarra, protagonizó una campaña de sinsostenismo consistente en ir sin el opresivo sujetador (y ustedes perdonen) femenino. Hubo quien no se pudo refrenar, como mi amigo Genaro, que trabaja en Villanueva de la Yunta, provincia de Guadalajara y que escribió este poema para su tienda de paños: 

 

Use usted sujetador, 

que es una prenda discreta; 

que sirve y cubre la teta 

y es bueno para el pudor. 

 

Y qué decir del aspecto fresco y mediterráneo de doña Francina Armengol, presidente a la sazón de la Cámara Baja, cuyos vestidos de tirantes fueron tan injustamente criticados. No voy a reproducir aquí lo que dijeron de ella (que hasta en el colmo de la indelicadeza se insinuó que iba en camisón) y prefiero comparar su look con el estilo informal y bohemio de Julia, la pintora de la serie Verano Azul. 

Tras este paréntesis sexy bajaré de la política nacional a la regional recordando que la señora Díaz Ayuso se hizo célebre con ocasión de un anuncio electoral hace tres años en el que se la veía trotando por la capital con un traje de deporte con capucha que yo llamé chandayuso y que lo mismo servía para subir las escaleras de Cuchilleros que para atravesar el Mercado de San Miguel. Pero me van a permitir que me extienda algo en los gustos infantiles de doña Isabel Natividad, ya que creo que son determinantes. Estoy seguro de que la afición por la serie de dibujos animados Los Fruittis fue decisiva para acuñar ese lema algo equívoco y ambiguo: “Me gusta la fruta”. Del mismo modo el programa Barrio Sésamo tuvo que ser determinante para los gustos posteriores de la presidenta de la Comunidad de Madrid, como lo demuestra una de sus últimas comparecencias públicas, anunciando los premios Laureus del deporte. En esta ocasión llevó un jersey a rayas estilo veneciano en azul y rojo, muy parecido al del simpático Epi (el gran amigo de Blas) que tanto nos divertía en nuestra niñez. Y una falda negra. 

De modo que ya tienen ustedes una pequeña muestra de este ramo de flores que forman nuestras mujeres políticas más a la moda. No las juzguen con severidad, y recuerden la exclamación de Álvaro de Laiglesia que da título a un libro suyo: ¡Qué bien huelen las señoras! Por último, si quieren adquirir un chandayuso para su esposa, acudan a Bobo y Pequeño, la sastrería de la calle de Atocha, donde le harán un suculento precio si van de mi parte. 

 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

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